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ORDENACIÓN SACERDOTAL  DEL
P. FERNANDO FERNÁNDEZ

Homilía de monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle
(
Cipolletti, 2 de octubre de 2004)

 

 “Este es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes”

(1 Cor. 11,24)


La Iglesia del Alto Valle tiene la alegría de ser en poco tiempo otra vez testigo de una ordenación sacerdotal. A mediados del mes pasado, fue la ordenación del P. Héctor García Gambino, hoy será la de Fernando José Fernández. En esta ciudad de Cipolletti donde nació su vocación, veremos desde la fe cómo Jesús prolonga sacramentalmente su Sacerdocio en Fernando y lo vamos a acompañar con nuestra oración y afecto fraterno. En una Diócesis tan necesitada de Sacerdotes, no queremos dejar pasar más tiempo sin darle gracias al Señor por estos dos regalos que nos hizo.

En estos días donde se dice que algunos jóvenes consumen su vida sin entregarla, sentimos el gozo y el asombro de ver como un joven consagra su vida a Dios, con plena conciencia y libertad. Pero no fue un arrebato juvenil el que lo llevó al Seminario, sino que fue el resultado de su encuentro con Jesús. En un momento de su vida, Fernando sintió que Jesús “lo miraba con amor” como a aquel joven del evangelio, y le decía: “¡Sígueme!”  (cf. Mc. 10,17-22). Y lo que aquel joven no hizo por preferir sus riquezas, Fernando le dijo sí y le entregó su vida. La respuesta de Fernando no sólo mueve nuestro agradecimiento hacia él, sino que es también una invitación para que muchos otros jóvenes estén dispuestos a seguir a Jesús.

Pero por ser joven, el sacerdocio de Fernando no será distinto al de otros hermanos que lo precedieron en el tiempo. En primer lugar, decimos que su sacerdocio será el mismo de siempre: “todo sacerdote ministerial es tomado de entre los hombres y constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios” (Medellín, Sacerdote, n° 17; cf. Heb. 5,1). Esto es lo esencial, lo que perdura a través de los tiempos. Lo que hace idéntico el sacerdocio de Fernando al de todos los sacerdotes diseminados en todo el mundo. Por tu consagración sacerdotal, Fernando, tu vida y misión serán iguales a los otros sacerdotes: estarás en el mundo consagrado por Dios para el servicio de los hombres; es decir, no serás un funcionario que cumple simplemente su tarea, sino un sacerdote que tiene la misión de ser una presencia de fe, de esperanza y caridad, para crear comunidad, con la autoridad que te da Jesucristo.

Pero, a la vez, hay que decir que el sacerdocio en nuestro tiempo contiene un elemento renovado y renovador que, de alguna manera, lo hace distinto al sacerdocio de otras épocas: “El presbítero del tercer milenio será... el continuador de los presbíteros que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo’. Pero ciertamente la vida y el ministerio del sacerdote deben también ‘adaptarse a cada época y a cada ambiente de vida’” (Pastores Dabo Vobis, 5).

En esta Encíclica el Papa señala que el Sacerdote debe “adaptarse a cada época y a cada ambiente de su vida”. Pero adaptarse no significa prepararse para hacer lo que el mundo quiere de acuerdo a su proyecto, sino disponerse para darle lo que necesita en orden a la salvación, con sabiduría pastoral y fortaleza interior. Por eso, tendrás que ver qué te exigirá actuar en Nombre de Jesús al servicio de los hombres, tus hermanos, en este mundo de hoy. Quiero señalarte algunas notas del sacerdocio de siempre, para que las vivas en los desafíos y esperanzas de hoy, para el servicio de la gente.


1. En primer lugar, te digo que nuestro mundo confundido e inseguro, necesita más que nunca a Jesús, la verdadera luz del mundo y de la vida (cf. Jn.8,12). Para que esto se cumpla, Jesús nos ha dejado su Palabra: “La palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn. 1,9). Por eso deberás ser un auténtico oyente de la Palabra de Dios, para poder actuar luego en su Nombre. Meditándola, reflexionándola, rezándola, celebrándola en el Culto. Tendrás que conservar la Palabra como María, en el corazón hasta desentrañar el misterio que encierra y se convierta en vida en ti. La fidelidad a la Palabra te constituirá en profeta, en alguien indispensable para la vida de tu Comunidad y del mismo mundo. Traerás la Palabra de Dios al hoy del hombre, para iluminarlo y animarlo, especialmente en los momentos difíciles y dramáticos de su historia. Se te ha dado la misión de enseñar el mensaje del evangelio y el deber de ser, como fue el caso del profeta Ezequiel (cf. 33,7-9), “centinela” a favor del amor, de la justicia y de la verdad.


