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virgen misionera de paso córdova
Homilía de
monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro,
en la XIII Peregrinación a la Virgen Misionera de Paso Córdova
Como en años
anteriores, hoy hemos venido peregrinando desde distintos lugares a
este sitio tradicional de devoción mariana de nuestra Diócesis: la
Ermita donde veneramos a María en la advocación de la Virgen
Misionera. Además de todo lo que traemos en el corazón de amor a Ella
y se lo queremos ofrecer, hemos venido a su encuentro para pedirle su
ayuda en las dificultades que tenemos en nuestra vida, y pedirle
también que nos enseñe y ayude a vivir en la Iglesia con verdadero
espíritu de comunión y a comprometernos solidariamente como Jesús con
todos nuestros hermanos que sufren. Queremos añadir nuestras gracias a
Dios por tantos beneficios recibidos, muchos de ellos seguramente por
la intercesión de María.
Nuestra
celebración coincide hoy con la fiesta de Cristo Rey, del señorío de
Jesús. Con esta fiesta de Cristo Rey concluimos
y coronamos el año litúrgico. En el evangelio se nos revela que la
realeza de Jesús no es del tipo de la realeza de los reyes de hoy.
Desde el principio se nos dice que las cosas son diferentes, ya que
Jesús admitirá ser rey recién cuando esté a punto de ser crucificado.
Por eso, que Cristo sea Rey sólo se lo puede comprender desde la fe;
como la que tuvo aquél malhechor crucificado que se dio cuenta que ese
hombre que estaba en la cruz junto a él, era más fuerte que el
sufrimiento, que el odio que lo rodeaba y que la misma muerte que
parecía tragarlo, y con ojos de fe lo va a descubrir como un verdadero
rey: como alguien que tiene poder más allá de la muerte; por eso,
confiadamente pondrá en manos de ese Rey el destino de toda su vida:
“Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino” (v. 42).
Una hermosa oración que continuarán a lo largo de la historia millones
de hombres y mujeres de toda raza y condición social, y que Jesús
escuchará respondiendo: “Yo te aseguro hoy estarás conmigo en el
Paraíso” (v. 43). Una oración que queremos hacer también nuestra.
¡Cuánto nos
enseña esta fiesta de Cristo Rey para la vida de todos los días,
llamados como estamos a vivir en el amor cristiano! Allí en la cruz,
el Señor escuchará la última tentación: “¡Sálvate a ti mismo!”. Estas
tres simples palabras encierran una de las propuestas más sugerentes
que hemos escuchado desde niños, como una regla de vida: salvate vos,
pensá en vos, medí si lo que hacés o no hacés conviene a tu interés
personal; pensá en tu negocio, en tu partido, en tu grupo... No
pienses en los demás. ¡Que tentación tan fuerte que sigue cautivando
corazones en nuestros días!
Pero sobre
la cruz Jesús destruyó esta forma de pensar y vivir. El no se ha
salvado a sí mismo; al contrario, porque no ha pensado en sí mismo
sino que entregó su vida por los demás, fue capaz de salvar a los
hombres. En la fiesta de Cristo rey del universo, celebramos el amor
de Jesús que ha dado todo de sí a favor de la gente. Sobre este amor
gratuito de Dios y hasta las últimas consecuencias, sin pensar en
salvarse a sí mismo, se funda no sólo nuestra esperanza, sino también
nuestro compromiso de amor al prójimo, el de hoy y el de mañana.
Precisamente
el Evangelio de este día nos habla del juicio que al final de la
historia establecerá el Rey del mundo. Únicamente llegará a El quien
haya vivido sirviendo a los demás, con actitudes muy concretas hacia
los pobres, los enfermos, los excluidos... “Tuve hambre...”. Dios no
nos pide gestos heroicos y extraordinarios, sino cosas muy simples y
que podemos hacer con sencillez, si tenemos los ojos limpios para ver
a los que sufren y el corazón lleno de amor para ayudarlos. Al final
de todo, lo que va a valer será un vaso de agua dado en nombre de
Jesús o la visita amable a un enfermo o al preso de quien nadie se
acuerda...
Nosotros
cristianos creemos en el reinado del amor, de la verdad, de la paz y
de la justicia y podemos decir como el Apóstol San Juan: “nosotros
hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn.
4,16). Sí, creemos en el amor de Dios y que el amor en persona nos va
juzgar. Por eso peregrinamos hasta este lugar donde nos espera la
Virgen Misionera; para decirle que nos ayude a recrear en nuestra alma
la esperanza cristiana y a renovar nuestro compromiso a favor del
Reino de su Hijo Jesús, para ser dentro de la historia, muchas veces
dolorosa por el egoísmo humano, fermento de libertad y de progreso, de
fraternidad, de unidad y de paz.
Venimos
también a renovar nuestra confianza en la providencia de Dios Padre,
sabiendo que todas las miserias humanas juntas, jamás podrán con su
amor todopoderoso. Es cierto que hay muchos males y muchas miserias en
el mundo, pero no tienen más fuerza que Cristo resucitado, Señor de la
historia y Rey del mundo.
Hemos
peregrinado para rezar ante el hermoso rostro de María como Madre, y a
encomendarnos a ella que es la mediadora de todas las gracias. Estamos
convencidos que su Hijo le encomendó no sólo la vida y el desarrollo
de la Iglesia, hasta que El vuelva, sino también le encargó nuestras
vidas y nuestras familias. Le pidió que protegiera nuestra esperanza
en sus promesas y nos enseñara a crecer en la caridad y a dedicarla a
sus otros hijos, los más pequeños, pobres y frágiles. María sabe de lo
más profundo del corazón, que el hombre puede superar sus carencias
por más dramáticas y difíciles que sean, si hace todo lo que Jesús les
dice.
Queridos
hermanos peregrinos: están grabadas a fuego en nuestro corazón las
palabras que pronunció Jesús, cuando acababa su vida: “Mujer, aquí
tienes a tu hijo”...., le dijo a su Madre. “Aquí tienes a tu
madre”..., le dijo a su discípulo Juan que “desde aquel momento, la
recibió en su casa”. Que esta peregrinación sea sobre todo un fuerte
momento espiritual, en que tengamos otra vez la oportunidad de decirle
a María que es bienvenida en nuestra casa.
“(Que) el
Padre de las misericordias y Dios de
todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones”,
nos bendiga y nos conceda pasar un día de descanso fraterno y
distendido y tener un feliz regreso a nuestros hogares.
General Roca, 20 de noviembre de 2005
Mons. Néstor Hugo Navarro,
obispo
de
Alto
Valle
del Río Negro |