Como lo hemos hecho
en distintas ocasiones (carta para Navidad, para Pascua y otras circunstancias),
también ahora les escribimos conjuntamente los Obispos de Río Negro con el
propósito de subrayar una vez más el valor inalienable de la vida humana en todo
momento y en cualquier circunstancia.
Lo hacemos esta vez
porque estamos preocupados por un proyecto de ley, de conocimiento público, que
en nuestra Provincia se reglamentaría la interrupción de la vida humana en
ocasión de una violación.
Frente a esto
queremos reiterar la sabia y humana doctrina cristiana que defiende la vida de
todo hombre y mujer, desde el principio de su concepción hasta su fin natural.
La vida humana es tan grande que en ningún caso puede interrumpirse
voluntariamente; aún cuando fuera violado otro derecho, como en el caso que
comentamos es la integridad y el respeto del cuerpo de la mujer. Por otra parte,
¡la violación de un derecho no puede llevar a aceptar violar otro, sobre todo
tratándose del más básico de todos los derechos: la vida, y menos todavía con
quien no es para nada culpable, como es el niño por nacer!
Frente a tantos casos
de «violación sexual» de la mujer apoyamos y alentamos que se multipliquen
iniciativas para sostener y acompañar a esa mujer, en muchos casos adolescente,
especialmente cuando queda embarazada. Así como también acciones que obliguen a
los violadores a asumir la responsabilidad y gravedad de su acto.
Sabemos lo difícil
que resulta la tarea de mantener la serenidad ante el dolor de quienes fueron
víctimas de algún acto de violación o de un atentado contra la integridad
sexual, o ante quienes sufren el desconsuelo de saber que llevan dentro de sí
una persona que padece una enfermedad; pero quien legisla no puede cargar sobre
los hombros de una mujer dolorida la marca, que tarde o temprano aparece, de
haber interrumpido la vida de un hijo.
Los pastores sabemos,
por los casos que en el ejercicio de nuestro ministerio nos ha tocado acompañar,
del daño que produce en la conciencia y en la mente de una mujer la realización
de un aborto. Lo que parecía una solución, no fue más que la agudización de un
conflicto interno. Es una doble cruz que le imponemos cuando estamos más atentos
a «eliminar una persona problemática» que a legislar para asegurar a todas las
madres la posibilidad de criar a sus hijos en un marco de seguridad sanitaria, o
permitir que puedan dar su hijo en adopción sabiendo que tendrá el amor y la
contención necesarias para crecer sano, desplegando todos las potencialidades
que lleva en su código genético desde el momento de la fecundación y que su
madre biológica, por alguna limitación psicológica o afectiva, no puede
brindarle.
Lamentablemente,
algunos no piensan así y creen que la solución es reglamentar el aborto, cuando
en realidad son muchas las acciones que se podrían y deberían realizar a favor
de la vida del niño por nacer y de su madre.
Algunos dirán: la
reglamentación del aborto en estos casos de violación no obliga a nadie a optar
por él. Es cierto, pero es verdad también que «las leyes desempeñan un papel
muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de
unas costumbres» (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, nº 90). Por eso, ¿se
puede aceptar la contradicción que legisladores que fueron elegidos para
preservar el bien común, legislen violando el derecho natural a la vida de un
inocente?
Respetando siempre el
pluralismo de nuestra sociedad, creemos que este llamado a favor de la vida de
tantas víctimas inocentes es tan evidente que no puede ponerse en discusión; por
eso estamos seguros que encontrará un eco positivo en nuestras Comunidades, en
todos los hombres y mujeres de buena voluntad y en nuestros propios
legisladores, elegidos para defender la vida y acrecentar el bien común.
Los saludamos con
todo afecto, rezamos por ustedes y le dejamos nuestra bendición personal de
pastores que, junto a ustedes, quieren estar siempre del lado de la vida.