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que
todo en nosotros sea para la gloria del padre, del hijo y del espíritu santo
Carta pastoral del obispo
de Quilmes, monseñor Jorge Novak,
para la Cuaresma 2001.
Hermanos:
La santa Cuaresma nos señala una meta, la celebración
de la vigilia pascual. Nos muestra un camino, que no es otro que el mismo
Jesús. Nos indica también una metodología, las diversas prácticas
piadosas, muy arraigadas en el pueblo cristiano, como la lectura de las
Santas Escrituras, la devoción a la Pasión del Señor, la mayor
frecuencia del sacramento de la Reconciliación.
En la carta pastoral de la Cuaresma de este año trato
de hacerme eco de la carta apostólica de Juan Pablo II «Al comenzar el
tercer milenio», reproduciendo algunos textos que considero más
conducentes a motivarlos a ustedes en el recorrido de este período
litúrgico.
Conversión
Al comenzar su acción
evangelizadora decía Jesús: «el tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios
está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia» (Mc 1,15). Cuando
en algún momento de su ministerio pastoral algunos le llamaron la
atención sobre el castigo inflingido por Pilato a ciertos galileos, dio
por respuesta: «si ustedes no se convierten todos acabarán de la misma
manera» (Lc 13,2).
El Año Santo ha tenido por finalidad afirmar nuestra
conversión a Dios en Cristo Jesús. Ahora escribe Juan Pablo II en su
Carta Apostólica citada: «la santidad. El don de santidad se plasma en
un compromiso que ha de dirigir toda vida cristiana: ‘Esta es la
voluntad de Dios, vuestra santificación’ (1 Tes 4,3). Es un compromiso
que no afecta sólo a algunos cristianos. Todos ellos, de cualquier estado
o condición, están llamados a la plenitud de vida cristiana y a la
perfección del amor» (n. 30). A renglón seguido afirma: «Poner la
programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena
de consecuencias. Sería un contrasentido contentarse con una vida
mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad
superficial» (n. 31).
Preguntémonos y examinémonos con toda sinceridad:
¿amamos al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón, con toda el alma,
con todas las fuerzas y con todo nuestro espíritu? ¿Amamos a nuestro
prójimo como a nosotros mismos? (ver Lc 10,27).
Reconciliación
No podemos pretender la paz con
Dios si no estamos reconciliados con nuestros hermanos. En el Sermón de
la Montaña afirma Cristo rotundamente: «si al presentar tu ofrenda en el
altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu
ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces
vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5, 23-24). También tenemos que
perdonar al que nos pide este gesto. El Maestro insiste: «no te digo
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22).
Juan Pablo II, en su Carta Apostólica, nos lleva al
sacramento de la Reconciliación: «En mi exhortación ‘Reconciliación
y penitencia’ -escribía en 1984- «invité a esforzarse por todos los
medios para afrontar la crisis del sentido del pecado que se da en la
cultura contemporánea, pero más aun, invité a ayudar a los demás a
redescubrir a Cristo como el misterio de la piedad, en el que Dios nos
muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo»
(n. 37).
¿Persistimos en una actitud cerrada de
irreconciliación, bloqueando la difusión del amor misericordioso de
nuestro Padre Dios? ¿Nuestro corazón de piedra no explica, tal vez, la
gélida política de opresión que arrasa con la legítima aspiración de
felicidad de los pobres?
Comunión
Pablo, en una de sus cartas,
escribe: «Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si
algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el espíritu, o
la ternura o compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría,
permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un
mismo pensamiento» (Filipenses 2,1-2). La conversión a Dios y la
reconciliación entre nosotros le da a la Iglesia esta mística realidad
de la comunión que hace atractivo el mensaje del Evangelio.
El Santo Padre, en el documento que vamos mencionando,
escribe: «Espiritualidad de comunión es capacidad para ver ante todo lo
que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de
Dios: un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha
recibido directamente. Espiritualidad de comunión es saber dar espacio al
hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (ver Gálatas 6,2) y
rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y
engendran competitividad, afán de hacer carrera, desconfianza y envidias.
No nos hagamos ilusiones. Sin este camino espiritual de poco servirían
los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin
alma, máscaras de comunión, más que sus modos de expresión y
crecimiento» (n. 43).
Nos preguntamos: ¿se dan en nuestras comunidades los
defectos señalados por el Papa? En vez de ayudarnos, ¿no nos hacemos la
zancadilla, frenando trágicamente la expansión de la caridad cristiana?
