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LA MATERNIDAD PLENIFICA LA
CONDICIÓN FEMENINA
Homilía
de monseñor
Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba,
en la Festividad de Nuestra Señora del Rosario del Milagro
(2 de
octubre de 2005)
Concluida la novena preparatoria, nos hemos congregado hoy para
festejar a nuestra Patrona, la Santísima Virgen del Rosario del
Milagro, para acompañar su imagen en su recorrido por las calles de
nuestra ciudad y para celebrar –ahora- la Eucaristía en su honor.
Este
acontecimiento coincide con la iniciación del Sínodo de los obispos en
Roma, evento que marcará también la culminación del “año de la
eucaristía”, al que nos convocara el querido y recordado Papa Juan
Pablo II.
En
nuestra oración encomendamos especialmente a los obispos reunidos
junto al Papa Benedicto XVI, para que el Espíritu Santo los asista y
puedan ayudar eficazmente al Sucesor de Pedro en su ministerio
pastoral.
Nos
encomendamos también a nosotros mismos, para que el mismo Espíritu nos
ayude a descubrir cada vez más profundamente en l Eucaristía la
presencia de Jesús y de su misterio pascual y para reconocer en ella
el culmen y la fuente de toda la vida de la Iglesia.
Es una
ocasión propicia para renovar nuestro propósito de congregarnos con
fervor, especialmente cada domingo, en torno al Señor presente de
manera misteriosa y real entre nosotros en el Santísimo Sacramento y
que cumple su promesa de acompañarnos siempre, hasta el fin de los
tiempos.
¡Con
toda la Iglesia le decimos a Jesús: “Quédate con nosotros Señor!
En
nuestra Arquidiócesis, acabamos de concluir la realización de la
primera sesión de la Jornada Pastoral en cada una de las dieciocho
zonas que comprende su territorio. Quiero agradecer de modo especial a
los decanos, a los párrocos y vicarios parroquiales, a las comisiones
zonales, a todos los sacerdotes, consagrados y laicos que las han
hecho posible y que han participado de las mismas. Han sido una
vivencia fuerte de nuestra conciencia eclesial y una ocasión para
renovarnos en el entusiasmo por el anuncio del evangelio.
Ahora
nos preparamos para realizar la segunda sesión de dicha Jornada, a fin
de este mes y en la que esperamos avanzar decididamente en la
elaboración del diagnóstico pastoral que nos ayude a conocer, desde la
óptica de la fe, la situación de nuestra sociedad y de nuestra
comunidad eclesial y nos permita comenzar a elaborar un itinerario
para afrontar adecuadamente el desafío de la nueva evangelización en
Córdoba.
¡Con
toda la Iglesia que está en Córdoba le decimos al Señor: “Abre
nuestros ojos, queremos ver con el corazón y al corazón de tu pueblo”!
Los
pasos que venimos dando hacia la formulación del diagnóstico nos han
presentado situaciones difíciles, más aún, problemas urgentes y
agudos. Pero como señalábamos recientemente los obispos argentinos,
éste no es el tiempo de lamentos, sino de renovada esperanza. Sin
ingenuidad, pero con convicción debemos alentar la certeza de que el
evangelio nos propone una perspectiva transformadora y dignificante
que nos invita a vivir en comunión con Dios y con nuestros hermanos y
que hemos de animarnos a testimoniarla y anunciarla.
La
escena de la visitación de María a Isabel, cuyo relato acabamos de
escuchar, nos ofrece material para nuestra reflexión y puede
inspirarnos. La Santísima Virgen ha recibido la desconcertante y
alegre noticia que será la madre del Redentor anunciado y esperado.
Su vida ha quedado profundamente transformada. Sin demora se pone en
camino y se hace misionera, evangelizadora y por ello mismo servidora.
Su presencia en casa de Zacarías es fuente de bendición y de gozo para
quien trabaja también interiormente por la gracia divina, estaba a la
espera de una gozosa noticia.
