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25 AÑOS DE PONTIFICADO DE JUAN PABLO II


Homilía de Mons. Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro, pronunciada el 16 de octubre de 2003 en una misa concelebrada en la iglesia catedral


Queridos hermanos: Estamos hoy en esta Iglesia Catedral del Alto Valle para celebrar el jubileo pontifical de nuestro Papa, Juan Pablo II, que hace 25 años fuera elegido para suceder a Juan Pablo I, muerto casi al comienzo mismo de su pontificado. No es una fiesta cualquiera para nosotros. Es celebrar un misterio de fe. Festejamos el poder de Dios que hace de la fragilidad de los hombres, la roca viva sobre la cual edifica su Iglesia: "Tú eres Pedro-piedra-roca", elegido para "confirmar a sus hermanos", para ser como el corazón de la Iglesia, le decía hace dos mil años Jesús a Pedro. Le daba el oficio de Padre y Pastor de su Iglesia. No debía estar sentado en la cúspide de una pirámide, sino ocupando el centro de la Comunidad. Tenía que ser el hermano mayor que enseña a ser universales (católicos), a amar a todos los hombres, a respetarlos, a comprenderlos, a dignificarlos, a perdonarlos, a unirlos para vivir en la comunión de Jesús.

De allí que nuestra devoción por el Papa no brota de creerlo necesariamente el mejor, el más sabio, el más perfecto (aunque estemos seguros de la sabiduría y santidad de Juan Pablo II); ni de creer que él construye solo la Iglesia. Nuestro amor por él proviene de la fe, de saber que es el elegido por Jesús para edificar sobre él su Iglesia: "sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", como decía el evangelio de hoy. No hay ninguna duda que todos podemos y debemos prestar un gran servicio a la Iglesia (Obispos, Sacerdotes, Religiosos, catequistas, laicos comprometidos en los diversos grupos y movimientos, etc.); pero la Iglesia no se construye sobre nosotros, no somos la roca sobre la que Jesucristo edifica.

Esta roca, esta piedra elegida por Jesús se llamaba en aquel tiempo Pedro; hoy se llama Juan Pablo II, polaco de nacimiento, deportista, literato, infatigable viajero, conocedor profundo del corazón del hombre, sabedor de la grandeza humana como de sus limitaciones e insatisfacción. Un hombre convencido de que hay en el evangelio una fuerza de salvación ("poder de Dios para la salvación de todos los que creen", Rom. 1,16; cfr. 1 Cor. 1,18) que trasciende toda política, toda filosofía y todo proyecto meramente humano.

Como nadie antes, este Papa "venido de un país lejano" ha ayudado a superar la figura de un Papa lejano e inalcanzable. Sus numerosísimos viajes por todo el mundo nos ha permitido sentirlo bien cercano y son un servicio para las Iglesias locales y para toda la humanidad. Sus predicaciones en los viajes son una catequesis a todas las categorías de personas, sobre los problemas humanos más diversos y dramáticos. Tan escritor y viajero como aquel Pablo de Tarso, también él se ha lanzado a una intensísima actividad misionera para llevar el mensaje de Cristo a todas las latitudes, yendo al encuentro de la gente, escribiendo numerosas e importantes encíclicas, en la catequesis de los miércoles, etc. También estuvo entre nosotros y seguramente muchos recordamos aquel inolvidable 7 de abril de 1987 y sus palabras de saludo: Siento una gran alegría por haber podido venir hasta Viedma, centro de irradiación evangélica en la dilatada región patagónica, para manifestar el amor del Papa por todos y cada uno de ustedes".

Han pasado muchos años desde entonces, ahora a los 83 años con problemas de salud y cansancio evidentes, pero sin que decrecrezca ni su lucidez ni su entusiasmo por la causa de Dios, su  actividad sigue siendo enorme. Su espíritu no está en silla de ruedas. Por otra parte, con una libertad y audacia incomparables, ha instalado en el mundo temas de importancia vital para el porvenir de la humanidad: la paz en el mundo y el fin de las guerras como algo absurdo (recordemos con gratitud su mediación para evitar la guerra, en el conflicto con la República hermana de Chile, a propósito del Beagle);; la reconciliación entre los hombres y naciones mediante un sincero pedido de perdón por las pecados cometidos; la defensa de la vida desde el útero materno hasta la muerte; el cumplimiento irrestricto de los derechos humanos; la libertad religiosa; la globalización de la solidaridad, para hacer frente a un capitalismo salvaje de exclusión de mucha gente; la condonación o disminución de la deuda externa que agobia a los pueblos y les impide crecer; el respeto por la cultura de las naciones, especialmente las más pequeñas y débiles; la defensa de los pobres de la tierra, hombres y naciones: prácticamente es la voz del Papa la única que se escucha en defensa  de las naciones del Africa, exhortando a los países poderosos a ser solidarios y compasivos con ellas.

Sí, este Papa que ahora aparece en los medios fatigado y enfermo, con el sufrimiento marcado en su rostro, sigue teniendo palabras y gestos de profeta que anuncian la posibilidad real de un mundo mejor, más humano y compartido como hermanos, con más paz y justicia, sin exclusiones injustas y dolorosas; llenando así nuestro espíritu de esperanza al decirnos que todavía se puede hacer mucho de bueno, aun en medio de tantas dificultades, si es que, como nos dijera al comienzo de su pontificado, abrimos sin miedo las puertas de nuestro corazón a Jesús. ¡Cuánto le ha dado Juan Pablo II a la Iglesia y a la humanidad, en estos 25 años de pontificado! Sin reservarse nada y agotando su vida en el cumplimiento de la misión que Jesús le ha encomendado. Su figura doblada, casi balbuceando las palabras y llevado en sillas de rueda este incansable y pacífico luchador por el bien de la humanidad, nos dice a los gritos que es un hombre habitado por el Espíritu y por El actúa y sigue adelante hasta que Dios mismo le diga: "Está bien, servidor bueno y fiel... entra a participar del gozo de tu Señor" (Mt. 25,21).

Unidos cordialmente en esta Eucarística que ofrecemos por toda su persona, por su misión y su salud, queremos darle gracias al Señor por nuestro Papa, por su vida y testimonio, y pedirle a la vez que continúe dándole la sabiduría, valentía y corazón de Buen Pastor, de modo que pueda seguir conduciendo y protegiendo al rebaño que le confió hace 25 años y camina detrás suyo hacia la casa del Padre.

Querido Juan Pablo II, en tus bodas de plata pontificales, esta Iglesia particular del Alto Valle te quiere bendecir con las mismas palabras de las Escrituras:

"Que el Señor te bendiga y te proteja.

Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.

Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz"

(Num 6,24-26).

General Roca, 16 de octubre de 2003.


Mons. Néstor Hugo Navarro,
obispo de Alto Valle del Río Negro



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