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“VENGO DE UN PAÍS LEJANO”


Homilía de monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro
en la misa en Honor de su Santidad Juan Pablo II
2 de abril de 2005


Al comienzo casi de la historia de la Iglesia, preocupado Pablo por algunos de la Comunidad de Tesalónica que estaban excesivamente tristes frente a los que murieron antes de la venida del Señor, les escribió su primera carta para decirles lo siguiente: “No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él” (1 Tes. 4,13-14).

Nosotros hoy estamos tristes por la muerte de nuestro Papa, alguien muy querido que nos acompañó casi 27 años y vamos a extrañar; pero queremos ver su partida no como una pérdida definitiva, sino como una Pascua, un paso al encuentro con el Señor; queremos verlo desde la esperanza en la resurrección y no desde otro lugar.

Por nuestra esperanza en la Vida eterna prometida por Dios para los que creen en él (Jn. 11,25-26), estamos celebrando la Eucaristía en esta Catedral por el Papa Juan Pablo II, pastor universal de la Iglesia, que acaba de morir en el Vaticano. En la octava de Pascua, es decir, en el mismo Domingo de Pascua prolongado, en que festejamos gozosos la resurrección de Jesús, ofrecemos el sacrificio de Cristo por él seguros que el Señor le ha dado la plenitud y felicidad de su Vida divina.

Cuando en la Iglesia celebramos la vida y ministerio del Papa, celebramos un misterio de fe. Festejamos el poder de Dios que es capaz de hacer de la fragilidad de los hombres, la roca viva sobre la cual edifica su Iglesia: “Tú eres Pedro-piedra-roca”, le dijo Jesús a Pedro; lo eligió con la misión de ir a “confirmar a sus hermanos”, para que sea como el corazón de la Iglesia. Le daba el oficio de Padre y Pastor de su Iglesia. Tenía la misión de comportarse como el hermano mayor de entre muchos hermanos, que les debía enseñar a amar a todos los hombres, a respetarlos, a comprenderlos, a dignificarlos, a perdonarlos, a unirlos para vivir en la comunión de la Iglesia de Jesús.

Esta roca, esta piedra elegida por Jesús hace 2000 años se llamaba Simón, pero el Señor lo comenzó a llamar Pedro. El sucesor número 264 de Pedro se llamaba Karol Wojtyla; pero Jesús le había cambiado el nombre, como a Pedro: desde aquel 16 de octubre de 1978 en que fue elegido Sumo Pontífice, lo conocimos como Juan Pablo II.

Supimos que había nacido en “un País lejano”, como decía él, en Polonia; que era un conocedor profundo del corazón del hombre, que sabía de la grandeza humana como de sus limitaciones, insatisfacción y miserias (había padecido los estragos de la segunda guerra mundial). Pero sobre todo comenzamos a saber que era un hombre de fe, de gran fe, convencido de que hay en el evangelio una fuerza de salvación (“poder de Dios para la salvación de todos los que creen”, Rom. 1,16; cfr. 1 Cor. 1,18) que trasciende toda política, toda filosofía y todo proyecto meramente humano y por la cual es hermoso entregar la vida. “Yo vengo entre ustedes, dijo en uno de sus viajes, como un pobre, con la única riqueza de la fe, peregrino del Evangelio”.

Como nadie antes, este Papa ha ayudado a superar la figura de un Papa lejano e inalcanzable. Sus numerosísimos viajes por todo el mundo han permitido que la gente lo sintiera bien cercano; y cada viaje fue un inestimable servicio evangelizador y humanizador para las Iglesias locales y para toda la humanidad. Eran viajes intensos, agotadores en sus miles de kilómetros recorridos, y en el apretujado entusiasmo de la gente que quería verlo, escuchar su enseñanza y pedirle su bendición. Era Pedro, como quería Jesús, que andaba los caminos para“confirmar a sus hermanos”. Aquí mismo en Río Negro, en Viedma, tuvimos el 7 de abril de 1987 el regalo y la alegría de tenerlo entre nosotros. Los que estuvieron aquel día, deben llevar grabadas en sus corazones sus palabras de saludo: “Siento una gran alegría por haber podido venir hasta Viedma, centro de irradiación evangélica en la dilatada región patagónica, para manifestar el amor del Papa por todos y cada uno de ustedes”.

No podemos olvidarnos de sus dos visitas a la Argentina, y su mediación en el conflicto con Chile. Su feliz intervención a través del Card. Samoré, evitó con corazón de padre la guerra de dos países hermanos, con sus terribles consecuencias de muerte y destrucción, lo que nos obliga a una profunda gratitud que debe extenderse en el tiempo, a las futuras generaciones. Pero también como Iglesia diocesana tenemos motivos particulares para acrecentar nuestra acción de gracias hacia Juan Pablo: nuestra joven Diócesis fue creada por él el 22 de julio de 1993.

Hoy que ha caído el telón de su vida, confesamos nuestra admiración por este sacerdote polaco, llamado a ser Obispo y Papa, que agotó sus días en el cumplimiento de la misión que le había sido asignada. Los últimos tiempos, sobreponiéndose a la enfermedad y a las heridas del alma y de la carne, para seguir pronunciando la hermosa verdad del Evangelio, aquí y allá, sin importarle el temblor de las manos, la voz que se apagaba y las piernas que ya no caminaban.

En este tiempo de cierto desprestigio de la vejez, la valentía de este anciano Papa que cargó con la cruz de su tarea agotadora, para seguir cumpliendo con su vocación y misión, es un espectáculo de impactante belleza y grandeza humanas. Aquí hubo alguien que, como Jesús, no se bajó de la cruz, siguió prefiriendo las molestias e imprevistos del camino a la serenidad del descanso en su palacio vaticano.

Testigo de Cristo, murió con las sandalias puestas y el báculo de pastor firme en sus manos. Hombre de fe y esperanza, habitado por el Espíritu Santo, servidor de Jesucristo, Pastor universal, pudo decirle a toda la Iglesia y al Señor, como le decía San Pablo, próximo a morir, a su discípulo Timoteo: “Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día” (2 Tim. 4,6-8). Seguramente Dios le habrá respondido, llamándolo para su último viaje: “Está bien, servidor bueno y fiel... entra a participar del gozo de tu Señor” (Mt. 25,21).

“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu- de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap. 14,13). Querido Juan Pablo II, descansa de las fatigas de haber estado siempre a nuestro servicio; descansa en la paz que te viene ahora por ver a Dios cara a cara, “tal cual es” (1 Jn. 3,2). Y ahora que participas plenamente en la comunión de los santos, te pedimos que ruegues por nosotros y por esta Diócesis que tu creaste; ruega por sus Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Seminaristas, agentes pastorales; ruega especialmente por nuestros pobres, enfermos y afligidos; ruega por los jóvenes que tanto amaste y por las familias, por sus niños y sus ancianos; ruega por todo nuestro pueblo creyente que ama y sigue al Señor, anunciando el Santo Nombre de Jesús por todo el Alto Valle. Amén. Alleluia.


General Roca, 2 de abril de 2005.
Mons. Néstor Hugo Navarro,
obispo Alto Valle (RN)



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