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EN EL DÍA DE LA PATRIA, QUE PARECE QUE
«MUERE DE
TRISTEZA», NOS DIRIGIMOS A DIOS
Homilía del obispo de
Quilmes, monseñor Jorge Novak,
en el tedéum celebrado en la catedral quilmeña, el 25 de mayo de 2001.
Queridos hermanos:
Los cristianos somos varones y mujeres de esperanza.
Como la mujer del relato bíblico, sabemos que el dolor engendra vida. Y
ésta no esconde el dolor y la tristeza de la mujer hasta que no ha
llegado. La angustia de la que habla el evangelio, presentándola como
"llanto", "lamento", "tristeza",
"dolor" tiene la contracara de la alegría, el gozo, y el
surgimiento de la vida. Contracara que ahora no se ve, porque todavía no
ha llegado la hora, pero que estamos seguros de su venida porque Jesús se
ha comprometido en nuestra historia revelándonos que la tristeza ya no
será recordada, el dolor será olvidado por la vida nueva.
Como Pablo, en la primera lectura, sabemos que aun en
la persecución y la incomprensión, Dios está del lado de la vida y su
palabra siembra vida y engendra un pueblo. Por más grave que sea la
angustia, aunque sea comparable a terremotos y cataclismos, la presencia
compañera del Señor de la vida nos conduce en la confianza a no temer
porque es nuestro refugio (Salmo), y saber –confiados– darle gracias.
Pero –por otra parte– ese dolor y angustia de los
seguidores de Jesús contrasta con la alegría del mundo, que en Juan es
figura de los enemigos del Señor. Mundo que tiene un príncipe, que es a
su vez padre de la mentira y homicida desde el principio, mundo que tiene
un pecado que Jesús vino a quitar, y a vencer, mundo en el que los
cristianos están sin pertenecer a él, mundo que Dios ha amado hasta el
punto de enviarle a su Hijo, pero que no lo ha recibido porque prefirió
las tinieblas a la luz.
En el día de la Patria, que nuevamente parece que
"muere de tristeza", nos dirigimos a Nuestro Señor. A Aquel que
nos garantiza el consuelo, la alegría y la vida en abundancia final,
queremos darle gracias y también pedirle que escuche el clamor de su
pueblo.
*
Escucha, Señor, el clamor de los desocupados de
nuestra diócesis que caminan sin esperanza en búsqueda de un trabajo que
nadie les ofrece, y que a lo sumo se les da como limosna.
*
Escucha, Señor, el clamor y el dolor de los que
hacen interminables colas en los hospitales que no pueden brindarles ni
siquiera lo necesario para conservar su vida, o dar a luz dignamente.
*
Escucha, Señor, el clamor de los jubilados que
después de haber aportado una vida entera reciben en cuotas y
mezquinamente lo que les corresponde en justicia.
*
Escucha, Señor, el clamor de los chicos, que van
a la escuela cuando pueden, y mirando la educación como poco importante,
porque sólo esperan un plato de comida.
*
Escucha, Señor, el clamor de los jóvenes,
tentados diariamente con la violencia, la droga y la evasión.
*
Escucha, Señor, el clamor de la tierra de
nuestros padres depredada, lastimada y contaminada con el riesgo inminente
de no poder engendrar ya más vida.
*
Escucha, Señor, el clamor de las víctimas de
este modelo económico que nos han impuesto, y que rapiña los frutos de
nuestros trabajos, y alimenta el despilfarro de unos pocos con los
sudores, lágrimas y vida de la inmensa mayoría.
Por eso te pedimos también, Señor, que escuches
nuestra tristeza y desconcierto
*
al ver una clase dirigente cada vez más ajena a
la vida y muerte de su pueblo;
*
al ver el saqueo voraz que sufrieron y siguen
sufriendo nuestros bienes y nuestras esperanzas;
*
al ver una cultura económica que ha olvidado y
hasta matado al hombre que es el que le da su razón de ser;
*
al ver una deuda externa inmoral, injusta, que
además de suficientemente pagada, se lleva los recursos necesarios para
una vida digna;
*
al ver que no hay víctimas sin victimarios, que
no conformes con lo que han logrado siguen revoloteando sobre los despojos
del pueblo;
*
al ver el enriquecimiento de unos pocos,
empresarios, políticos, dirigentes sindicales, mientras crece
abismalmente, y diariamente, la brecha que los separa de los pobres que
son "cada vez más pobres";
*
al ver la insistencia en la aplicación de un
modelo perverso, idólatra, y cruelmente genocida que no sólo ha
demostrado ya suficientemente su inmoralidad e ineficacia para ayudar a
"los pobres de la tierra", sino que se ha revelado como el
responsable de la creciente injusticia en la distribución, la preocupante
desocupación y en el imperio de la muerte que reina por la dictadura del
dios dinero.
