Alocución pronunciada por Mons. Emilio Ogñénovich,
arzobispo emérito de Mercedes-Luján, en la misa de clausura de las IV
Jornadas de Historia Eclesiástica Argentina, celebrada en la basílica de
Nuestra Señora de la Merced, de la ciudad de Buenos Aires, el 21 de
octubre de 2000.
A lo largo de mis 50 años de sacerdote fui bastante
inquieto en leer libros, preferentemente históricos.
En los últimos tiempos me interesaron más la vida y
obra de los últimos Papas desde Pío X a Juan Pablo II, llegando a la
conclusión, no de un estudioso sino a la síntesis de un simple neófito,
cómo el Espíritu Santo va enhebrando en personas con distintas
características, carismas diversos, temperamentos o caracteres disímiles
una continuidad que, realmente, asombra.
Quizá he leído más últimamente sobre Juan XXIII,
también podría haber influido la irradiación carismática de su vida o
la lectura del «Diario del alma».
Siempre me impresionó la admiración, devoción y
aprecio que Juan XXIII tenía por Pío IX, de quien poco yo conocía, pese
a sus 32 años de Pontificado, el más largo entre los sucesores de San
Pedro. Sólo lo recordaba como el Papa del dogma de la Inmaculada, el
Concilio Vaticano I y el «Syllabus».
Me llamó poderosamente la atención que el Cardenal
Angelo Roncalli, que en vísperas de entrar al Cónclave en el que luego
fuera elegido Papa, haya pasado por San Lorenzo «extra muros» a rezar a
este insigne mártir y que también pasara largo tiempo orando ante los
restos de Pío IX.
El que fuera su secretario, luego Mons. Loris Francesco
Capovilla, Arzobispo titular de Mesembría en un largo artículo titulado:
«Pío IX en el pensamiento y en el corazón de Juan XXIII» me hizo
conocer aspectos desconocidos para mí.
Nadie puede poner en duda que Juan XXIII era un
profundo conocedor de la Historia de la Iglesia, particularmente
investigador del período que va del Concilio de Trento al Vaticano I, es
decir en esos 307 años (Trento 1545-1563 y Vaticano I 1869-1870). Por
otro lado fue profesor de Historia de la Iglesia entre 1906 y 1920 en el
Seminario. El «Papa bueno» expresó en vísperas de comenzar el Vaticano
II: «Mi pensamiento se dirige siempre a Pío IX insigne siervo de Dios.
Está, ya, por empezar el Concilio Vaticano II; quién sabe si en esta
circunstancia, expresando mis más íntimas convicciones, no podríamos
tener la enorme alegría de verlo objeto de particular veneración».
Más aún, en el «Diario de un alma» escribió: ‘Pienso
siempre en Pío IX de santa y gloriosa memoria e imitándole en sus
sacrificios querría ser digno de celebrar su canonización».
El 8 de diciembre de 1960 en el discurso de apertura
del Vaticano II dijo, textualmente, Juan XXIII: «Desde la contemplación
de la figura dulce y fuerte de Pío IX tomamos la inspiración para entrar
con pasos firmes en el gran emprendimiento del Vaticano II que está
delante de nosotros».
Esto terminó por llevarme a buscar libros o estudios
sobre Pío IX. Quizá algunos sigan creyendo que fue un Papa especializado
en Gastronomía por el «pionono» o el «helado de chocolate».
En las librerías que aquí recorrí vi abundante
bibliografía sobre Juan XXIII. No encontré nada sobre Pío IX.
Como estaba próximo mi viaje a Roma por el Jubileo
episcopal y el Jubileo de la familia, fui, con la esperanza de hacerme en
Roma de varios libros. Algunos de Juan XXIII y otros sobre Pío IX.
Encontré abundante bibliografía sobre el primero y sólo tres sobre Pío
IX. Pregunté por alguna estampa. Cualquier cantidad y variedad de Juan
XXIII y ninguna de Pío IX.
Pío IX ha sido presentado, en los últimos 50 años,
como la antítesis de Juan XXIII, el «Papa bueno». Pío IX un Papa para
olvidar.
