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EL AMOR QUE NOS UNE


Carta pastoral de monseñor Carlos José Ñ
áñez, arzobispo de Córdoba
para la Pascua
(27 de marzo de 2005)



A todos los bautizados, hijos de la Iglesia que peregrina en esta Arquidiócesis de Córdoba:
fieles laicos, sacerdotes, personas consagradas;
a los hermanos de otras iglesias cristianas y a los creyentes de otros credos;
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.


Al celebrar la Pascua de Jesucristo, el Señor Resucitado, quiero llegar hasta ustedes a través de esta Carta. Como en años anteriores, está inspirada en una consulta que propuse a las comunidades de nuestra Arquidiócesis. Además, por el tema que abordamos, he recogido el generoso aporte de personas que, desde diversas perspectivas específicas, enriquecen nuestra reflexión.

La carta es expresión pastoral de toda la Iglesia que peregrina en Córdoba, y quiere destacar la importancia de reconstruir nuestros vínculos hoy tan deteriorados desde las familias y comunidades, como un servicio a la sociedad.


1. Una alegre noticia: Cristo ha resucitado y nosotros con Él

“Ya que ustedes han resucitado con Cristo...” Col 3,1


Una vez más anunciamos la alegre noticia. Como en aquella nueva mañana, el corazón creyente estalla de felicidad: ¡CRISTO HA RESUCITADO! El Dios de la vida, nuestro Creador, ha resucitado a su Hijo; por Él recibimos su Espíritu y con Él renace la esperanza de una vida nueva para todos. En Jesucristo confesamos un amor que es más fuerte que la muerte, que todas las muertes.

Su Pascua es un gran abrazo: nos une a Dios para siempre y nos da la capacidad de recrear los lazos humanos. Esta es nuestra certeza: no estamos solos porque él dio la vida. Alguien nos ha amado hasta el final con el amor más grande que se pueda imaginar. Cada uno puede confesar: Él “me amó y se entregó por mi” (Gal 2,20). Donde viva una persona, allí donde dos o más estemos juntos podremos escuchar su voz: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). En nuestras familias, en nuestros barrios, en las ciudades o pueblos, en todas partes podemos -desde la fe- resucitar con Él y dejarnos abrazar por este amor que nos une.


2. Cuando los vínculos se debilitan o se rompen

“... ahora es necesario que acaben con la ira, el rencor, la maldad, las injurias… Tampoco se engañen los unos a los otros.  Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras, y se revistieron del hombre nuevo…”  Col 3,8-10


Una de las motivaciones más profundas para seguir viviendo es el reconocimiento de lo que significamos para los demás y para Dios. Cada persona, imagen del Dios trinitario, tiene un valor inapreciable. En el rostro y en la historia de todo ser humano resplandece algo de la belleza eterna del mismo Dios. Su Espíritu ha grabado su huella en nosotros.

Es preciso que seamos capaces de valorarnos, de apreciarnos de tal modo que quien está a nuestro lado sea ALGUIEN y no algo, una persona, se trate de un familiar, vecino, compañero de trabajo, hermano de comunidad, adversario político o quien fuere. Habremos resucitado con Cristo en la medida que recibamos con un corazón nuevo la propia realidad personal y la de los demás.

Lo que constatamos muchas veces, sin embargo, son los frecuentes desencuentros, los conflictos y enfrentamientos que producen distancias, alejamiento, rupturas que nos hieren, nos hacen sufrir y hacen nuestra vida menos digna. Nos preguntamos entonces: ¿qué es lo que provoca esta situación?; ¿por qué nuestros vínculos de debilitan, se deterioran, se rompen?

La respuesta no es sencilla. Podemos reconocer múltiples causas. Sin ánimo de enumerarlas exhaustivamente nos atrevemos a mencionar algunas entre las más importantes: el individualismo que domina en muchas propuestas y actitudes de vida; la desconfianza en las instituciones y el descrédito de las mismas; la miseria que denigra, margina y termina excluyendo; la violencia creciente y una cierta resignación fatalista ante ella.

Para los seres humanos “existir es convivir” (CEA, Iglesia y comunidad nacional, 60). Cada uno de nosotros vive en un conjunto de relaciones que nos modelan continuamente a lo largo de la existencia; por diversas razones estamos esencialmente unidos a otros. Los vínculos son tan importantes, que sin ellos nuestra vida pierde su sentido. Si la vocación y destino humanos es la comunión, hay que evitar la frialdad de ese indiferente mirar para otra parte y del maltrato mutuo, la agresividad para con los presentes o los ausentes, los golpes bajos propinados inescrupulosamente a los otros, para vivir aquel amor que nos une.


3. Que los hermanos sean unidos: la reconstrucción y el afianzamiento de los vínculos

“… revístanse de sentimientos de profunda compasión… El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.” Col 3,12-14


Aquel anhelo, expresado en nuestro Martín Fierro, que inspira este título, es seguramente la voluntad de Dios para nuestro país. Él es amor, su misterio más profundo es comunión de personas en un mismo y único amor infinito. En este sentido, los obispos argentinos decimos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad, es “fuente, modelo y fin de toda comunidad humana. A partir de la comunión trinitaria hemos de recrear los vínculos de toda comunidad: a nivel familiar, vecinal, provincial, nacional e internacional” (CEA, Navega mar adentro, 65).