Notemos –de paso– que en esta escena hay también un mensaje sencillo y
elocuente acerca de la maternidad. No es una desgracia o algo de lo
cual la mujer deba defenderse, sino una realidad plenificante de su
condición femenina.. En estos tiempos difíciles en el mundo y en
nuestra Patria, en donde a veces se distorsiona la mirada acerca de la
maternidad, contemplando a María Santísima y a Santa Isabel, como
creyentes debemos reafirmar la convicción que ser madre es una
bendición para toda mujer que acoge generosamente el don de la vida.
Volviendo a la escena de la visitación y buscando en ella luz para
nuestro compromiso evangelizador, también nosotros debemos acoger con
alegría la buena noticia de Jesús y debemos animarnos a un renovado
anuncio de la misma a todos nuestros hermanos que lo esperan, a veces
sin darse cuenta, sin saberlo.
Debemos tener no sólo la convicción sino además, de algún modo, la
experiencia de la novedad transformadora y dignificante que trae
Jesús. Su palabra, su gracia nos ofrece un modo de vivir distinto, más
humano, más pleno.
¡Cuánto bien nos hace arraigarnos en esta convicción y desde ella
intentar vivir de manera distinta nuestras relaciones! En estos días
nos hemos visto conmovidos por episodios de violencia en nuestra
ciudad. Ojalá sepamos superar esos momentos dolorosos con el firme
propósito de establecer condiciones de vida que nos permitan salir al
paso de todo desencuentro y evitar todo tipo de marginación y de
exclusión.
¡Con
toda nuestra ciudad le pedimos al Señor: ¡”Quédate con nosotros y
regálanos tu paz”!
En la
tarea del anuncio del evangelio hemos de estar también atentos a la
inspiración y a la asistencia del Espíritu Santo. Es el Espíritu quien
impulsa a María Santísima a ponerse en camino, a llevar la alegre
noticia, a servir con generosidad. Ese Espíritu mueve a Isabel a
recibir agradecida y asombrada el gozoso anuncio y a bendecir a Dios
que cumple sus promesas.
Nosotros, por nuestra parte, en nuestra tarea de testimoniar y de
anunciar el evangelio hemos de abrigar la convicción que el Espíritu
Santo nos impulsa y nos anima y hemos de secundar sus inspiraciones
que nos invitar a ser ingeniosos, creativos, audaces en su
proposición. Al mismo tiempo, hemos de ser humildes y sencillos para
reconocer su obra en el corazón de nuestros hermanos. Una obra que Él
sabiamente va realizando con progresividad y que nosotros hemos de
saber apreciar y valorar.
Debemos entregarnos a la confortadora tarea de evangelizar con
convicción y con entusiasmo. El Papa Pablo VI hablaba de anunciar el
evangelio “con el fervor de los santos”. Miremos a los que entre
nosotros han vivido con ese fervor: la Beata Tránsito Cabanillas, el
cura Brochero, el obispo Esquiú y tantos otros. Ellos nos trazan un
camino para que asumamos con generosidad el desafío que nos proponía
Juan Pablo II y que el Papa Benedicto XVI ha renovado recientemente:
navegar mar adentro y echar las redes, es decir, anunciar de manera
nueva el evangelio de Jesús.
Le
pedimos, pues, al Señor: “Ayúdanos a ir mar adentro y dános la
confianza y la audacia de echar las redes”.
Nos
espera una apasionante tarea. Es una obra que implica a todos, nos
decía también Juan Pablo II. Que María Santísima nos anime, nos ayude
y nos guíe en su concreción. Colocamos nuestras intenciones en su
corazón de Madre, para que Ella las recomiende ante nuestro Padre del
Cielo y nos alcance por su Hijo la gracia de ser evangelizadores
convencidos, alegres y entusiastas, con el ardor del Espíritu Santo.
Que así sea.
Mons.
Carlos José Ñáñez,
arzobispo de Córdoba |