El anuncio de su beatificación, hecho público en
vísperas de la Navidad de 1999, reabrió la polémica, con artículos de
revistas y periódicos en el mundo entero y aun dentro de la misma
Iglesia.
Sin embargo ambos eran almas gemelas en dos cuerpos,
temperamentos y caracteres distintos. Entre ambos, ahora que he terminado
de leer todo lo que pude conseguir, veo grandes afinidades. Ambos
parecían dos buenos párrocos de campaña. Ambos tenían un rico sentido
del humor.
Los dos llegan al Pontificado en forma inesperada. Los
dos eran hombres sencillos, corteses, con un estilo simpático y cordial.
Los dos darán al Solio pontificio un nuevo rostro universal.
Tenemos que agradecer a Dios este regalo, en el Jubileo
del 2000, de estas figuras de San-tos tan nobles, tan sencillos, tan
sonrientes...
Son dos Papas marcados y guiados por la Santísima
Virgen María, en una tierna y filial devoción.
Pío IX tuvo la santa audacia de proclamar el dogma de
la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 1854) después de haber
consultado a los Obispos de todo el universo, respondiendo a siglos de
súplicas de todos los rincones de la cristiandad.
Cien años después el futuro Juan XXIII imploraba a la
Inmaculada, por la que tenía una particular y profunda devoción, al
consagrar un famoso Templo ¡Oh Virgen Santísima! ¡Inmaculada! ¡Oh
Reina de Lourdes! Como tú misma lo has confirmado, así por tus propias
palabras, haz que participemos de la plenitud de la Gracia.
Ambos fueron devotísimos de San José y fue Pío IX
quien lo proclamó «Patrono de la Iglesia Universal».
En los primeros años de su pontificado, el 10 de
setiembre de 1847, Pío IX extendió a la Iglesia, en todo el orbe, el 10
de setiembre de 1847, una fiesta nacida en España: el patrocinio de San
José sobre la Iglesia.
Pío IX en el Concilio Vaticano I proclamó, el 8 de
diciembre de 1870, dieciséis años después del dogma de la Inmaculada
Concepción el patrocinio de San José sobre la Iglesia universal.
Es importante leer al gran pensador de estos tiempos,
Ernest Hello que escribía: «El siglo XIX habla, llora, grita, se
desespera, hace ostentación de todo; ese siglo que detesta la confesión
secreta, estalla a cada instante en confesiones públicas. Vocifera,
exagera, ruge. Y bien, será ese siglo, ese siglo alborotado, el que verá
la gloria de san José elevarse en el cielo de la Iglesia. San José acaba
de ser elegido oficialmente patrón de la Iglesia durante el ruido de la
torrnenta».
El Concilio Vaticano II fue expresamente confiado a San
José por Juan XXIII en un hermoso discurso el 19 de marzo de 1961.
Santa Bernardita siempre decía: «¡Lo quiero tanto a
San José. El es mi padre y el patrón de la Buena Muerte!»
Ambos fueron proclamados Beatos el mismo día, por Juan
Pablo II.
Tanto Pío IX como Juan XXIII ya finalizando la edad de
79 años y comenzando los 80 realizaban, uno la apertura del Vaticano I y
otro el Vaticano II.
A la muerte de Gregorio XVI el Cónclave terminó en 48
horas, 15 y 16 de junio de 1846 y fue elegido Papa el cardenal Mastai
Ferretti sin que ningún veto interfiriera, ya que el Cardenal Gayruck,
Arzobispo de Milán que traía el veto del Emperador de Austria llegó a
Roma cuando Pío IX ya había sido elegido. Una de sus primeras
disposiciones fue la prohibición a los Cardenales o cualquier otra
persona ser portadores de vetos ni de expresiones de deseo.
Al perder el Papado los Estados Pontifios, Pío IX fue
el primer Papa moderno de la historia al que le tocó gobernar sin poder
temporal, lo que le permitió dedicarse de lleno a las cosas de Dios y
consolidar la unidad interna de la Iglesia.
Pío IX fue el personaje más amado y exaltado por el
pueblo y el más calumniado y odiado por el anticlericalismo y las
ideologías antieclesiásticas de la segunda mitad del siglo XIX.