2. En conexión con esta Palabra que tendrás que proclamar, no hay servicio más grande que puedas prestar al pueblo que se te confía que celebrar cada día la Eucaristía, el Pan de salvación. Acordáte, Fernando, del episodio de Emaús. Aquellos discípulos volvían maltrechos a sus casas, sin esperanzas, abandonando como un ingenuo intento la comunidad que quisieron formar. Y en el momento en que todo parecía perdido, se les manifestó Jesús, los acompañó y les hizo arder el corazón con su palabra, y ya en la casa, les partió el pan, y esta Eucaristía los volvió a la Comunidad, y en lugar de hombres dispersos, descorazonados y sin rumbo, los hizo servidores del Evangelio y los puso al servicio de los demás, allí donde se jugaba su destino. También tú, al partir el pan, igual que les sucedió a los discípulos de Emaús, permitirás que los hombres reconozcan a Cristo, caminante con ellos en su dolida historia, para darle su sentido y fortalecerlos en la marcha. La Eucaristía es fuente y cumbre de la vida del Sacerdote. Por otra parte, tu lema sacerdotal: “Este es mi Cuerpo que se entrega por ustedes”, reconoce no sólo el valor central de la Eucaristía, sino que por ella se alcanza la fuerza para entregarse con todo entusiasmo y generosidad al servicio de los hermanos.


3. En tu misión sacerdotal, que es participación en la obra reconciliadora de Cristo, tendrás que dedicarte muy especialmente al ministerio de la reconciliación, destinando generosamente una parte de tu tiempo para ayudar a los hombres heridos por el pecado, a ponerse en paz con Dios. Para eso tendrás que suscitar en el corazón de tus hermanos la conversión y el arrepentimiento de sus pecados, y luego ofrecerle el don del perdón misericordioso del Señor. Reservá parte importante de tu tiempo sacerdotal, al sacramento de la confesión y a la dirección espiritual, especialmente de los jóvenes; todos te lo van a agradecer.


4. El sacerdote es un hombre de oración, un hombre que reza y enseña a rezar. Orar es hablar con Dios; mejor aún: orar es ante todo escuchar a Dios. La oración es una necesidad del creyente y del sacerdote en particular, si es que queremos ser fiel a la misión que Dios nos encomienda:“Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt. 26,41). Por eso, cuanto más ocupado estés, más necesaria será la oración. En este tema nos hace bien recordar la enseñanza y el ejemplo de Jesús, el gran Orante, que aún en sus días más llenos de actividad, no dejaba de encontrarse con su Padre en la oración, para que la agitación de la vida, no le hiciera olvidar la voluntad de Dios (cf Mc. 1,32-35).


5. Siendo hombre de la Palabra, de la Eucaristía, de la Reconciliación y de la oración, tendrás la gracia y el poder del Señor para cumplir con el deber cristiano de la solidaridad con los pobres, débiles y enfermos. Solidario con el pobre y despojado: serás voz de los que no tienen voz. Para decirlo con palabras evangélicas, serás un buen pastor con la compasión del buen samaritano. Hoy serás ungido por el espíritu del Señor como su Sacerdote y enviado “a evangelizar a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor”, (Is. 61,1-2ª).


Toda esta gran tarea espiritual y pastoral, hacéla con alegría y sencillez; con buen carácter y disposición de corazón; con generosidad y sacrificio, porque para cualquier comunidad cristiana, la persona del Sacerdote, su manera de actuar, su forma de tratar amablemene a la gente, su modo de presidir las celebraciones con piedad y respeto ante el misterio de Dios presente, su caridad para atender a los pobres y enfermos, su preocupación por enseñar en la catequesis la vida de Jesús, son el signo más cercano y visible de la presencia de Cristo entre ellos y la mejor manera de relacionarse con el resto de la Parroquia, con el Obispo y toda la Diócesis, con el Papa y la Iglesia universal.

Querido Fernando, todos los que estamos aquí acompañándote con nuestro afecto y nuestra oración, le pedimos a María, la mejor “intérprete” del Evangelio, la que “conservaba las cosas de Dios en su corazón”, que te ayude a seguir conservando la Palabra de su Hijo, para que hagas “todo lo que El te diga”; para que te ayude a mantener la esperanza en la cruz de cada día; para que puedas cumplir fielmente tu misión al servicio de la Iglesia y de los hombres. Te encomendamos a Ella, a su corazón entrañable de Madre, para que siempre sea tu consuelo y guía en tu ministerio sacerdotal, porque sabemos que tu sacerdocio, de un modo especial, está incluido en el encargo que Jesús al morir, puso en manos de su Madre: “Mujer, aquí tienes a tu hijo” (Jn. 19,26). 

Que Dios bendiga a todos tus hermanos, familiares y amigos; especialmente bendiga a tus papás en cuyo amor conyugal El te llamó a la vida y cuya fe te transmitieron. Que bendiga a todos los que te ayudaron a descubrir tu vocación sacerdotal y a mantenerla. Que bendiga a Mons. Pozzi que te recibió como seminarista. Que bendiga a nuestros Sacerdotes que acompañaron y animaron tu vocación. Que bendiga al Obispo de San Isidro y a todos tus superiores y formadores de ese Seminario diocesano, quienes con su ciencia y piedad le dieron forma final a tu preparación sacerdotal. Que “Jesús el mismo ayer, hoy y siempre”, bendiga a su Sacerdote Fernando, y te damos gracias por tu joven sí al Señor como Sacerdote para esta Iglesia particular del Alto Valle que te recibe con alegría y te coloca en lo más íntimo de su joven corazón diocesano. Amén y Aleluya.


Mons.
Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle



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