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“VENGO DE UN
PAÍS LEJANO”
Artículo de Mons. Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro
publicado en el diario "Río Negro" el 16 de octubre de 2003
Al conocerse la muerte del Papa Juan Pablo I, sucedida el 28 de setiembre de
1978, cuando apenas llevaba treinta y tres días de pontificado, los creyentes de
todo el mundo repitieron la pregunta hecha a la muerte del Papa Pablo VI: ¿a
quién elegirían el Espíritu y la Iglesia como sucesor de Pedro, como vicario de
Cristo en la Tierra?
Muchos nombres de cardenales
con probabilidades de sucederle a Albino Luciani aparecieron en los medios de
comunicación, pero nadie apuntó en la dirección del Espíritu que sopla y elige
con absoluta libertad. De allí que fuera una real sorpresa saber el nombre del
sucesor del Papa recién fallecido. El 16 de octubre de 1978, el cardenal Felice
le anunció a la ciudad de Roma y al mundo entero la “gran alegría” de la
elección del cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, Polonia, como nuevo
pontífice, quien llevaría el nombre de su antecesor: Juan Pablo II. Tenía
entonces 57 años.
El mismo habrá recibido su
elección con gran sorpresa. Cuentan que cuando llegó al aeropuerto de Roma para
participar del cónclave, un fotógrafo le sacó varias fotos y él entonces le
dijo: “Oiga, ¿no pensará que yo puedo ser el próximo Papa? Pero lo cierto que
después de ese cónclave tuvo que dejar para siempre su sitio de arzobispo de
Cracovia, para sentarse en la sede del supremo pastor de la Iglesia Católica. A
partir de ese momento, el mundo entero pudo conocerlo y amarlo por su
arrolladora personalidad y simpatía, y por su inquebrantable fe en Cristo y en
la Iglesia, traída desde ese “país lejano”, como él mismo llamó a su querida
Polonia natal. De esa manera, se convirtió en el primer Papa no italiano en 455
años y en el primer eslavo en la historia de la Iglesia que subía a la cátedra
de Pedro, cuando se encaminaba a su final el segundo milenio de vida cristiana.
Nació el 18 de mayo de 1920.
Cuando tenía 9 años murió su madre y once años más tarde moría su padre,
luchando contra las tropas nazis por la libertad de su patria. Trabajó como
obrero en una fábrica de productos químicos para poder pagar sus estudios
secundarios. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial se le despertó su vocación
sacerdotal, pero sus estudios no fueron nada fáciles, porque los nazis habían
ordenado la clausura de todos los institutos de formación católica. Estudió como
seminarista en reuniones secretas que tenían lugar en distintas casas. Fue
ordenado sacerdote al terminar la guerra, el 1 de noviembre de 1946. Desde
entonces su vida eclesiástica fue meteórica, en atención a su calidad
espiritual, a su agudeza de inteligencia y a su celo pastoral. Fue consagrado
obispo auxiliar de Cracovia a los 38 años; arzobispo de Cracovia a los 44 y
cardenal a los 47.
Fino poeta, gran literato y
lector, muy aficionado a los deportes, estuvo preparado para superar una vida
que ya desde niño no le fue nada fácil y para asumir una responsabilidad más
difícil todavía en Polonia: defender la libertad del pueblo confiado por Dios de
las continuas hostilidades del régimen comunista y ateo que pretendía apagar la
llama de la fe que se había encendido más de mil años antes. Lo conocía bien el
cardenal Wyszynski, primado de Polonia, cuando dijo de él lo que se decía de su
Patria: “Tiene la costumbre de decir ‘sí’ solamente a Dios, a la Iglesia de
Cristo y a su madre santísima”.
No es una fiesta cualquiera
para nosotros esta conmemoración de los 25 años de pontificado de Juan Pablo II.
Estamos celebrando un misterio de fe. Festejamos el poder de Dios que hace de la
fragilidad de los hombres, la roca viva sobre la cual edifica su Iglesia: “Tú
eres Pedro-piedra-roca”, elegido para “confirmar a sus hermanos”, para ser como
el corazón de la Iglesia, le decía hace dos mil años Jesús a Pedro. Le daba el
oficio de padre y pastor de su Iglesia. Por eso, no debía estar sentado en la
cúspide de una pirámide, sino ocupando el centro de la comunidad. Tenía que ser
el hermano mayor que enseña a ser universales (católicos), a amar a todos los
hombres, a respetarlos, a comprenderlos, a dignificarlos, a perdonarlos, a
unirlos para vivir en la comunión de Jesús.
Nuestra devoción por el Papa
no brota de creerlo necesariamente el más sabio, el más perfecto (aunque
reconozcamos en Juan Pablo su sabiduría y santidad de vida); ni de creer que él
construye solo la Iglesia. Nuestro amor por él proviene de la fe, de saber que
es el elegido por Jesús para edificar sobre él su Iglesia: “Sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia” (Mt. 16,18). No hay ninguna duda de que todos podemos y
debemos prestar un gran servicio a la Iglesia (teólogos, catequistas, laicos
comprometidos en los grupos y movimientos, etc.), pero la Iglesia no se
construye sobre nosotros, no somos la roca sobre la que Jesucristo edifica.