Fue un hombre con mucho de luz y también alguna
sombra, deformada por sus detractores como el caso del niño judío de la
familia Mortara.
Lo que nadie quiere recordar nunca es que, una vez que
Edgardo Mortara se hizo adolescente, se le dio la libertad para regresar a
su casa. Permaneció durante un mes con sus padres, pero después decidió
quedarse en Roma y hacerse sacerdote. Y cuando ya era sacerdote se
reconcilió con sus padres. De hecho, Edgardo Mortara fue uno de los
primeros testigos que declararon a favor de la beatificación de Pío IX,
deponiendo en el proceso canónico.
Fue acusado, también, de antisemita cuando él fue el
promotor de la liberación de los judíos del ghetto. En las dos noches
trágicas del 17 y 18 de abril de 1848 ordenó que se tiraran las puertas
del ghetto.
El fue quien abrogó las indignas y humillantes tareas
a las que eran obligados los judíos.
Declaró taxativamente que no eran ‘extranjeros’ e
hizo patrullar las calles para protegerlos de una posible revuelta popular
que estalló, precisamente, contra la emancipación de los judíos...
El intento de muchos para envolver al Estado Pontificio
en una guerra nacional lo hace reaccionar con firmeza y despierta la
conciencia de Pío IX sobre su propia misión religiosa, no política y
menos militar.
Cuando muere en olor de santidad tuvo que ser velado a
puertas cerradas, en la Basílica de San Pedro, por temor a los atentados
y al llevar, de noche, sus despojos, a «San Lorenzo extra muros»,
acompañado de muchísima gente de pueblo, sus enemigos declarados los
asaltaron, rompieron la caja fúnebre, cayendo al suelo su cadáver e
intentaron tirarlo a las aguas del Tíber, al cruzar el puente del
Michelangelo.
Su cuerpo está incorrupto como el de Pío X o el del
Santo Cura de Ars y será colocado en una urna de cristal para la
veneración de los fieles. Quiso ser enterrado alli, en las afueras de
Roma, para estar entre tantos mártires y junto a su pueblo que amó
entrañablemente.
Como Juan XXIII profesaba una gran devoción a San
Lorenzo Mártir y tantos mártires sepultados junto a él.
La gran deuda de la Iglesia
con Pío IX
La Iglesia tiene una gran deuda
con el Beato Giovanni Maria Mastei Ferretti o Beato Pío IX.
Su preocupación por la reforma de los religiosos y la
formación intelectual sólida y pastoral de los futuros sacerdotes: «Los
quiero santos y sabios». En la historia de la Iglesia hay un antes y un
después en las exigencias de la formación sacerdotal. Ante la
mediocridad enquistada en muchos pastores resolvió mirar al futuro más
que al presente y al pasado.
Si bien trabajó tesoneramente por la reforma de vida y
costumbres de muchísimos sacerdotes, promoviendo entre ellos el celo
pastoral, sus mayores esfuerzos y esperanzas los colocó en la formación
de los futuros sacerdotes.
A él se deben la creación de seis importantes
Colegios para que los futuros sacerdotes del mundo pudieran recibir
excelente formación eclesiástica. El de América del Norte, el Beda para
los Ingleses, el Francés, el Lombardo y el Polaco. Incluso el Pío Latino
Americano (1858) semillero de destacadas figuras episcopales de Sud
América y de sacerdotes que dejaron huellas muy hondas de su labor
pastoral.
Fue el Papa del dogma de la infalibilidad del Sumo
Pontífice y Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo.
Su papel en la organización de la jerarquía, en la
Iglesia universal, la unificación de la liturgia, la importancia de la
función pontificia, será de primer orden.
El dogma de la Inmaculada Concepción, que señala el
cumplimiento de la promesa largamente esperada por andanadas de
generaciones.
Se comprende la profunda emoción de Pío IX al ver que
cuatro años después de la declaración dogmática en la Aparición de la
Virgen de Lourdes el 25 de marzo de 1858 anuncia su título de Inmaculada
como su propio nombre «Yo soy la Inmaculada Concepción».
El Magisterio doctrinal del Vaticano I, lamentablemente
interrumpido por la gravísima situación mundial.