Pero sabemos que Dios se ha comprometido personalmente
en el triunfo de la vida y la alegría, por eso vemos con gozo y esperanza
y le damos gracias por:
*
el surgimiento siempre nuevo de espacios de vida,
organización y resistencia;
*
la siempre presente solidaridad y generosidad que
en el pueblo se manifiesta, especialmente en las crisis y el dolor;
*
la confianza en Dios y la Virgen como compañeros
en el camino, sabiendo con fe verdadera que Dios no quiere que vivan
víctimas del dolor, la injusticia y la "muerte antes de
tiempo";
*
las ansias de crecer, formarse y vivir como
personas plenas, como podemos ver a diario en nuestros numerosos centros
diocesanos de formación.
En este día de la Patria, por todo esto deseamos que
todos los argentinos, y quienes habitan nuestro suelo,
*
sepamos que Jesús se ha comprometido, y nos ha
comprometido a todos los cristianos, en trabajar para que en el mundo se
acabe la tristeza y el dolor mientras reine la alegría y la vida;
*
aprendamos a mirar la realidad actual como un
desafío, según las posibilidades de cada uno, para crear espacios donde
la vida tenga lugar y se olvide la tristeza;
*
que no olvidemos nuestra vocación profética que
nos ayude a señalar con claridad todo lo que se opone al proyecto de
fraternidad y solidaridad que Dios nos propone en su Palabra;
*
que no temamos recordar que "la raíz de
todos los males es el amor al dinero" (1 Tim 6,10), y que una nueva
cultura de la austeridad, la solidaridad y la vida compartida es posible,
y mucho más coherente con el proyecto de Jesús que este modelo actual.
Recordar la fiesta de la Patria, la tierra de los
padres, de nuestras raíces y memoria, de un pueblo desorientado que
"quiere saber de qué se trata", esta celebración también es
recordar nuestro compromiso con ella, y por lo tanto pedirle a Dios lo que
estamos nosotros dispuestos a dar. Y porque sabemos que esa es la voluntad
de Dios, le damos gracias, y le pedimos su cercanía:
Que Dios bendiga a nuestro país, y especialmente
bendiga a los pobres de la Patria.
Que Dios bendiga a los gobernantes, y les conceda la
conversión diaria para poner su responsabilidad y su vida al servicio de
los pobres y las víctimas.
Que Dios bendiga a los empresarios, abriéndoles el
corazón para que multipliquen las fuentes de trabajo digno y salarios
justos.
Que Dios bendiga a los dirigentes, para que siempre
cercanos al pueblo y sus necesidades busquen y se esfuercen por el
beneficio de la gente, y no el propio.
Que Dios bendiga a los responsables de administrar
justicia, para que ésta llegue a los más desprotegidos, y no permita la
impunidad de los poderosos.
Que Dios nos ilumine a nosotros, pastores, para saber
decir siempre una palabra profética y de esperanza en medio de tanta
muerte.
Que Dios bendiga a nuestras comunidades para que sean
siempre signo visible de fraternidad.
Que Dios bendiga a los jóvenes, y les conceda fuerzas
y claridad para trabajar "por un mundo mejor que el que les hemos
dejado sus mayores".
Que Dios bendiga a las mujeres, especialmente a las
discriminadas, golpeadas, abusadas, para que en el reconocimiento de su
dignidad puedan aportar a nuestra sociedad una mirada siempre nueva y
necesaria.
Que Dios bendiga a los niños, para que su infancia sea
un feliz tiempo de crecimiento y maduración que les permita vivir sin
violencia ni odio.
Que Dios bendiga a nuestro país, y que por ello nos
conceda a todos y cada uno trabajar por edificarlo según Su voluntad de
justicia, de fraternidad y de paz.
Quilmes, 25 de mayo de 2001.
Mons. Jorge Novak, SVD,
obispo de Quilmes
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2320 del 6 de junio de 2001
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