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LA CUARESMA, UN CAMINO HACIA DIOS
QUE PASA POR LA SOLIDARIDAD


Mensaje de Mons. Mons. Néstor Hugo Navarro, administrador apostólico de  Bahía Blanca para la Cuaresma 2003


La Cuaresma es un tiempo muy fuerte en nuestra fe cristiana. Tenemos cuarenta días que no debemos desperdiciar, no sólo para prepararnos para una digna y fecunda celebración de Pascua, sino para procurar que nuestro corazón se convierta del egoísmo al amor cristiano hecho de ternura y solidaridad.

Precisamente el egoísmo se constituye en causa del dolor principal del hombre. El encierro en sí mismo provoca la soledad y el resentimiento, además es un ataque a la propia dignidad humana que ha sido creada para vivir en comunión. Es por eso que el egoísmo lleva a la frustración de nuestra más alta vocación, que es el llamado del Creador a compartir la unión con Él mismo y con los hermanos. Abrirnos a los otros no es una simple opción personal, sino una necesidad para la salud y el equilibrio, para la vida feliz y plena. Cuando no tenemos en cuenta esto asistimos a la degradación del hombre y a su infelicidad. Descubrimos que en el egoísmo se halla la raíz de muchas enfermedades del alma que al manifestarse terminan por afectar a toda la persona y a su entorno. En él mismo debe buscarse la causa de las fracturas sociales, de las injustas desigualdades económicas, del individualismo que abandona, de la autosuficiencia que desprecia al otro como innecesario, en fin, los grandes males sociales surgen por el desconocimiento de nuestro “principio fraterno” grabado en lo más profundo del corazón de cada hombre.

El Papa Juan Pablo II ha orientado hacia aquí el mensaje de cuaresma de este año, inspirándose en el versículo de los Hechos de los Apóstoles: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hech. 20, 35), exhortándonos a buscar la plenitud de nuestra vida en la actitud solidaria que nos enseña el mensaje evangélico y a despojarnos del egoísmo empobrecedor y ofensivo.

Deseo que cada uno de nosotros que hemos sido llamados por el Señor a vivir la fe en esta Iglesia Particular de la Arquidiócesis de Bahía Blanca, enfrente seriamente este compromiso ineludible con los hermanos en el período cuaresmal que comenzamos. Pero es conveniente que la vivencia del amor no se contente con actos aislados, sino que busque hacer de la caridad  un “estilo de vida”, deteniéndonos especialmente en la delicadeza de nuestro trato con los demás. Pongamos especial énfasis en los gestos pequeños de todos los días, recordando que el que es fiel en lo poco será fiel en lo mucho (cfr. Mt. 25, 21.23).

Tengamos presente que el amor mutuo sigue siendo nuestra deuda con los demás (cfr. Rom. 13, 8) y es la deuda que los cristianos mantendremos siempre frente al mundo. La comunidad de nuestra patria, que vive un período de su historia particularmente difícil, necesita que este mensaje sea vivido con coherencia y hasta con heroicidad por parte de aquellos que hemos decidido ser testigos del Redentor. Hoy el ser “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt. 5, 13.14) se expresa en ser “amor para el mundo”. Sólo amando a todos, y de un modo preferencial a los pobres, seremos reconocidos cristianos: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn. 13, 35). El mensaje fraterno difícilmente es discutido, siempre es contundente, es el mejor argumento que podemos esgrimir ante los diversos cuestionamientos, es la medicina con qué curar las múltiples enfermedades que en las familias, en las comunidades y en el país ha provocado el egoísmo. “El amor de Cristo nos apremia” (2 Cor. 5, 14) hoy más que nunca y debemos traducirlo, si queremos ser fieles al momento actual de nuestra patria, en un empeño serio por el diálogo social, por la búsqueda de una mayor justicia, por la defensa de aquellos que no tienen voz, por incluir a los excluidos, por volvernos a la búsqueda del bien común y la cultura del trabajo. Así la Iglesia cumplirá su vocación de ser “luz de las naciones” y habrá recorrido bien el camino de la Cuaresma.

Que cada uno de nosotros pueda recibir a quienes se nos acercan heridos por el abandono, la injusticia y la soledad con el corazón bueno y compasivo de Jesús. La Virgen María, Nuestra Madre, que nos acompaña en esta peregrinación cuaresmal, nos permita descubrir las exigencias que la Palabra de Dios pone en nuestra vida en referencia al amor fraterno, y que Ella nos ayude así a gozar de la alegría pascual con la seguridad de haber sido fieles a la Voluntad del Padre.


Mons. Néstor Hugo Navarro, administrador apostólico de Bahía Blanca



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