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LA FE EN DIOS CONSOLIDA LA UNIDAD
DE LAS COSTUMBRES Y DE LAS CULTURAS
DE NUESTRA NACIÓN
Homilía del obispo de San Miguel, monseñor José Luis
Mollaghan, en el tedéum celebrado en la catedral de San Miguel, el 25 de
mayo de 2001.
Al conmemorar este ciento noventa y un aniversario de
la fiesta de nuestra Patria, la primera de este nuevo milenio, venimos a
dar gracias a Dios, fuente de todo bien y justicia, por nuestra Nación
Argentina, la que reclama en esta acción de gracias fervor y nuestro
afecto.
Dios en el centro de nuestra acción de gracias
Nuestra súplica a Dios en este día, reafirma nuestras
raíces y le da sentido más hondo a nuestro ser de Nación (cf. CEA,
27.X.93, nº 4): "Dios es quien tiene poder para colmarnos de todos
sus dones... para hacer toda clase de buenas obras" (2 Corintios 9,
8). El es la fuente de toda la vida, a quien le pedimos que bendiga
nuestro suelo y le conceda prosperidad a nuestro pueblo.
Al dedicar hoy nuestra adoración a Dios, queremos
hacer presente que lo reconocemos como nuestro Padre y Señor. Esta adoración a Dios no sólo hace explícita
nuestra religiosidad, sino que también crea una base y una garantía de
verdad y libertad.
Dios, garantía de verdad y libertad
Garantía de verdad, porque Dios es la verdad
trascendente, que ilumina y se refleja en la verdad del hombre. Su
resplandor brilla ante todo en lo más íntimo del corazón humano y nos
hace descubrir la riqueza de nuestra existencia y la bondad de nuestras
acciones y decisiones. Esta verdad es el fundamento de nuestra vida moral,
de la persona y de la sociedad. Y únicamente sobre esta verdad, la de
Dios y la del hombre creado por Él, es posible construir una sociedad
renovada... (cf. Juan Pablo II, Veritaris Splendor, nº 99).
Pero también garantía de libertad, porque al
reservarle a Dios la única adoración debida, protegemos nuestra propia
libertad. (cf. Iglesia y Comunidad Nacional, nº 51). Dios es
verdaderamente libre; y el hombre, creado a su imagen, lo es también,
cuando dispone de sí, para realizar lo que es bueno y justo.
La referencia a Dios, enriquece en nuestra vida
la relación entre la verdad y la libertad, y también ilumina nuestra
respuesta. De tal manera que podemos decir que en cualquier ámbito,
personal, familiar, social y político, esta forma de vida que tiene a
Dios como el centro, que se basa en la verdad y en la libertad, ofrece un
servicio original, insustituible y de enorme valor no sólo para cada
persona y para su crecimiento en el bien, sino para la sociedad y para su
verdadero desarrollo (cf. Veritatis Splendor, nº 10).
Por eso damos gracias a Dios, porque al comenzar el
nuevo milenio, y pese a las situaciones críticas y difíciles que
vivimos, muchos hombres abran su corazón a la trascendencia y cada vez
son más los que confían en el poder de la oración y buscan a Dios como
garantía y fortaleza, recordando las palabras del salmo: "Si el
Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles, si el Señor
no cuida la ciudad, en vano vigilan los centinelas".
Unidad de las costumbres y de las culturas
Por esto hoy también debemos darle un lugar a Dios en
el templo de nuestro corazón y en nuestras familias, en medio de la
ciudad agitada que construimos, en la educación de los niños y de los
jóvenes, en el sistema político justo, y en la organización de un
ordenamiento económico humano.
La fe en Dios también consolida la unidad de las
costumbres y de las culturas que integran nuestra nación; de tal manera
que aun el argentino que no tuviera creencia religiosa, valoraría la
religión de nuestro Pueblo como uno de los factores que forman parte de
nuestra cultura. El Santo Padre Juan Pablo II nos decía en su viaje a la
Argentina: "La cultura anterior a la Independencia, marcada por
principios cristianos y por sentimientos queridos a nuestra sociedad, dio
lugar a un estilo de vida inspirado en estos grandes ideales" (cf.
