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NACER A UN TIEMPO NUEVO
Carta
Pastoral del arzobispo de Córdoba Monseñor Carlos Ñáñez,
para el Adviento de 2002
A todos los bautizados, hijos de la Iglesia que peregrina en esta
Arquidiócesis de Córdoba: fieles laicos, sacerdotes, religiosos y
religiosas; a todos los hermanos de otras iglesias cristianas y a los
creyentes de otros credos; a todos los hombres y mujeres de buena voluntad,
sobre todo, aquellos que sufren silenciosamente en nuestro pueblo.
En particular, a todos
los dirigentes y aquellos que tienen roles de conducción y orientación; a
todas las personas que trabajan en las áreas de la justicia, la economía, la
educación, la salud, las empresas, la seguridad, la cultura y el arte; a
todos los actuales políticos, funcionarios del gobierno y representantes del
pueblo, y aquellos que aspiran a ser candidatos de la representación
popular.
Al finalizar este año tan
intenso como difícil deseo acercarme con esta Carta a cada uno de ustedes,
como lo hizo la Virgen María con su prima Isabel para visitarla, acompañarla
y servirla (cf. Lc 1, 39-45).
He escuchado al Pueblo de
Dios, mediante una consulta que propuse a todas las comunidades de nuestra
Arquidiócesis: parroquias, movimientos y asociaciones, congregaciones
religiosas e institutos seculares, comisiones arquidiocesanas y consejo
presbiteral.
Verdaderamente siento el
dolor de muchos de nuestros hermanos y conozco sus sufrimientos. Pero sé
también que en los signos del presente Dios sale a nuestro encuentro, viene
una vez más a nuestra historia y oímos, como María, su cercanía: ¡Alégrate,
el Señor está contigo! (cf. Lc 1, 28).
En ejercicio de mi
servicio pastoral ofrezco este mensaje para expresar el sentir de nuestra
Iglesia arquidiocesana, iluminar la situación actual y levantar nuestra
mirada con esperanza. E1 tiempo de Adviento que hoy comenzamos en las
comunidades cristianas nos invita a ello.
1. Nuestro reconocimiento
Los creyentes hemos
experimentado el amor de Dios creador, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo.
Un amor fiel, capaz de perdonarnos y liberarnos de aquello que nos
deshumaniza. Dios, que es amor, abre su corazón a todos y se involucra en la
historia de los hombres; su justicia, atenta a los débiles y necesitados,
manifiesta su amor.
Jesús de Nazaret, el Hijo
de Dios hecho hombre, nace entre nosotros y anuncia la Buena Noticia a los
pobres. En su muerte padece y siente como Dios Salvador el dolor de los que
sufren; El, ya resucitado, nos da el Espíritu Santo y nos invita a construir
un tiempo nuevo.
Creemos en Dios, fuente
de toda vida, que no quiere la muerte de ninguno de sus hijos; como Isabel
que reconoce al Salvador en María, proclamamos con fuerza el valor sagrado e
inviolable de toda vida humana. Esperamos en el Dios de Jesucristo; su
nacimiento en Belén es cumplimiento y promesa de un futuro de mayor justicia
y plenitud para todos. Amamos a Dios, que ha hecho en nosotros grandes
cosas; por su Espíritu en nuestros corazones construimos desde ya aquel
futuro.
Los argentinos hemos
recibido mucho de parte de Dios; ¡su Hijo nos ha visitado tantas veces! Es
preciso, como Isabel llena del Espíritu Santo, abrir los ojos y el corazón
para reconocer su llegada. Descubrimos su huella en la riqueza de nuestra
naturaleza, en el testimonio de entrega y sacrificio de nuestros padres, en
tantos rostros humildes de nativos e inmigrantes que forjaron nuestra Nación
y nuestra Córdoba.
Sin embargo, es doloroso
y cierto que hemos empobrecido el país: provincias pobres, municipios
pobres, familias pobres. Todos, aunque de modo diverso, somos
corresponsables de la grave crisis que nos hiere y agobia. Debemos reconocer
en qué medida hemos malogrado el inmenso don que Dios confió a nuestra
libertad: lo que tenemos y lo que somos. Reconocer con gratitud nuestras
riquezas y con dolor nuestra verdad es el primer paso para renacer a un
tiempo nuevo.
