Queridos hermanos:
De
una u otra forma nos estamos preparando todos para celebrar la llegada del nuevo
milenio. Algunos hacen la cuenta regresiva de los días que faltan, preparando
sidra o bombas de estruendo... otros se asustan pensando en catástrofes
apocalípticas... otros organizando fiestas... De una u otra forma nos estamos
preparando todos para celebrar la llegada del nuevo milenio. Algunos hacen la
cuenta regresiva de los días que faltan, preparando sidra o bombas de
estruendo... otros se asustan pensando en catástrofes apocalípticas... otros
organizando fiestas...
La
Iglesia, por su parte, invita a todos a celebrar el comienzo del GRAN JUBILEO,
de la gran alegría de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo nuestro Señor
y Salvador
Y
por eso nuestro gozo no se acaba en el ruido de los cohetes o bombas de
estruendo, en las botellas destapadas para celebrar fin de año, sino que
seguirá por todo el año, con el deseo ferviente que el encuentro con
Jesucristo vivo llene nuestras vidas de gozo y de sentido, y se transforme en
fuente de energía para renovar o por lo menos mejorar la historia que estamos
llamados a construir juntos.
Nos
preparamos para celebrar el Gran Jubileo, la gran alegría. Podemos preguntarnos
cómo se puede celebrar una gran alegría con las situaciones dolorosas que
estamos viviendo en nuestra Provincia. No faltan motivos para quejarse...
desocupación, inseguridad laboral para muchos, salarios insuficientes para
otros, problemas familiares, desencuentros en la política un panorama no del
todo claro en la educación, etc... Son motivos de preocupación,
indudablemente, porque vivimos en esta sociedad, no en un mundo de sueños... Y
sin embargo los cristianos somos los anunciadores de una gran alegría, de un
gozo que no tiene límites... porque es el gozo del amor de Dios que no tiene
límites.
Le
anunciamos al mundo una vez más que Dios nos ama, que se hizo hombre, hermano
nuestro, se hizo de nuestra raza, para que gocemos de nuestra filiación divina,
para que lo sintamos como Padre, para que tengamos su Espíritu divino y vivamos
con plenitud la experiencia de su presencia en nuestra vida y en nuestra
historia.
El
Papa en su convocatoria a celebrar con alegría el comienzo del Tercer Milenio
nos dice: «Con la mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de
Dios, la Iglesia se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio. Nunca como
ahora sentimos el deber de hacer propio el canto de alabanza y de acción de
gracias del Apóstol Pablo: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, en los
cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la creación del
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos
de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el
beneplácito de su voluntad, (...) dándonos a conocer el Misterio de su
voluntad según el benévolo designio que en Él se propuso de antemano, para
realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por
Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra»(Efesios,
3-5.9-10)
La
gran alegría entonces es que Jesús vino para traer la salvación a todos los
hombres, sin distinción de raza, clase social, de cultura, de religión... A
todos ofrece su salvación y la experiencia de su amor misericordioso.
Él
vino al mundo para todos los hombres, porque todos, por ser pecadores
necesitamos de su ayuda y de la salvación que solo Él podía traer al mundo.
No hay situación de pecado tan triste que no pueda ser perdonada por el amor de
Jesús el Salvador. Haciéndose hermano nuestro con la Encarnación, nos hace
también hijos del Padre y hermanos entre todos nosotros El Papa nos dice en su
convocatoria a la celebración del Gran Jubileo:
«Jesús
es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así
será para siempre a través de la sucesión de las diversas épocas
históricas. La encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha
realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para
juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del
hombre cada vez más humana» Jesús, al venir al mundo, hizo una opción que no
debemos olvidar y que nos pone contentos: Vino en primer lugar para los
pecadores, vino a sanar los corazones afligidos, se hizo descubrir por los
pobres, los pastores, los excluidos de la sociedad, los humildes. Solamente los
orgullosos, los de corazón doble como los fariseos, lo rechazaron y se
empecinaron a perseguirlo hasta darle muerte.
Su
opción debe ser también nuestra opción en este tiempo de júbilo, para dar
testimonio que somos de veras sus discípulos, colaboradores en la construcción
del Reino.
Por
eso necesitamos una auténtica conversión de corazón: en un mundo donde se
predica por todos los medios el consumismo y el individualismo, donde se valora
sólo el tener, el poder y el placer, el cristiano debe ser el paladín de la
solidaridad, el profeta del amor hecho servicio en todos los ámbitos.
En
una sociedad que se hace lentamente cada vez más secularista, donde casi no
queda espacio para Dios o por lo menos no está en el primer lugar como
profesamos en los mandamientos, el cristiano debe ser signo de lo absoluto de
Dios en su vida y en las estructuras.
Por
eso el cristiano debe vivir un proceso constante de conversión. Celebraremos de
veras el Gran Jubileo si sabremos luchar por la verdad, por la justicia, por la
fraternidad.
Cada
uno debe buscar la forma de ser «sal de la tierra y luz del mundo» Por eso el
cristiano deberá comprometerse en el ámbito social, político, económico y
sobre todo en lo familiar y religioso, para que nuestra convivencia sea el
reflejo del amor de la Trinidad. Será nuestro compromiso en este año como
cristianos preocuparnos de crecer en la unidad, en el amor, en la solidaridad a
ejemplo de la Trinidad para ayudar al mundo en este lento camino de hacer
visible el proyecto de Dios. En los tres últimos años hemos meditado el amor
de Jesús que nos ha enviado el Espíritu para que vivamos la experiencia de la
misericordia del Padre. Como Iglesia queremos celebrar este acontecimiento de fe
en el fortalecimiento de nuestros vínculos de unidad, con signos de compromiso
con el mundo y orientando nuestros esfuerzos hacia la experiencia de la
Comunión que celebraremos en el Congreso Eucarístico a mediados de año.
Guiado por María viviremos este acontecimiento de fe caminando con ella en la
espera del Salvador y anunciando como ella las maravillas del Señor. llevaremos
como misioneros a Jesús que está vivo en nuestros corazones y que quiere
salvar a todos los hombres.
Los bendecimos en el Señor.
Mons.
Marcelo Palentini, obispo de Jujuy
Mons.
Pedro Olmedo, obispo de Humahuaca