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LA VIDA VALE LA PENA
LA VIDA HUMANA ES SAGRADA
Carta de
los obispos de Córdoba a
los que estén dispuestos a descubrir y a celebrar, en toda su
riqueza, el don de la vida,
a
todos los hombres y mujeres de buena voluntad
(29 de setiembre de 2005).
Los
Obispos de la Provincia de Córdoba queremos llegar hoy con nuestro
mensaje desde el Cotolengo Don Orione de la Ciudad de Córdoba, para
invitarlos a dedicar el mes de octubre próximo desde la oración y
reflexión y desde diversas iniciativas a renovar la admiración y
la alegría ante el misterio de la vida y, especialmente de la vida
humana.
La
mentalidad materialista, que se impone en el pensamiento del hombre de
hoy, considera que la vida tiene valor solo en la medida en que
alcanza la fama, la eficiencia, la riqueza o el placer. No le
reconoce un valor en sí misma y por sí misma. De este modo se
va configurando una cultura de la muerte que se torna una
verdadera "conjura contra la vida", manifestada en el desprecio
y la marginación de algunos, y en la eliminación deliberada de otros
por medio del aborto, la eutanasia, el homicidio.
Nosotros, en cambio, queremos admirar, celebrar y anunciar la
vida, agradeciendo y animando a todas las madres y padres,
abuelos y abuelas, a todos los agentes del mundo de la salud, a todos
los educadores y educadoras, a todos aquellos que con sus gestos, ya
sean pequeños o heroicos, dan testimonio de la alegría de vivir y de
servir a la vida.
Jesús, con su amor preferencial hacia los pecadores, los enfermos y
marginados, se nos presenta como el "buen samaritano" (cfr. Lc.
10,29-37), revelándonos que el Padre considera importante a todos
los hombres, cualquiera sea su condición y afirmando con sus palabras
que la persona vale más que la comida y el vestido (cfr. Lc. 12,23).
La persona vale más que cualquiera de sus conquistas, aunque éstas
sean grandes como el mundo entero, y que no puede ser manipulada ni
sustituida con ningún otro bien (cfr. Mt 16,26).
La
Iglesia enseña que el hombre, imagen viviente de Dios,
vale por sí mismo, no por aquello que sabe, que produce o que
posee. Es su dignidad personal la que confiere valor a
los bienes que le sirven para expresarse y realizarse. A lo largo de
toda su vida el hombre crece y se desarrolla mediante el trabajo y la
vida en sociedad, llamado a realizar una experiencia de donación y de
comunión hasta la perfección definitiva de la vida eterna. Así se nos
revela su profunda identidad como cima de la creación y epicentro del
cosmos: es un sujeto espiritual irrepetible, abierto al infinito,
llamado a vivir para los otros y con los otros, y que merece respeto y
atención en cada etapa de su existencia. La fe cristiana no es un
cúmulo de prohibiciones, sino experiencia de amor y libertad. Cristo
no nos quita nada, sino que nos posibilita una vida en plenitud.
A
todo hombre, en cualquier situación que se encuentre, la Iglesia tiene
una buena noticia para darle: Dios ama tu vida, sana o enferma, feliz
o infeliz, virtuosa o desfigurada por el pecado. Cristo, el Señor, la
vive junto a ti, compartiendo tus bienes y
tus
miserias, como si fuesen suyas. El Espíritu Santo la sostiene y
orienta para que llegue a ser don de amor al Padre y a los hermanos.
Nos lo dice la Revelación por medio del profeta Isaías: “Tú eres
valioso, Tú eres mi amigo, Tu vida me interesa". “¡Toda vida
es única, irrepetible y sagrada!", DON Y TAREA PARA EL QUE LA RECIBE Y
PARA TODA LA HUMANIDAD”
Por
lo tanto, creer en Dios significa también tener la más alta
consideración del hombre, del valor de la vida como tal, y
especialmente de la vida humana.
Si
descubrir un valor nos lleva a reconocer las obligaciones que entraña
acogerlo y vivirlo plenamente, afirmamos que a un gran valor converge
una gran obligación ética: y así sucede con la vida y con el amor.
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Proclamamos
el valor absoluto de la vida de la gracia que es comunión con Dios,
de la cual Jesús ha dicho: “He venido para que tengan vida y la
tengan en abundancia”( Jn 10,10).
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Proclamamos
que la vida física es un valor fundamental. Es el supuesto de todos
los otros bienes y la base que posibilita su desarrollo y
manifestación, por ello ha de ser respetada desde su concepción
hasta la muerte natural. La vida debe ser atendida y servida de modo
que todos puedan tener alimento, vestido, vivienda, trabajo, tiempo
libre, asistencia sanitaria. Debe ser defendida ante toda forma de
violencia y abuso y merece ser preservada de los peligros que la
amenazan.
Vivir, dejar vivir, respetar, cuidar, cultivar la vida de todo hombre,
en toda circunstancia, es tarea ineludible, no sólo por la bondad de
la vida humana sino también por la vocación de eternidad que tiene
toda persona: La razón más alta de la dignidad humana consiste en
la vocación del hombre a la comunión con Dios (C. Vaticano II, GS
19, 1).
Córdoba 29 de septiembre de 2005
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