2. Nuestro dolor
La gravedad del problema
argentino se muestra dramáticamente en la persistencia y extensión de la
pobreza del pueblo, injusticia que clama al cielo (cf. Ec 3, 7). La
globalización neoliberal, y su discurso y estrategia
hegemónico-economicistas, es una de las causas principales de la situación
actual. Sus consecuencias afectan gravemente al cuerpo social y se perciben,
por ejemplo, en las condiciones de las negociaciones con el FMI, el
deterioro del Mercosur y la influencia en las políticas de Estado, las
privatizaciones sin control y el despojo de los bienes nacionales, el cierre
de las pequeñas y medianas empresas por la apertura irrestricta del mercado,
la precarización del trabajo y la prioridad dada al lucro en perjuicio de la
persona y su dignidad, al capital financiero en desmedro del productivo.
En nuestro país son muy
preocupantes el desequilibrio y la falta de independencia entre los poderes
del Estado; es igualmente significativa la falta del respeto fundamental,
tanto a las Constituciones Nacional y Provinciales como a las demás leyes
justas, y el consecuente abuso de poder mediante privilegios legales pero no
éticos.
En el territorio de
nuestra Arquidiócesis nos duelen las promesas incumplidas, el descrédito en
el que han caído legítimas autoridades, la lentitud y ambigüedades para
responder a la emergencia social, y el manejo poco claro de la cosa pública
en algunos municipios y en diversas iniciativas de la gestión provincial.
Cuánto nos daña la
corrupción cotidiana instalada en tantos ciudadanos, que erosiona y
desintegra el tejido social y las convicciones personales; cuánto nos duele
el sufrimiento injusto de muchos que se han empobrecido a causa de intereses
sectoriales. Dichos intereses postergan el derecho fundamental a la vida,
sobre todo de los excluidos y humillados en su dignidad, los explotados en
sus necesidades, los olvidados en sus derechos; las minorías marginadas y
los violentados de múltiples maneras, tanto por el Estado como por sus
conciudadanos; los desocupados, los subempleados y los que trabajan
resignando sus derechos; los que conocen la pobreza extrema, la dolorosa
indigencia y hasta la humillación de la miseria; Ios ahorristas defraudados,
los que emigran al exterior, los ancianos desprotegidos y los niños
escandalosamente desnutridos; los adolescentes y jóvenes sin posibilidades
de estudio ni futuro, y las familias desmembradas; las victimas de los
secuestros y los innumerables enfermos sin cobertura médica alguna. Muchos
de nuestros hermanos padecen en silenciosa soledad, sin que se oiga su voz,
su dolor. Jesús ha querido identificarse con ellos (cf. Mt 25, 40), y en
ellos prolonga su pasión. También la Iglesia, cuerpo de Cristo, sufre con
ellos y en ellos; los asume, los acompaña e intercede. Esta enorme situación
de inequidad nos interpela a todos.
Los católicos que vivimos
en Córdoba no siempre hemos sido responsables de la fe que profesamos y en
el compromiso con los más necesitados. Duele mucho nuestra incoherencia,
cuando en el ámbito público o privado no vivimos las exigencias del mensaje
de Jesús, particularmente nosotros los sacerdotes. Es imprescindible
reconocer los propios errores y pecados, y aceptar la crítica constructiva
de otros. Denunciar las injusticias, asumir la propia responsabilidad en
ellas y resolver creativamente nuestros problemas son también pasos
necesarios para renacer a un tiempo nuevo.
3. Nuestra esperanza
Como María, cuando
visitara a su prima Isabel, no nos resignamos ante las dificultades, no
somos indiferentes a lo que pasa, ni a Cristo que está entre nosotros. Como
aquella gran mujer anunciamos que se cumplirá lo que fue prometido por Dios
en el mensaje de Jesús de Nazaret: que su Reino de justicia es su don para
nosotros y para todos los pueblos de la tierra. Que cuanto deseamos, pedimos
y hacemos en la construcción de una nueva sociedad es fruto de su presencia
en los corazones.
Por tanto, estamos
convencidos de que todo gesto de amor es nuestra mejor respuesta a Dios y al
prójimo. De allí que es tan importante valorar a cada persona como un
hermano, y a cada familia para recuperarnos socialmente; por lo mismo es
impostergable priorizar el bien común, promover los valores de la
honestidad, la verdad y la justicia. El esfuerzo de todos, aún el de
aquellos que padecen heroicamente una situación injusta no querida por Dios,
hará posible un cambio en el estilo de nuestra vida social.
La esperanza, más que una
palabra, es un valor dinamizador de nuestra cultura. Tenemos el deber de
cuidarla, alentarla y fortalecerla. Es un don que late en el corazón de cada
uno, y nos debe movilizar para sostenernos y ayudarnos mutuamente.
