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ORDENACIÓN
SACERDOTAL
P. HÉCTOR GARCÍA GAMBINO
Homilía de monseñor Néstor Hugo
Navarro, obispo de Alto Valle
(Villa Regina, 11 de setiembre de 2004)
Ex. 32,7-11.13-14; 1 Tim. 1,12-17; Lc. 15,1-32
“Alégrense conmigo porque encontré
la oveja
que se me había perdido”
Como comunidad diocesana del Alto Valle, seremos ahora testigos de la Ordenación
Sacerdotal del Diácono Héctor García Gambino. Seremos testigos de la
prolongación sacramental de Jesús en él: “alter Christus”, otro Cristo
será Héctor desde la imposición de manos del Obispo consagrante. Al asemejarse a
Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y al unirse al sacerdocio del Obispo, él
quedará consagrado como auténtico sacerdote, para anunciar el Evangelio,
apacentar el pueblo de Dios como buen pastor y celebrar el culto divino,
especialmente en el sacrificio eucarístico. Reunidos como Iglesia diocesana
aquí en la ciudad de Villa Regina, donde tantas veces ha actuado Héctor, lo
acompañaremos junto con su mamá y sus familiares y amigos, con nuestra oración y
afecto bien cordial y cercano.
Para muchos de ustedes, la
vida de Héctor es muy conocida por su trabajo profesional durante largo tiempo
en el Alto Valle y en otras partes de la Provincia; pero ahora, tendremos que
apreciarla desde la fe. Porque el sacerdocio es una vocación, un llamado
particular de Dios: “Nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por
Dios” (Heb. 5,4). De allí que toda la vida de familia y toda la
historia personal de Héctor, con sus momentos muy concretos, se insertan en el
misterio de su vocación sacerdotal. En efecto, es por la fe que sabemos que cada
etapa de su vida, fue un momento de gracia que la providencia de Dios preparó
para que llegara este feliz día de su ordenación sacerdotal.
La institución del sacerdocio
sucedió en el Cenáculo. Fue en la víspera de su muerte en cruz, cuando Jesús les
reveló a los discípulos que su vocación era la de ser sacerdotes como El y
en El. En esa Ultima Cena cuando tomó el pan y luego el cáliz de vino,
pronunciando sobre ellos las palabras de la consagración convirtiéndolos en su
Cuerpo y en su Sangre, ofrecidos en sacrificio para la humanidad, les ordenó a
sus Apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19; cf. 1 Cor. 11,24),
y los consagró sacerdotes para siempre. Hay, pues, un
estrecho e indisoluble vínculo entre la eucaristía y el sacerdote: “Junto
con ésta (la eucaristía), ha nacido nuestro sacerdocio en el Cenáculo”,
dice Juan Pablo II (Carta a los Sacerdotes, 2000, n° 10).
Con tu ordenación sacerdotal,
Héctor, no concluirá la historia de tu vocación al sacerdocio, sino que este
camino “vocacional” se continuará hasta la muerte. El Señor te llamará,
por medio de tu Obispo, durante el tiempo de tu ministerio pastoral, para que
desempeñes tareas y servicios derivados de la vocación original, de aquel primer
“sígueme” que escuchaste de Jesús y respondiste con decisión.
Estas tareas y servicios que se te encargarán para el bien de la Iglesia,
deberás hacerlos con la mayor obediencia, generosidad y espíritu de sacrificio.
Sin embargo, hay todavía un
nivel más profundo que el hacer bien el trabajo pastoral. Las tareas son
expresión del ministerio sacerdotal, pero queda siempre en lo más hondo de todo,
la realidad misma del “ser sacerdote”. No tenés que olvidar que nunca se
deja de ser sacerdote. De allí que las situaciones y circunstancias de
la vida te invitarán incesantemente en donde te encuentres a ratificar tu
opción primera, a responder siempre y de nuevo a la llamada de Dios.
Nuestra vida sacerdotal, como toda vida cristiana auténtica, es una sucesión de
respuestas a Dios que nos llama. Por eso, desde ahora, tu modo de realización en
la vida será ser, sentirte y obrar siempre como sacerdote.
Por tu consagración
sacerdotal, Héctor, estás llamado a amar a Dios con todo tu ser,
como nos enseñó Jesús.
Pero el amor de Dios no deberá alejarte jamás de la vida de tus hermanos;
al
contrario, como parte del amor a Dios que no se puede separar, recordarás que tu
ministerio sacerdotal está dedicado de modo especial al cuidado del hombre,
imagen y semejanza de Dios, redimido por Cristo y elevado a la dignidad de hijo
adoptivo de Dios. Cada día tu sacerdocio te irá revelando cómo tu vocación
está abierta y entregada a las personas. Sí, cada una de las situaciones
de la vida humana debe pasar a través de tu corazón sacerdotal.
