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"dios en la navidad
entra en dialogo con la humanidad"
Mensaje de Navidad de los obispos de Río Negro y Neuquén
(Diciembre 2005)
Queridas hermanas y hermanos:
Los Obispos de Río Negro y de Neuquén nos acercamos a cada
uno de ustedes con esta carta, como lo hacemos en cada Navidad. Creemos que ella
puede invitarnos a reflexionar y hacer realidad un profundo diálogo con Dios y
con los demás, por eso les compartimos estas reflexiones.
Todos los relatos del nacimiento de Jesús están marcados
por el diálogo: el ángel habla con María, ésta con su prima Isabel, los pastores
entran en conversación con los ángeles y después “contaron lo que habían oído
decir sobre este niño” (Lc. 2,17).
El Evangelio de San Juan afirma: “Y la Palabra se hizo
carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1,14). Dios mismo se hizo Palabra para poder
entrar en diálogo con la humanidad de todos los tiempos. Toda la vida del Señor
está marcada por esta actitud dialogante; bastaría recordar los constantes
diálogos con sus discípulos, los encuentros con la Samaritana o con Nicodemo. Es
siempre Jesús que toma la iniciativa y entra en coloquio con las personas que se
le acercan. También hoy Dios nos quiere hablar en esta Navidad e invitarnos al
diálogo entre nosotros y con Él.
1. Dios nos habla. Desde el comienzo la Biblia habla de la iniciativa divina que en la Navidad se
hace muy clara: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por
medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este
tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero
de todas las cosas y por quien hizo el mundo” (Heb. 1, 1-2).
Dios quiere entrar en diálogo con nosotros, constantemente
rompe su silencio para comunicarse con nosotros. Su Palabra es una palabra que
da vida, que obra grandes cosas en quien la recibe. Por eso el Dios que nace en
Belén se presenta así: “El Espíritu del Señor… me envió a llevar la Buena
Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos, y la vista a los
ciegos, a dar la libertad a los oprimidos…” (Lc. 4,18).
¡Que don tan grande de parte de Dios habernos elegido para
este diálogo! En la oración, en la escucha de la Palabra, en los Sacramentos
entramos de una manera especial en diálogo con nuestro Dios.
El contenido del diálogo que entabla Dios con los hombres
es siempre la verdad, que ha de manifestarse en una vida nueva en cada uno de
nosotros. Así nuestra vida se transformará, si nos abrimos al Dios que nos
habla. Nadie puede decir que verdaderamente le reza, si su vida no se vuelve más
solidaria y justa.
Podemos preguntarnos:
2. El dialogo en la
Iglesia. Desde este diálogo con Dios, la Iglesia aprendió a vivir en diálogo
con todos, como la mejor manera de ser fiel a Dios en el hoy de su historia.
Cierta-mente, aún entre nosotros, tenemos un largo camino que recorrer para que,
por medio de un diálogo sincero y franco, la Iglesia sea “casa de comunión”.
Podemos preguntarnos:
-
¿somos los Obispos capaces de
escuchar y de acompañar a imagen de Jesús buen Pastor?
-
¿los sacerdotes somos capaces de
dialogar entre nosotros sin querer imponer nuestras ideas?
-
¿en nuestras comunidades
(diocesanas, parroquiales, de cada Capilla) existe un diálogo verdadero entre
los sacerdotes, los religiosos y los laicos, testimoniando así que somos
comunidad?
-
¿en nuestras asociaciones,
movimientos y comunidades existe un verdadero diálogo que nos permita
comunicarnos las riquezas que cada uno posee como don de Dios?
Es cierto que a menudo para entrar en un fecundo diálogo
nos cuesta superar nuestras limitaciones: algunos somos cerrados, otros
supercríticos, otros siempre atados a los mismos temas y preocupaciones. Todas
características que dificultan poder dialogar buscando la ver-dad que nos hará
libres.
3. El diálogo entre la
Iglesia y el mundo. El Papa Paulo VI, cuarenta años atrás, escribió una carta
sobre este tema titulada “Eclesiam suam” (La Iglesia suya). Allí afirmó que la
Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir: “La Iglesia
se hace palabra, la Iglesia se hace mensaje, la Iglesia se hace coloquio” (n.
27).
Ciertamente, no es fácil para la Iglesia entrar en diálogo
con un mundo como el actual en el cual se está gestando una nueva cultura, a
menudo contraria a los valores evangélicos. Por otra parte no dialogar es correr
el peligro de caer en el fundamentalismo, aunque también hay que reconocer que
nuestro diálogo siempre está basado sobre algunas verdades objetivas: la
dignidad del hombre creado por Dios, la búsqueda del bien común, la salvaguarda
de la vida humana desde su comienzo a su fin natural, los valores evangélicos de
la paz y la justicia. Estas son algunas de las verdades que están a la base del
diálogo de la Iglesia con el mundo, debemos buscar la forma de esclarecerlas, de
hacerlas más comprensibles; pero no podemos renunciar a proclamarlas con hechos
y palabras.
¿Para qué la Iglesia busca entrar en diálogo con el mundo?
No ciertamente para imponer sus ideas, sino para encontrar un camino que
contribuya a realizar esa paz social que todos anhelamos. El diálogo verdadero
no obliga a nadie a aceptarlo, siempre es una propuesta de amor que, sin
embargo, constituye una responsabilidad de escucha en aquellos a quienes se
dirige, aunque son libres luego de aceptarlo o rechazarlo.
