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  Dios eligió a un pensador brillante
y a un genio humilde


Homilía de monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro
en la misa por la asunción de Benedicto XVI
24 de abril de 2005


Así transmitió al pueblo de Dios y a todo el mundo, el Card. Arturo Medina Estévez, la elección del sucesor del Papa Juan Pablo II: “Les anuncio una gran alegría; tenemos Papa: es el Cardenal José Ratzinger, quien se impuso a sí mismo el nombre de Benedicto XVI”; era el martes 19 de abril.

Hace unos días nos habíamos convocados para despedir a ese gran Papa que fue Juan Pablo II, quien conduzco y acompañó la vida de la Iglesia por casi 27 años; hoy la convocatoria es de alegría por la elección del 265 sucesor del apóstol Pedro, del Vicario de Cristo que el Señor ha elegido para conducir su Iglesia en este período difícil y prometedor a la vez de la humanidad. Por eso, en esta Iglesia Catedral, sede del Obispo y madre de todas las Iglesias de la Diócesis quiero repetir para todos, la misma noticia que escuchamos el martes pasado: Al pueblo del Alto Valle, “le anuncio una gran alegría...”.

Estamos en pleno tiempo pascual. Hoy es el quinto domingo y el evangelio proclamado en esta Misa comienza con una exhortación de Jesús a no tener miedo y angustiarse: “No se inquieten” (Jn. 14,1). Estas palabras concluían la dramática conversación de la última cena, en la nochecita del jueves santo, en la que el Señor había anunciado su pasión, la traición de Judas, la negación de Pedro y el abandono de sus discípulos. El desconcierto y la angustia parecían haber tomado posesión de los discípulos, especialmente porque Jesús les había dicho que “ya no iba a estar mucho tiempo con ellos” (cf Jn. 13,33) y que “donde él iba, ellos no podían ir” (v.34). Pero esta inquietud no puede superarse sin fe; sin fe en Dios: “crean en Dios” y sin fe en el mismo Jesús: “crean en Dios y crean también en mí”.

También nosotros estábamos inquietos, por la muerte de Juan Pablo II. Después de su largo pontificado, se nos hizo natural verlo al frente de la Iglesia. Lo sentíamos como un verdadero padre y pastor; su fe y esperanza nos hacían fuertes de ánimo; su amor a la Iglesia y a la gente, eran un modelo inspirador de vida cristiana; su simpatía personal y su capacidad para vincularse con las personas, han hecho todavía más difícil sobrellevar su muerte, como lo demostró los millones de personas que acongojadas desfilaron para verlo por última vez. Muchos han creído que sería imposible reemplazarlo. ¿Quién podrá sucederlo? Algo parecido sucedió con la muerte del Papa Pío XII en 1958. ¿Quién podrá reemplazar a una figura tan importante como Pío XII? Dios eligió a Juan XXIII, un Papa de transición, sentenciaron algunos (tenía 78 años); un anciano conduciendo la Iglesia, decían otros, en tiempos tan difíciles, parecía un despropósito; sin embargo este anciano tuvo el gesto joven y audaz de convocar el Concilio Vaticano II, el acontecimiento religioso más notable del siglo XX. Nadie contaba con él, pero Dios lo había elegido para conducir su Iglesia y hacerla avanzar.

También nosotros estábamos perplejos y como abandonados de la mano de Dios, ante la muerte de Juan Pablo II. Se había ido el pastor, quedábamos como huérfanos. Pero el Señor tenía en su corazón a quien iba a tomar el báculo de pastor y guiar a su pueblo. Se llamaba José, José Cardenal Ratzinger, pero Dios lo inspiró para que se llamara Benedicto XVI. Es como sentir otra vez la invitación de Jesús: “Crean en Dios y crean también en mí”.

Enseguida los poderosos Medios de Comunicación comenzaron a hablar de su figura; la mayoría en términos nada complacientes; e incluso antes que comenzara su tarea de pastor universal, ya opinaron cómo iba a desarrollar su misión. Va ser un conservador; nada nuevo podrá esperarse de él respecto al aborto, al divorcio, a la unión de los homosexuales y a la eutanasia, entre otras cosas. Estas opiniones la han tenido también algunos cristianos, lamentablemente.

