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NAVIDAD 2002
Mensaje de Mons. Néstor Hugo Navarro, administrador apostólico
de Bahía Blanca
para la Navidad de 2002
Hoy es Navidad. Es el tiempo en que celebramos la venida del Señor. Es más que
un simple recuerdo de un acontecimiento pasado; es la actualización de un
misterio de fe, al que nos fuimos preparando durante el Adviento.
Hoy es Navidad. Una de las
fiestas más sentidas, más hermosas, más conmovedoras, más de familia. “Un
niño nos ha nacido”, decía el profeta Isaías. Un Niño que nos trae la
salvación, la paz, la alegría, que viene a iluminar la vida de todos los
hombres, como le gusta decir al evangelista Juan: “La Palabra era la luz
verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn. 1,9). En
realidad, ocho siglos antes que Juan lo dijera, Isaías ya lo había anunciado:
“El pueblo que caminaba en
tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la
oscuridad ha brillado una luz” (Is. 9,1).
“La luz brilla en las
tinieblas”
(cf. Jn.1,5). ¡Qué hermosa definición de la Navidad! Precisamente Jesús nació en
una época parecida a la nuestra: era un mundo sin esperanza, hecho de
sufrimientos, de conflictos y guerras, de tinieblas, de hambre y de gente
excluida. El pecado del hombre había sembrado el mundo de violencias, de
injusticias y de mentiras. Se oscurecía el porvenir y se acababa la esperanza.
Igual que en la primera Navidad,
también para nuestra Argentina de hoy, llega Jesús como luz: “Yo
soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la
luz de la Vida” (Jn. 8,12). La luz
que ilumina y guía, da seguridad y confianza, que inspira amor. Navidad es la
luz de Dios, de este Niño frágil, tierno, que se deshace en nuestras manos, “envuelto
en pañales y recostado en un pesebre”
(Lc.2,12). Luz que se convierte en grito de esperanza para nuestro pueblo
desalentado, abrumado por miedos y amenazas, marcado por profundas
desigualdades, donde muchos se cansan de esperar el pan y el trabajo, mientras
otros pocos se hartan de consumir.
Por eso, y a pesar de todo,
seguirá anunciándose el mensaje de Navidad, una y otra vez: “la
luz brilla en las tinieblas”. Sí,
nace Jesús en medio de la noche oscura del pecado, del hambre y de la pobreza,
en medio de las tinieblas de los conflictos de familia y de la angustia
personal, de las carencias de educación, de la mala distribución de las riquezas
y de los partidismos que desconocen el bien común, nace el Señor para iluminar a
todo hombre que se acerque a él, “para
envolvernos con su luz”,
como dice el Evangelio que les sucedió a los pastores en aquella noche santa
(cf. Lc.2,9).
En el pesebre de Belén “la
gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha
manifestado” (Tit. 2,11). Nacido de
María Virgen y del poder del Espíritu Santo, Dios Padre pidió que también lo
llamáramos “Emanuel”,
es decir “Dios con nosotros”
(cf. Mt. 1,23) para que tuviéramos la certeza que la cercanía de Jesús a nuestra
vida era tan intensa y solidaria que nunca nos podrían las tinieblas.
“Dios
con nosotros”, nunca más Dios “contra”
nosotros; nunca más Dios “sin
nosotros”. Nunca más sintiéndonos
solos y abandonados. “Dios con
nosotros” y no de una manera
superficial y fugaz, sino en una alianza profunda y eterna que nadie, fuera de
nuestro pecado, podrá quebrar jamás, ni siquiera la muerte. “Dios
con nosotros”:
Esto es Navidad. Ésta es la hermosa e indestructible esperanza que brota del
saber que Dios viene a compartir solidariamente nuestra vida.
