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APOSTAR AL TRABAJO Y NO AL JUEGO
Mensaje de Mons.
Néstor Hugo Navarro,
administrador
apostólico de
la arquidiócesis de Bahía
Blanca (21 de octubre de 2002)
Con mucha preocupación vemos cómo la posibilidad del juego de azar se pone cada
vez más al alcance de la mano, facilitado no sólo por la accesibilidad a las
apuestas sino también por la multiplicación de lugares donde realizarlas.
Si bien el juego es una
actividad recreativa muy positiva para el hombre, porque favorece el
esparcimiento y la interacción de las personas, no obstante cuando al juego se
le suma la apuesta de dinero con peligro de poner en riesgo el bienestar de las
personas, entonces la cuestión cambia radicalmente. El Catecismo de la Iglesia
Católica dice que, si bien los juegos de azar o las apuestas no son en sí mismos
contrarios a la justicia, no obstante resultan moralmente inaceptables cuando
privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o
las de los demás (cfr. N° 2413). En muchos casos puede verse cómo las personas
que acceden a los locales de juego pierden dinero, a veces en grandes
cantidades, dinero que ellos mismos y sus familias necesitan. El daño entonces
es enorme en perjuicio del bienestar de las familias, de su educación, vivienda
y aún de su propio sustento. De este modo nos encontramos con que el juego, que
ha sido pensado para la diversión, se convierte en esclavitud para muchos. De
allí que el mismo Catecismo diga: “La pasión del juego corre peligro de
convertirse en una grave servidumbre” (N° 2413).
El juego por dinero puede
generar expectativas falsas y hacer que algunos en situaciones económicas
comprometidas, acudan a esta alternativa ilusoria como una posible solución,
terminando en una situación mucho peor que la que intentaban remediar. El juego
de apuestas llevado a estos límites se pone en contra del desarrollo integral
del hombre, puesto que supera el marco del simple esparcimiento hasta impedir el
florecimiento de virtudes fundamentales como son la generosidad, la solidaridad,
la justicia y la laboriosidad. No superaremos la difícil situación del país con
el juego, sino aumentando la producción y los puestos de trabajo, hasta que
desaparezca el suplicio de la desocupación. Incluso aunque la actividad del azar
produzca ganancias a las entidades privadas o al Estado y se consigan algunas
plazas más de empleo, esto no justifica de modo alguno que deba promoverse,
puesto que “el fin no justifica los medios”, y el beneficio económico no puede
ponerse por encima del bien general de las personas o familias.
Como una realidad nueva se
constata que las personas que van a los casinos, que acuden a las máquinas
tragamonedas, o cualquier otro sistema de apuestas, no son siempre las personas
de mayores recursos. El sistema de juego permite hoy que con muy poco dinero se
pueda hacer una apuesta. De este modo, se puede poner en peligro la estabilidad
económica aún de los pobres, y proponer una falsa alternativa a aquellos a
quienes como sociedad debiéramos proteger más y ofrecerles otro tipo de
oportunidades y expectativas. No basta recurrir a la libertad individual para
exceptuarnos de nuestras responsabilidades como comunidad, no alcanza con decir
que “es cuestión de aquél que decide ir a esos lugares” si estamos propiciando
la ocasión de que alguien pierda sus bienes necesarios en el juego. Tampoco
basta con legalizar estos emprendimientos. Si bien la legalidad es un marco
siempre deseable, requerible para una ordenada existencia social, sin embargo no
por legalizar algo contrario al bien de las personas y sus familias lo
convertimos en bueno y aceptable. Debemos mirar más allá y luchar por detener la
decadencia cultural del “dinero fácil”, fortaleciendo la cultura del trabajo. Se
trata en última instancia de implementar políticas que antepongan la dignidad de
ganar el dinero con el fruto del trabajo, al facilismo de ganarlo por azar.
Frente a la posibilidad
conocida por los medios de comunicación de la ciudad, de la instalación de una
nueva sala de juego que se suma a otras ya existentes en Bahía Blanca, es que
como Pastor a cargo de la Comunidad Católica quiero hacer estas consideraciones
y un llamado a que una vez más miremos el bien común por encima de cualquier
interés particular. Como ya lo dije en otra oportunidad “no es multiplicando
salas de juego como saldremos de la crisis social y económica” (9 de Julio
de 2000), y hoy creo oportuno reiterar este concepto. La Iglesia es servidora de
la verdad y en Jesucristo encuentra la revelación profunda del misterio del
hombre (cfr. Concilio Vaticano II, G.S. N° 22). Es en virtud de este servicio
que ofrezco la presente reflexión para los creyentes y para toda persona de
buena voluntad.
Bahía
Blanca, 21 de octubre de 2002
Mons. Néstor Hugo Navarro,
administrador apostólico de Bahía Blanca |