“El
sacerdote es aquél a quien las personas confían las cosas más queridas y sus
secretos, a veces tan dolorosos. Llega a ser el esperado por los enfermos, por
los ancianos y los moribundos, conscientes de que sólo él, partícipe del
sacerdocio de Cristo puede ayudarlos en el último momento que ha de llevarlos
hasta Dios”, (JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes, 1996, n° 7).
Para ayudar al pueblo que se te
confiará y para cumplir de corazón la misión pastoral encomendada, la Iglesia te
pide que fijes tu mirada “en el iniciador y consumador de nuestra fe, en
Jesús” (Heb. 12,2), como el mejor e indispensable punto de referencia
para que puedas poner en práctica lo que Dios te pide y la gente espera. Sí,
mirar a Jesucristo vivo para que puedas ayudar a descubrir el sentido de
la vida a los hombres de ojos desconcertados y sin esperanza, con la sabiduría
de la Palabra y la fuerza de la Eucaristía y llenar así de gozo misionero el
corazón de la gente, como lo hizo el Señor con aquellos discípulos de Emaús a
quienes les abrió los ojos para que volvieran a Jerusalén a retomar junto
a los demás el camino de la fe y la esperanza (cf. Lc. 24,13-35).
Mirar a Jesús y aprender de él para
tener corazón de Buen Pastor, de modo que puedas acoger, acompañar, comprender,
animar y entusiasmar a quien el Señor te encomienda, y para atreverte a buscar a
las ovejas perdidas, cargarlas con ternura sobre los hombros y encaminarlas otra
vez por sendas de vida (cf. Lc. 15,4-7). “Alegrense conmigo,
porque encontré la oveja que se me había perdido”, es tu lema sacerdotal.
Mirar a Jesús para tener la actitud
solidaria del Buen Samaritano que atiende a los que han sido dejado “medio
muerto” a un costado del camino (cf. Lc. 10,29-37). Que el
testimonio de tu misericordia entrañable, haga creíble el Evangelio que predicas
y enseñes a la Comunidad eclesial a preocuparse compasivamente por los
necesitados y marginados.
Mirar a Jesús para que tengas
corazón de padre y brazos abiertos y tendidos a todos los hermanos que vendrán a
buscar tu misericordia y comprensión. Para entender a Dios, y para entender a
Jesús, tenemos que descubrir que Dios se revela siempre como el que actúa movido
sólo por su amor misericordioso. Y Jesús obra de la misma manera: “lo que
hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo” (Jn. 5,19). El largo
evangelio del capítulo 15 de Lucas que hemos proclamado en esta Misa, lo
confirma plenamente. A ejemplo de Jesús, cada bautizado y, desde luego, cada
sacerdote y consagrado, deben vivir movido por la misericordia para recibir a
quien viene a nuestro encuentro y para buscar lo que está perdido, o está lejos
de la fe, o sufre desprecio o miseria. Esto es decisivo en la vida cristiana. La
misericordia es la forma específica de vivir el amor, de vivirlo ante el que
sufre. Recuerda seguir siempre en tu vida espiritual y en tu trabajo pastoral,
este Evangelio de la misericordia y del perdón; así desde un corazón compasivo,
no perderás jamás la alegría de haber entregado tu vida al Señor y no darás
nunca por perdido a nadie para Dios: “Alégrense conmigo, porque encontré la
oveja que se me había perdido”.
Querido Héctor, esta
Comunidad, junto a la Iglesia universal, quiere agradecer al Señor porque ha
querido hacerte uno de sus ministros. Estamos agradecidos también con todos los
que te han ayudado a llegar al sacerdocio y a quienes Dios en su providencia a
puesto en el camino de tu vocación. Agradezco especialmente a Mons. José Pedro
Pozzi que te recibió como seminarista y orientó tu camino vocacional; agradezco
a tus padres que te dieron la vida; a tus hermanos, familiares y amigos que te
han acompañado bien de cerca; y agradezco a todos, de modo particular a los
Sacerdotes que te ayudaron a formarte y a dar tu sí a la llamada al sacerdocio
que te hizo Jesús, con aquella inolvidable palabra del principio apostólico:
“¡Sígueme!”.
Que la Virgen fiel que
heredamos como Madre en el Calvario, interceda ante Jesús para que nunca te
falte el valor y la generosidad para ser su testigo, allí donde la Iglesia te
envíe y el prójimo te reclame, colaborando con el Señor para que “el mundo
tenga vida y la tenga en abundancia” (cf. Jn. 10,10). Y que “Jesús
el mismo ayer, hoy y siempre”, bendiga tu sacerdocio, y acreciente tu fe en
la promesa consoladora que acompañará toda tu misión sacerdotal: Héctor, “Yo
estaré siempre contigo hasta el fin del mundo” (cf. Mt. 28,20).
Mons. Néstor Hugo
Navarro, obispo de Alto
Valle
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