¿Cómo vivimos el movimiento ecuménico, tan vivamente recomendado por la
Iglesia?
Misión
En el día de su resurrección,
Jesús, luego de introducir a los suyos en su misterio pascual a la luz de
las Escrituras, agregó: «ustedes son testigos de todo esto. Y yo les
enviaré lo que mi Padre les ha prometido» (Lc 24, 48-49). Coincide con
este testimonio el evangelista Juan: «Jesús les dijo de nuevo: ¡la paz
esté con ustedes! Como el Padre me envió a ustedes» (Jn 20, 21).
Nuestras fiestas litúrgicas, y la Iglesia en su comunión es una fiesta
interminable, han de irradiarse en la proyección evangelizadora,
demostrando un dinamismo misionero inagotable.
El Papa, en su carta apostólica, nos instruye en esta
forma: «La Iglesia no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los
pueblos, y una tarea prioritaria de la misión a las naciones sigue siendo
anunciar que en Cristo, camino, verdad y vida (Jn 14,6), los hombres
encuentran la salvación. El deber misionero no nos impide entablar el
diálogo interreligioso íntimamente dispuestos a la escucha. En efecto,
sabemos que, frente al misterio de gracia infinitamente rico en
dimensiones e implicaciones para la vida y la historia del hombre, la
Iglesia misma nunca dejará de escudriñar, contando con la ayuda del
Paráclito, el Espíritu de verdad (ver Jn 14,17), al que compete
precisamente llevarla a la plenitud de la verdad (Jn 16,13)» (n. 56).
Las iniciativas misioneras se han multiplicado en
nuestra diócesis a partir del Primer Sínodo, que en 1983 nos declaró
«en estado de misión». ¿Qué continuidad ha tenido este esfuerzo?
¿Estamos llegando a cada familia de nuestra parroquia, con una visita
respetuosa, repetida y verdaderamente evangelizadora? ¿Nuestras
parroquias responden al requerimiento conciliar de una misión sin
fronteras?
Solidaridad
En la Cuaresma, la liturgia de la
Palabra nos lleva a proclamar el Evangelio del Juicio Final. Tras señalar
las situaciones de indigencia y las respuestas de ayuda, el Rey y Juez
Jesús añade: «les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más
pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). La caridad
solidaria, afectiva y operante se constituye en sello de identidad de una
sociedad que pretende el honroso título de cristiana.
El Santo Padre se refiere a la caridad en estos
términos: «el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente,
si a las antiguas formas de pobreza añadimos las nuevas, que afectan a
menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero
expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga,
al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a
la discriminación social. El cristiano, que se asoma a este panorama,
debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento
que Él dirige desde este mundo de la pobreza.
Se trata de continuar una tradición de caridad que ya
ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero
que hoy quizás requiere mayor creatividad. Es la hora de una nueva
creatividad de la caridad, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de
las ayudas prestadas, sino la capacidad de mostrarse cercanos y solidarios
con quien sufre, para que el gesto de ayuda no sea percibido como limosna
humillante, sino como un compartir fraterno» (n. 50).
Nos preguntamos sobre la cantidad de nuestra acción
solidaria. No podemos solucionar todos los problemas, pero tampoco tenemos
que retacear la ayuda que Dios pone a nuestra disposición a través de
bienhechores generosos. Seguiremos reclamando, en nombre de Cristo y de su
Evangelio, la recta administración de la cosa pública. La sociedad,
democráticamente organizada tiene a su disposición los recursos
necesarios: es preciso que, venciendo la avaricia y la corrupción, los
recursos lleguen a todos los hogares.
También nos preguntamos por la calidad de nuestra
acción misericordiosa: ella debe inspirarse en el ejemplo de Jesús y de
los grandes santos y santas que han hecho del amor al prójimo un deber,
un programa, un estilo.
Hermanos: Termino esta carta invitándolos a elevar sus
corazones y sus pensamientos hasta el trono de Dios-Amor, aclamándolo
«¡Santo, Santo, Santo!» Que todo en nosotros sea para gloria del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
La Cuaresma es un camino y es camino el paso de la
Iglesia por la historia. El Papa escribe (n. 58): «nuestro paso, al
principio de este nuevo siglo, debe hacerse más ágil al recorrer los
senderos del mundo... En este camino nos acompaña la Santa Virgen. La
sigo indicando como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino».
Los bendigo afme.
Quilmes, 12 de febrero de 2001.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2308, del
14 de marzo de 2001 |