Lo único que la Iglesia espera es que todos estén
dispuestos a considerar las razones que están en la base de sus afirmaciones y a
discutirlas en un clima de respeto mutuo.
Por medio del diálogo la Iglesia busca que las dimensiones
sociales del Evangelio penetren en todas las estructuras humanas, pero en
particular busca así acompañar a los humildes, a los pobres para que brille la
dignidad que tienen y convencer a los poderosos de su responsabilidad frente a
la historia.
Podemos preguntarnos:
-
¿nuestra comunidad parroquial
trata de abrirse al diálogo con la comunidad civil en la que se encuentra?
-
¿existe entre nosotros la
búsqueda de caminos de diálogo con los que no tienen nuestra misma fe, o nos
cerramos entre nosotros?
4. El diálogo en la sociedad. La Navidad nos
puede enseñar que ese diálogo es también indispensable entre los distintos
actores de la vida social.
María y José entran en diálogo con los pastores y empiezan
a comprender mejor los acontecimientos que están viviendo. Los Magos buscan un
diálogo con el rey Herodes, pero éste se cierra al diálogo porque solamente le
interesa salvaguardar su poder y termina tratando de matar al Niño, porque lo
considera su adversario (cfr. Mt. 2, 16-18).
¡Cuánto cuesta también en nuestra sociedad instaurar un
diálogo efectivo entre quienes detentan la autoridad y los distintos miembros de
la misma! En este último año en nuestro país y en nuestras provincias hemos
tenido muestras constantes de la ausencia de diálogo y por eso de la
imposibilidad de llegar a acuerdos más rápidos entre las partes. Conflictos
socia-les que podían haberse resuelto en un tiempo prudencial, se han prolongado
excesivamente por la incapacidad o la no voluntad de instaurar un verdadero
diálogo entre las partes.
Nos parece que algunas características necesarias para el
diálogo pueden ser estas:
-
La disponibilidad: siempre en un
diálogo es necesario que todas las partes estén dispuestas a preguntarse ¿cuál
es el problema que queremos superar? ¿cuáles son los antecedentes y las
posibles consecuencias?
-
La confianza: tanto en el valor
de la propia palabra como en la disposición para aceptar la del interlocutor.
-
La verdad: no puede existir un
verdadero diálogo si está basado en la mentira, si la presupone y si la usa
como medio para conseguir o imponer sus ideas.
-
La magnanimidad: buscar el bien
mayor, no quedarnos en buscar sólo el bien personal o sólo de una parte.
Esta forma de relación entre los distintos estamentos de
la sociedad exige por parte de todos los actores estima, comprensión y
aceptación del otro, excluye también la condenación a priori, la polémica
ofensiva y habitual, la vanidad de la conversación inútil.
Aquí van algunas preguntas para reflexionar en comunidad:
-
¿favorecemos el diálogo en los
distintos espacios de la vida social?
-
¿los cristianos que actúan en la
vida política, gremial, empresarial buscan ser operadores de diálogo en su
ambiente?
-
¿somos capaces de intervenir en
los conflictos sociales aportando la capacidad de dialogar como medio de
resolverlos?
-
¿Cómo hacer que los medios de
comunicación social nos ayuden al diálogo?
5. El diálogo en la familia.
Un ambiente donde el
diálogo tendría que ser privilegiado es ciertamente la familia. Allí el vivir
cotidiano debería obligar a una constante comunicación que no puede ser
simplemente superficial.
Son los padres que con paciencia y constancia deben
acostumbrar a los hijos desde pequeños a un diálogo sincero y tejido en el amor.
Es en la familia donde se puede comprobar que el diálogo es el camino para
enfrentar los problemas y que implica el empezar siempre de nuevo, sin
desanimarse y manteniendo la calma y la serenidad. ¡Cuántas veces nuestros mayores
han tenido que volver a hacernos las mismas advertencias, a pedirnos cuenta de
los mismos errores!
Para que se pueda dar un verdadero diálogo entre padres e
hijos será necesario antes que los esposos sean capaces de dialogar entre sí.
Es cierto que la vida actual no permite a una familia
hacerse un “tiempo” para encontrarse con calma; pero es entonces tarea de los
padres buscar ese tiempo y alcanzarlo a mantener aún en medio de muchas
tentaciones.
Aquí las preguntas podrían ser muchísimas:
-
¿tenemos en nuestra familia la
capacidad y la costumbre de dialogar?
-
¿hemos enseñado a los hijos a
resolver los eventuales conflictos con el diálogo y no con la fuerza?
-
¿entre los esposos se utiliza
normalmente el diálogo?
-
¿hay un momento en el día donde
sea posible dialogar entre los padres y los hijos?
Que María, la mujer que supo dialogar con Dios y hacer
carne su Palabra (“que se cumpla en mí lo que has dicho”, Lc. 1,38), nos
acompañe e interceda ante su Hijo para que podamos vivir esta Navidad en fecundo
diálogo con Dios y con los demás.
Nuestro saludo fraterno y el deseo de feliz Navidad.
Mons. Esteban M. Laxague,
obispo de Viedma
Mons. Néstor H.
Navarro, obispo del Alto Valle
Mons. Fernando
Maletti, obispo de San Carlos de Bariloche
Mons. Marcelo A.
Melani, obispo de Neuquén
Mons. Miguel Esteban
Hesayne, obispo emérito de Viedma Mons. José Pedro
Pozzi, Obispo Emérito Alto Valle |