Juan Pablo II, Mensajes, Tucumán, 1987).
Por ello es importante que a la luz de estos ideales
recuperemos los valores que estuvieron presentes desde nuestros orígenes.
Esto supone, entre otros aspectos, desarrollar una educación y formación
que sea promotora de la persona humana y permita discernir claramente los
desvalores con los que convivimos cotidianamente. Sólo cuando el hombre
es principio, el sujeto y el fin de todas las iniciativas sociales y de
las instituciones, "encontraremos los caminos que nos lleven a
construir una sociedad más justa y equitativa recreando los vínculos
sociales tan deteriorados ahora, en medio de un clima de violenta
inseguridad y temor" (CEA, 81 As. Pl., 11 V. 2001, nº 9)
Solidaridad fraterna
Este ejercicio supone el compromiso de todos sus
integrantes, de las personas y de los grupos, y de todas las
instituciones. El compromiso de atender a la sabia pedagogía de las leyes
justas, procurando el bien común de todos; el compromiso de construir
cada día una Nación que proteja la vida de los más débiles, de los
niños y de los ancianos, de los más necesitados y de los que sufren; el
compromiso de vivir fraternalmente las virtudes sociales con actitudes
permanentes, de acuerdo a nuestra condición de personas y de hijos de
Dios, y finalmente el compromiso de construir la Nación con trabajo,
constancia y solidaridad.
Sabemos que son muchos los que están trabajando de
modo perseverante por el bien común, generando una corriente de
solidaridad que enfrenta la inequidad social. Estos esfuerzos solidarios
van tejiendo redes de contención que humanizan las consecuencias
negativas del proceso de globalización. Debemos agradecer a Dios y a
tantas personas, organizaciones y a Cáritas, y le pedimos al Señor, que
continúen tejiéndose estas redes solidarias (cf. CEA, ibídem, nº 11).
Deseo que en todas nuestras parroquias de la diócesis,
donde aún no exista o donde no fue posible hasta el presente, sea
constituida la Cáritas parroquial, que preside el párroco, en relación
con la Cáritas diocesana. Gracias a Cáritas, confío que el mismo Señor
Jesucristo, que no descuidó lavar los pies a sus discípulos, encontrará
así en cada parroquia que sus brazos se prolongan y su misericordia se
extiende a través de los cristianos, en la Oficina de empleo diocesana,
al servicio de la comunidad; así como también, Dios mediante en un
futuro no muy lejano, la posibilidad de contar con una farmacia diocesana.
Como dijimos los obispos recientemente, "dado que
la crisis afecta a los vínculos sociales, se hace necesario que, con
imaginación y creatividad, todos participemos en recomponerlos, sea en la
familia, que es el fundamento de la sociedad, el barrio, el municipio, el
trabajo o la profesión. Dondequiera que estemos podemos hacer algo para
generar mayor comunión. Nosotros mismos, como ministros de
reconciliación, unidad y comunión, nos comprometemos a intensificar
nuestro trabajo en la reconstrucción de los vínculos. Hoy la Patria
requiere algo inédito" (cf. CEA, ibídem, nº 12)
Ojalá que el Señor nos permita cada día con
entusiasmo, construir la Patria. Que la construyamos en la familia y en el
hogar, que la construyamos en el municipio, en la escuela y en la
parroquia. Que construyamos la Patria desde nuestra provincia de Buenos
Aires y desde San Miguel, confiando en la Virgen de Luján, con los
ideales de los hombres de Mayo, afianzando la justicia, la grandeza, y la
prosperidad de la Nación.
Mons. José Luis Mollaghan,
obispo de San Miguel
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2320 del 6 de junio de 2001 |