Navidad, por otra parte, es una
fiesta de gran responsabilidad para los cristianos. Más allá de los sentimientos
de ternura y emoción que despierta en nosotros; más allá de los intercambios de
saludos, regalos y buenos deseos, Navidad tiene que ser para nosotros una
exigencia de cambio de vida, de renacer a una fe más intensa, a una esperanza
más firme, a un amor más eficaz y decidido en favor de nuestros hermanos. En
realidad, de nada nos serviría que Jesús haya nacido hace dos mil años en la
humilde cueva de Belén, si hoy nada va a nacer en nosotros. Sería tan doloroso
como si aquella luz que “brilla
en las tinieblas” no se encendiera
para nosotros, y como si Dios no fuera nunca “Dios
con nosotros”.
Conocemos la historia que narra
el Evangelio, y nos emocionamos por el amor de aquellos padres que buscan sitio
para que nazca su hijo, allá en Belén. Sin embargo, “no
había lugar para ellos”,
dice elocuente y dramáticamente el Evangelio. ¡No había lugar para que nazca el
Niño...qué tristeza! Pero nosotros no queremos que sigan de largo. No queremos
que suceda lo mismo que hace dos mil años. Digámosle con el grito de la fe:
“¡María y José, no pasen por mi casa sin detenerse! ¡Este es el lugar! ¡Aquí
está mi vida, mi familia, mi barrio, mi pueblo, para que pueda nacer Jesús!”.
Así se cumplió la promesa hecha
por Dios. Para salvar a los hombres “el Hijo del Altísimo” (Lc. 1,32)
acepta nacer en un humilde pesebre y compartir, desde ese momento, la historia
de la humanidad. A partir de entonces podemos vivir sin miedos, con esperanza y
como hermanos:
“No tengan miedo, porque les
traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la
ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc.
2,10-11).
Por eso en Navidad no podemos
conformarnos con armar el pesebre, adornar el arbolito o comprar la sidra y el
pan dulce para comer en familia... Jesús espera al más...
Jesús espera algo más de cada
uno de nosotros:
que perdonemos a quienes nos
ofendieron;
que nos acordemos de los
hermanos que están solos o enfermos;
que hagamos llegar nuestra ayuda
a las familias más necesitadas;
que participemos en familia de
momentos de oración y, especialmente, de la Misa de Nochebuena.
Jesús espera también de todos
los argentinos, algo más:
que los que tienen poder de
decisión, en el nivel donde se encuentren y en el organismo o institución donde
trabajen, reconozcan que ya no se puede esperar más para atender la situación de
los pobres y desprotegidos, con la seguridad de que defender los derechos
humanos será siempre el principal camino para la reconstrucción nacional;
que los que tienen en sus manos
grandes capitales de dinero, comercios o empresas, no olviden su responsabilidad
para con los demás, y sean generadores de puestos de trabajo y de condiciones
dignas para sus obreros y empleados;
que instauremos una cultura de
diálogo entre los distintos sectores sociales, sabiendo que las soluciones no
serán efecto de recetas de afuera, sino de la búsqueda sincera de todos por el
bien común;
que la venida de “Jesucristo,
el Justo” (1 Jn. 2,1) nos invite a la defensa de la justicia, para
que se ejerza con libertad y con rectitud, y nuestro pueblo pueda vivir en paz,
garantizados sus derechos y su seguridad;
que no nos dejemos seducir por
el interés personal y la “viveza criolla”, y que superemos la corrupción con
opciones honestas y claras, tanto en lo público como en lo escondido de nuestras
conciencias.
Sí, en cada celebración de su
Nacimiento, Jesús espera algo más de nosotros. Espera el regalo de un corazón
disponible a su gracia que viene a nuestro encuentro para que continuemos la
marcha de nuestra vida con nuevas esperanzas y nuevos compromisos, porque
entendemos al fin que Él es “Dios con nosotros” que camina junto a
nosotros alentándonos, sosteniéndonos y amándonos siempre.
¡QUE DIOS LES CONCEDA VIVIR UNA FELIZ Y CRISTIANA NAVIDAD
Y LOS BENDIGA!
Mons. Néstor Hugo Navarro,
administrador apostólico de Bahía Blanca |