¡Qué bien nos hace a
todos el esfuerzo desinteresado de aquellos que brindan su tiempo y sus
energías para los demás! En tiempos difíciles ha crecido la generosidad,
discreta pero eficaz, de muchos argentinos. Los emprendimientos
comunitarios, las redes solidarias, y tantas otras iniciativas,
desarrolladas o germinales en el país y entre nosotros, hablan por sí mismas
de la reserva espiritual de nuestro pueblo. Cuántos enfermos ofrecen
silenciosamente su dolor por otros, unido al de Cristo en su cruz; ese
sufrimiento, del que soy testigo; es fuente de vida para nosotros. Por todo
esto, nuestra esperanza solidaria alimenta la fraternidad y nos hace renacer
a un nuevo tiempo.
4. Nuestra invitación
Ningún proyecto de
grandes esperanzas puede realizarse sin proponernos un cambio de mentalidad.
En nombre de Dios pido que todos, especialmente quienes tenemos una
responsabilidad dirigencial en la sociedad, realicemos renuncias concretas
(cf. Lc 19, 1-10): a intereses individualistas y privilegios sectoriales, a
las actitudes mesiánicas y oportunistas, a todos los resentimientos
sociales, al descontento inconformista y al pesimismo. Es urgente renunciar
a la absurda y corrosiva ambición de poder, sea donde sea, que posterga
nuestros verdaderos y cruciales problemas. No podemos seguir engañándonos
los unos a los otros, ni olvidarnos de los más débiles, como si no
existieran.
Deseo invitar a toda la
Iglesia diocesana a una auténtica conversión personal e institucional.
Particularmente me dirijo a los creyentes que trabajan en el mundo de la
justicia, de la salud y la seguridad, a los economistas y políticos, a los
sindicalistas, a los intelectuales y educadores, a los que trabajan en el
mundo del arte y de la comunicación social. Promovamos aquellas iniciativas
públicas y privadas, comunitarias o individuales, que ayuden a concretar un
cambio real y posible.
También invito a toda la
sociedad a llevar a cabo las transformaciones que sean necesarias Debemos
gestar un proyecto de país que dé cabida a todos, especialmente a los pobres
y empobrecidos, y que respete las raíces y los valores de nuestra identidad.
Fomentemos una cultura ética del trabajo, generadora de un Estado nuevo que
gestione, honesta y eficazmente, el bien común y el fortalecimiento de la
democracia. Ello implica, tanto una real y efectiva independencia de los
poderes del Estado como el buen funcionamiento de los mismos. A los medios
de comunicación, cuya misión es servir a la verdad, los invito
encarecidamente a renovar su compromiso social, a través de una labor
objetiva, seria y prudente.
Pido a los bautizados un
compromiso efectivo, no sólo eclesial sino especialmente social (centros
vecinales y de participación comunal; responsabilidades públicas; partidos
políticos, organizaciones no gubernamentales; fundaciones y otras
instituciones intermedias), y la recreación de auténticos ámbitos de
participación. Este compromiso deberá "mostrar" nuestra fe cristiana (cf.
Sant 2, 14-17).
Por último, propongo a la
Iglesia diocesana una decidida opción por los más pobres, mandato
irrenunciable que hemos recibido de Jesucristo y exigencia inexcusable para
los argentinos. Preparémonos para recibir al Señor de nuestra historia en la
próxima Navidad; que ningún hermano nuestro esté solo. En el adviento
definitivo, al final de los tiempos, Jesús volverá. Él secará toda lágrima y
nos juzgará sólo en el amor.
Recuerdo las palabras que
los Obispos argentinos ofrecimos en nuestra meditación y confesión de fe,
con ocasión del Jubileo del año 2.000: "¡Dejemos que Dios nos renueve y nos
reconcilie en nuestras familias, en nuestras comunidades cristianas y en
nuestra sociedad! ¡No nos resistamos a cambiar lo que debe ser transformado!
¡Ofrezcámonos a Jesús como instrumentos para construir la nueva civilización
de la justicia y el amor!" (Jesucristo, Señor de la historia, 21)
Como Pastor de este
pueblo elevo mi corazón a Ntra. Sra. del Rosario del Milagro, Patrona de la
Arquidiócesis. Imploro a Dios, por su intercesión, la gracia de renacer y
construir un tiempo nuevo. Saludo muy cordialmente a todos, deséandoles un
fructífero tiempo de Adviento y una muy Feliz Navidad.
Mons. Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba
1
de
diciembre de 2002 |