Es una mirada simplemente humana, cerradamente humana, sin dejar espacio a la fe, a la obra del Espíritu Santo, a la sabia elección de Dios, y a la buena voluntad y sabiduría del nuevo Papa. Al Papa no se lo comprende si no desde la fe, con una mirada que vaya más allá de las apariencias y que vea lo que pasa en el corazón. Sin la fe, nada tiene sentido y la vida desconcierta.

Así le pasaba al apóstol Felipe: quería ver al Padre, pero no tenía fe suficiente para descubrirlo presente en Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. El Señor le dice que quién lo ha visto en realidad ya ha visto al Padre, pero a condición que se tenga fe: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” (Jn. 14,10). La elección del Papa Benedicto tenemos que verla desde la fe únicamente.

En la Misa con la cual Benedicto XVI comenzó su pontificado, se proclamó el evangelio de Juan, que en el c. 21 trae ese magnífico encuentro de Jesús resucitado con Pedro, a orillas del mar de Galilea, cuando le hará las preguntas decisivas: “Pedro, ¿me amas?”, contestadas siempre afirmativamente por Pedro: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Entonces Jesús terminó como las veces anteriores, recomendándole lo que más quiere, sus ovejas, su gente, sus niños, sus ancianos, sus mujeres, sus hombres, sus hermanos: “Apacienta mis ovejas”.

Al elegirlo piedra de su Iglesia, Jesús también pidió la fe del resto de los Apóstoles, sobre la persona de Pedro, que ciertamente no venía de un pasado “glorioso”; al contrario, lo había traicionado y abandonado. Pero él sabía lo que tenía ahora Pedro en su corazón. Por eso no le pedirá cuenta de lo que hizo, ni lo interrogará cómo piensa conducir a su Iglesia, únicamente quiere saber si realmente lo ama, si está dispuesto a seguirlo hasta las últimas consecuencias, si lo va a tomar como modelo de vida, si va a ser libre de las presiones del mundo y a no tener miedo de lo que pueda suceder.

Esto que sucedió con Pedro, volvió a acontecer con el Card. Ratzinger. Jesús le dirigió la palabra, como entonces: “José, Card. de la Iglesia, ¿me amas?... Sí Señor, sabes que te amo”... Apacienta mis ovejas... y sígueme”. Si no lo viéramos así, no entenderíamos nada de lo que sucedió dentro del Cónclave.

Queridos hermanos, Dios eligió a un pensador brillante, quizás el teólogo más brillante de este tiempo; eligió a un hombre humilde, “un genio humilde”, como lo definió alguien; eligió a un hombre de oración y gran espiritualidad; a un sabio que sabe escuchar; a un cristiano comprometido sólo con la verdad, sabiendo que la Verdad es Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Un hombre dispuesto a hacer la voluntad de Dios, aunque le cueste la vida. El puede decir como Jesús: “Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn. 4,34). Esto es lo que decía esta mañana, cuando inició su Pontificado.

“¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia” (Homilía en el inicio de su Pontificado).

Desde esta Catedral, toda la Diócesis del Alto Valle quiere decirle de todo corazón y en comunión con todos los creyentes y hombres de buena voluntad del mundo: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt. 21,9).

Querido Papa Benedicto XVI, queremos acompañarte con nuestra adhesión a tu persona y a tu misión de Vicario de Cristo. Y rezar por vos, no sólo en esta Eucaristía, sino cada día también, haciendo caso a tu palabra:

“Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rueguen por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rueguen por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a ustedes, a la Santa Iglesia, a cada uno de ustedes, tanto personal como comunitariamente. Rueguen por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros”.

Que Dios te proteja siempre, te haga feliz y te de un corazón bueno de pastor, lleno de fortaleza y sabiduría pastoral, para cumplir la misión que te dio Jesús de apacentar sus ovejas. Amén. Aleluia.


General Roca, 24 de abril de 2005.
Mons. Néstor Hugo Navarro,
obispo Alto Valle (RN)



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