A más de 300 años del Concilio de Trento un Papa
viejo calumniado y agredido convocó a los Obispos de todo el mundo, sin
pedir, para nada, el parecer del gobierno y sin invitar a Monarca alguno.
Fue el primer Concilio de la plena libertad de la Iglesia.
Fue un hombre que, vestido de simple sacerdote, andaba,
de incógnito entre los indigentes de Roma, para ayudarlos. Durante la
epidemia del cólera asistía y visitaba también de incógnito, como un
celoso Párroco de campaña a los enfermos y moribundos.
Él mismo arreglaba su «apartamento» teniendo por
muebles solo su cama y un reclinatorio frente a un crucifijo.
Cada día se levantaba a hora muy temprana. Comenzaba
con una hora de oración y luego su Misa «sin tiempo ni apuros» vivida
intensamente. Recitaba sus horas canónicas y luego usaba el Devocionario
Popular que había pertenecido a su madre para orar como lo hacía su
pueblo.
Siempre tenía un día de agenda completa de
audiencias; una comida rápida y muy austera.
Al atardecer, cada día, recibía a su confesor y luego
de un poco de alimento, sólo el Señor sabe cuánto tiempo permanecía
frente al Sagrario: «Siento necesidad de estar a solas con Jesús:
¡tengo tantas cosas para decirle, tanta luz para pedirle y tanto tiempo
para escucharlo»!
Pío IX fue el Papa más popular del siglo XIX.Vivió
el Pontificado más extenso de la historia de la Iglesia ¡32 años!
La Argentina tiene también una
gran deuda
En 1823, siendo un joven
canónigo, acompañó a Mons. Juan Muzzi en su paso por Buenos Aires,
rumbo a Chile en una misión pontificia. Tras un viaje de tres meses en
carreta y a caballo, atravesó el territorio nacional. Al llegar a Luján
celebró la Santa Misa y luego prosiguió el penoso viaje a través de La
Pampa, Córdoba, Tucumán, San Luis y Mendoza. Para cruzar a Chile pasó
la Cordillera de los Andes en mula.
Desde que se embarcó en Génova hasta que regresó a
Roma, fueron 23 meses de trabajo de los cuales más de siete, es decir 229
días, estuvo embarcado.
Siempre soñó volver a nuestra tierra como misionero.
Se enamoró de nuestra gente y comprobó la necesidad que tenían de la
presencia de misioneros. Un pueblo sediento de Dios, de almas y corazones
abiertos y tan hospitalarios.
Durante su permanencia en Buenos Aires fue maltratado
por Bernardino Rivadavia y su círculo literal y masónico. Fue, luego,
reivindicado por quien se convirtiera en entrañable amigo, el Gral. José
de San Martín. También por el Caudillo santafesino Estanislao López y
por el General Álvarez de Arenales. Amistades que cultivó a través de
frecuente correspondencia.
Pío IX fue íntimo amigo de Don Bosco a quien le
insistió para que cumpliera su sueño de evangelizar la Patagonia.
Persuadió a Fray Mamerto Esquiú para que se hiciera
cargo del Obispado de Córdoba.
Intercedió, insistente y resueltamente, ante la Reina
Isabel II para que reconociera la Independencia Nacional, facilitando el
trabajo de Juan Bautista Alberdi en la Corte española. Logró que el
primer Presidente Constitucional de los argentinos, general Justo José de
Urquiza, se acercara a Dios y consiguió que diera educación cristiana a
muchos de sus muy numerosos hijos, como también logró que construyera la
Capilla junto a su Palacio.
Desde el 5 de agosto de 1874, el telégrafo
interoceánico une a la Argentina con Europa y gran parte del orbe. El
Presidente Domingo Faustino Sarmiento remitió telegramas a los
principales gobernantes del mundo. El primero lo envió al Papa Pío IX y
le expresa: «El Presidente de la República Argentina a Su Santidad el
Papa. Los fieles que Colón y la España llevaron a la Iglesia Católica
piden a su Santidad Su bendición apostólica con motivo de llegar a estas
playas un cable submarino que nos pone en inmediato contacto con la Santa
Sede. Saludo a Su Santidad Pío IX respetuosamente». Domingo Faustino
Sarmiento.