Si en la raíz misma del estado actual de la sociedad, la fragmentación cuestiona y debilita todos los vínculos (cf. Navega mar adentro, 23), sólo el diálogo, intentado con sinceridad y perseverancia, impregnado de razonabilidad y mansedumbre, acercará a las personas, permitirá la necesaria renovación y afianzamiento de las instituciones que posibilitan, a su vez, el ejercicio maduro y responsable de nuestros deberes y derechos, facilitándonos una verdadera convivencia democrática y una auténtica amistad social.

El apóstol Pablo recuerda, con otras palabras, aquello que los cristianos rezamos en el Padrenuestro: el perdón sincero, pedido y otorgado, acuna amor, revive a quienes lo dan o reciben, nos reconcilia y reencuentra. Perdonar es exigente y liberador para unos y otros. Pedir perdón y comprometerse a cambiar es sinónimo de grandeza, porque hay mucha humildad en el que reconoce la verdad y quiere recrearla. La soberbia nos deshumaniza. Resucitar con Cristo es mirar con el corazón, como lo hace Dios, al corazón de los demás (cf. 1Sam 16,7).

Frente a los condicionamientos del sistema económico global, para el que las cifras y el rédito económico tienen más peso que los seres humanos, provocando múltiples desencuentros y rupturas en la familia y en la sociedad, debemos “globalizar la solidaridad”. Esta invitación del Santo Padre implica involucrarnos con el que sufre, el compromiso firme y constante para trabajar por el bien común, concretado incluso en el tejido de redes sociales.

Se trata, en definitiva, de oír y responder al pedido de san Pablo: un amor urgente, afectivo, eficaz, capaz de tender puentes, mancomunar esfuerzos, organizar la vida social pensando juntos, sin pelearnos tanto. No podemos perder tiempo en culpabilizar siempre a los otros, en intransigencias políticas, en revanchas interminables que no llevan a ninguna parte. Los cordobeses creyentes o no, hemos de estar dispuestos a bregar por una sociedad con cabida para todos, alentar los proyectos ya existentes, o crear alternativamente otros. Los emprendimientos comunitarios dinamizados con entusiasmo y lucidez, nos permitirán superar tanto viejos individualismos como estrecheces sectoriales, y vivir aquel amor que nos une.


4. La familia: ámbito privilegiado para la creación, reconstrucción y afianzamiento de los vínculos

“Practiquen la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la paciencia.” Col 3,12


Dios, que es familia, está en el origen y en el destino de la vida de cada ser humano y de la sociedad. Para revertir el creciente deterioro de los vínculos, hemos de empeñarnos en sostenernos mutuamente, en promover la vida familiar y sus valores: el cuidado y la defensa de la vida, la dignidad de todas las personas, el sentido de pertenencia, la ternura, la comprensión, el aprendizaje en la compleja y desafiante convivencia entra las distintas generaciones, los afectos auténticos aprendiendo a ser padres, hijos, hermanos, esposos y amigos (cf. CEA, Navega mar adentro, 43). En cada familia tenemos que acompañar los logros y los fracasos de todos, colaborar con nuestro aporte en el sacrificio en común, compartir con los otros las necesidades y los bienes, estar en los momentos significativos de la vida y de la muerte de los seres queridos, y educarnos en el aprender a dar y recibir cariño.

La gran mayoría de los argentinos reconocemos en la familia y los amigos el primer ámbito de contención y de crecimiento, el medio de superación de tantas formas de soledad que caracterizan el modo actual de vida, y el núcleo básico de la vida social. A partir de estos vínculos podemos repensar y recrear las demás instituciones sociales, sobre todo las más deterioradas y desprestigiadas.

Quiero pedir encarecidamente, en este año eucarístico, una atención pastoral especial a todas las familias y un discernimiento lleno de caridad para con las nuevas configuraciones de relaciones. Los invito a un diálogo maduro y sereno con nuestra realidad actual. Cada familia, “santuario de la vida”, llamada a una “comunión de amor” es “tarea de todos”. Agradezco de corazón la generosidad de quienes trabajan al servicio de las familias; los aliento “a continuar con entusiasmo su labor y al mismo tiempo los insto a revisar y actualizar su formación, a fin de que a través de una renovada catequesis pueda resplandecer el “evangelio de la familia y su belleza” (CEA, La familia, comunión de amor, tarea de todos, 5). La unidad familiar lograda a través del esfuerzo y la abnegación de sus miembros, enriquecida por la oración, la eucaristía y la reconciliación, contribuirá sin duda a fortalecer la unidad de la sociedad argentina.

A las comunidades en nuestra Iglesia particular, les encomiendo un especial testimonio de unidad: vivir cada vez más como la familia de los hijos de Dios. En la riqueza de la diversidad de ministerios y carismas, comprometámonos ante el Señor de la paz, a participar de manera armónica y orgánica al servicio de su Reino de justicia. La mutua comprensión, la inserción cordial, la solución de los conflictos en la caridad, y la alegría misionera serán un valioso aporte de amor, que es “el vínculo de la perfección”; de aquel amor que nos une.

A María del Rosario del Milagro que, “como Madre de muchos hermanos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, y ayuda a que la Iglesia se viva como familia” (CEA, Navega mar adentro, 61), dirijamos nuestra voz y nuestra súplica. Por su intercesión, imploro a la Santísima Trinidad la gracia de la unidad fraterna, de la comunión familiar y eclesial, de la paz y amistad social. Saludo muy cordialmente a todos, deseándoles una muy feliz Pascua de Resurrección.


Mons. Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba
27 de marzo de 2005



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