Esta roca, esta piedra
elegida por Jesús se llamaba Pedro, en el tiempo de los primeros apóstoles; hoy
se llama Juan Pablo II, polaco de nacimiento, deportista, literato, infatigable
viajero, conocedor profundo del corazón del hombre, sabedor de la grandeza
humana como de sus limitaciones e insatisfacción. Un hombre convencido de que
hay en el Evangelio una fuerza de salvación (“poder de Dios para la salvación de
todos los que creen”, Rom. 1,16; cfr. 1 Cor. 1,18) que trasciende toda política,
toda filosofía y todo proyecto meramente humano.
Como nadie antes, este Papa
“venido de un país lejano” ayudó a superar la figura de un Papa lejano e
inalcanzable. Sus numerosísimos viajes por todo el mundo nos ha permitido
sentirlo bien cercano y son un servicio para las Iglesias locales y para toda la
humanidad. Son viajes intensos, agotadores en sus miles de kilómetros recorridos
y en el apretujado entusiasmo de la gente que quiere verlo, escuchar su
enseñanza y pedirle su bendición. Era Pedro, como quería Jesús, que andaba los
caminos para “confirmar a sus hermanos”.
Aquí mismo en Río Negro, en
Viedma, tuvimos el 7 de abril de 1987 el regalo y la alegría de tenerlo entre
nosotros. Todavía están grabadas en nuestros corazones sus palabras de saludo:
“Siento una gran alegría por haber podido venir hasta Viedma, centro de
irradiación evangélica en la dilatada región patagónica, para manifestar el amor
del Papa por todos y cada uno de ustedes”.
Ha pasado un largo tiempo
desde entonces; ahora a los 83 años con problemas de salud y cansancio
evidentes, pero sin que decrezca su lucidez ni su entusiasmo por la causa de
Dios, su actividad sigue siendo enorme. Su espíritu no está en silla de ruedas.
Sus predicaciones en los viajes han sido una formidable catequesis para todas
las categorías de personas, sobre los problemas humanos más diversos y
dramáticos, “en este tiempo de grandes pruebas, pero también de gran esperanza”
(Juan Pablo II), porque Jesucristo sigue entre nosotros y “es el mismo ayer, hoy
y siempre” (Heb. 13,8). Ultimamente, con las marcas de la enfermedad en su
cuerpo, nos ha enseñado sobre el valor y sentido del sufrimiento para la fe
cristiana.
Con una libertad y audacia
incomparables, instaló en el mundo temas de importancia vital para el porvenir
de la humanidad: la paz en el mundo y el fin de las guerras como algo absurdo
(recordemos con gratitud su mediación para evitar la guerra, en el conflicto con
la República hermana de Chile, a propósito del Beagle); la reconciliación entre
los hombres y las naciones mediante un sincero pedido de perdón por los pecados
cometidos; la defensa de la vida desde el útero materno hasta la muerte natural;
el valor del matrimonio y de la familia; el cumplimiento irrestricto de los
derechos humanos; la libertad religiosa; la globalización de la solidaridad,
para hacer frente a un capitalismo salvaje de exclusión de mucha gente; la
condonación o disminución de la deuda externa que agobia a los pueblos y les
impide crecer; el respeto por la cultura de las naciones, especialmente las más
pequeñas y débiles; la defensa de los pobres de la Tierra, hombres y naciones:
prácticamente es la voz del Papa la única que se escucha en defensa del Africa,
exhortando a las naciones poderosas a ser solidarias y compasivas con ella.
Sí, este Papa que aparece en
los medios fatigado y enfermo, con el sufrimiento marcado en su rostro, tiene
palabras y gestos de profeta que anuncian la posibilidad real de un mundo mejor,
más humano y compartido como hermanos, con más paz y justicia, sin exclusiones
injustas y dolorosas; llenando así nuestro espíritu de esperanza al decirnos que
todavía se puede hacer mucho de bueno, aun en medio de tantas dificultades, si
es que, como nos dijera al comienzo de su pontificado, abrimos sin miedo las
puertas de nuestro corazón a Jesús.
¡Cuánto ha dado a la Iglesia
y a la humanidad Juan Pablo II en estos 25 años de pontificado! Sin reservarse
nada y agotando su vida en el cumplimiento de la misión que Jesús le ha
encomendado. Su figura doblada, casi balbuceando las palabras y llevado en silla
de ruedas, este incansable y pacífico luchador por el bien de la humanidad nos
dice a los gritos que es un hombre habitado por el Espíritu y por él actúa y
sigue adelante hasta que Dios mismo le diga: “Está bien, servidor bueno y
fiel... entra a participar del gozo de tu Señor” (Mt. 25,21).
Damos gracias a Dios por su
vida y testimonio y le pedimos que continúe dándole la sabiduría, valentía y
corazón de buen pastor, de modo que pueda seguir conduciendo y protegiendo el
rebaño que anda detrás suyo hacia la casa del Padre.
Tu pueblo cristiano, querido
Juan Pablo II, en tus bodas de plata pontificales, te quiere bendecir con las
mismas palabras de las Escrituras:
“Que el Señor te bendiga y te
proteja.
Que el Señor haga brillar su
rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su
rostro y te conceda la paz” (Num 6, 24-26).
Mons. Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro |