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Carta
del
Sr. Arzobispo de Córdoba
a la comunidad arquidiocesana
Queridos hermanos y hermanas:
Es responsabilidad del obispo
estar atento permanentemente a todo lo relativo al anuncio del evangelio en
la porción de la Iglesia que se le ha confiado a su conducción pastoral.
Debe procurar, por tanto, que se den las condiciones adecuadas para la tarea
evangelizadora, así como también debe tratar, con prudencia y caridad, de
aclarar o corregir lo que pudiera dificultarla o hacerla menos eficaz.
Teniendo presente cuanto acabo de
señalar, quisiera recordarles que hace unos días nuestra comunidad
arquidiocesana se vio sorprendida por sucesivas declaraciones personales -en
medios radiales y televisivos- del P. José Guillermo Mariani con ocasión de
la publicación de su libro “Sin tapujos: la vida de un cura” en el que narra
su vida, su ministerio, sus experiencias. Entre éstas, algunas que decían
referencia a sus relaciones sentimentales y a intimidades con personas de
uno y otro sexo.
Ante este hecho, la sensación que
ha prevalecido en mi como obispo y que he podido constatar también en los
testimonios de sacerdotes, consagrados y laicos que me lo manifestaron es la
de un profundo dolor por el desconcierto y confusión que esas declaraciones
han causado. No se trata de querer disimular u ocultar nada, se trata
simplemente de que hay ciertos temas, ciertas experiencias que conviene
considerar con autenticidad pero al mismo tiempo con delicadeza, por respeto
a las personas, a su intimidad y a sus convicciones. Quisiera, a propósito
de ello, proponerles algunas reflexiones más allá de todo espíritu de
polémica.
En primer lugar quisiera señalar
que la Iglesia, querida por el Señor Jesús, es una realidad que debe ser
considerada siempre desde la fe; si no lo hacemos de esta perspectiva nos
quedaremos seguramente con una mirada parcial e incluso deformada. Esta
Iglesia tiene la promesa del don irrevocable del Espíritu Santo que la
asiste permanentemente para que guarde fidelidad a su Señor. Ello no
obstante, los hombres que hemos sido acogidos traemos a su seno nuestra
fragilidad, nuestras sombras y por ello está siempre necesitada de
purificación. Nuestro sincero y humilde propósito de conversión al Señor y a
su Palabra, antes que la crítica amarga, contribuirá ciertamente a hacerla
cada vez más transparente.
También es preciso recordar que el
sacerdocio ministerial es un don que Dios Padre concede a quienes llama al
seguimiento de su Hijo. La misión del sacerdote es ser prolongación viva del
Señor Jesús y de su ministerio salvador entre los hombres. Para ello recibe
una comunicación abundante del Espíritu Santo que lo impulsa y anima
constantemente. Cada sacerdote debe cuidar ese don renovando permanentemente
la libertad y la generosidad con que lo abrazó.
El celibato que los sacerdotes
asumen con entera libertad es también un don que procede de Dios y que lo
capacita para vivir con particular intensidad su caridad pastoral en favor
del pueblo de Dios. Es necesaria una actitud de fe para reconocerlo y es
indispensable una disposición de docilidad a la gracia divina para vivirlo
con plena fidelidad. Las ciencias humanas, cuando abordan su consideración
con verdadera apertura, reconocen que el celibato es una auténtica
posibilidad que puede ser vivida con plenitud por quien se siente llamado a
ello. Es cierto que en distintos momentos de la vida de la Iglesia han
surgido interrogantes respecto de esta disciplina, pero el modo de plantear
y de abordar eventuales objeciones debe ser completamente distinto del que
se eligió entre nosotros últimamente.
El Seminario encara la tarea de la
formación sacerdotal con plena conciencia de las exigencias y de las
dificultades del momento actual. El Seminario de este tiempo no es lo mismo
que el de hace sesenta años; además -justo es señalarlo- no todos los
alumnos de aquel Seminario lo vivieron como una realidad agobiante. De todas
maneras, la experiencia ha ido señalando las necesarias adecuaciones y en
ese camino se ha trabajado y se trabaja con gran seriedad para proponer el
ideal de la vida sacerdotal y para destacar y promover la entera libertad
con que dicho ideal y sus exigencias debe ser abrazado. Es innegable que, no
obstante todos los recaudos, a veces pueden surgir situaciones dolorosas. La
Iglesia como madre misericordiosa siempre ha considerado estas situaciones
para brindarles un remedio adecuado.
Luego de estas sencillas
consideraciones, quiero aprovechar esta oportunidad para expresar una vez
más mi reconocimiento y mi agradecimiento a los sacerdotes de nuestra
arquidiócesis por su esfuerzo por vivir su respuesta a los dones de Dios con
generosidad y fidelidad. Invito encarecidamente a los consagrados y laicos a
acompañarlos y alentarlos en ese esfuerzo.
En nuestra arquidiócesis estamos
recorriendo un camino que pretende caracterizarse por la participación
respetuosa y cordial de todos. En ese espíritu continuaremos trabajando
procurando guardar una estrecha comunión con las iglesias hermanas de
Argentina y con el camino que el Santo Padre el Papa señala para toda la
Iglesia. Los invito a participar de corazón en este propósito para llevar
adelante la desafiante y esperanzadora tarea de anunciar el evangelio en
Córdoba.
A la Virgen Santísima, Nuestra
Señora del Rosario del Milagro, le encomendamos nuestra arquidiócesis, a
todos sus miembros, y le pedimos que nos ayude a sostener con generosidad
nuestro esfuerzo evangelizador.
Que el Señor los bendiga con su
paz y su alegría.
Córdoba, 11
de julio
de 2004
Mons. Carlos José Ñáñez,
arzobispo de Córdoba
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