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LE ANUNCIAMOS AL MUNDO QUE DIOS NOS AMA


Carta pastoral del obispo de Jujuy, monseñor Marcelo Palentini SCI, 
y del obispo-prelado de Humahuaca, monseñor Pedro Olmedo CMF, 
con motivo del Adviento 1999


Queridos hermanos:

De una u otra forma nos estamos preparando todos para celebrar la llegada del nuevo milenio. Algunos hacen la cuenta regresiva de los días que faltan, preparando sidra o bombas de estruendo... otros se asustan pensando en catástrofes apocalípticas... otros organizando fiestas... De una u otra forma nos estamos preparando todos para celebrar la llegada del nuevo milenio. Algunos hacen la cuenta regresiva de los días que faltan, preparando sidra o bombas de estruendo... otros se asustan pensando en catástrofes apocalípticas... otros organizando fiestas...

La Iglesia, por su parte, invita a todos a celebrar el comienzo del GRAN JUBILEO, de la gran alegría de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo nuestro Señor y Salvador

Y por eso nuestro gozo no se acaba en el ruido de los cohetes o bombas de estruendo, en las botellas destapadas para celebrar fin de año, sino que seguirá por todo el año, con el deseo ferviente que el encuentro con Jesucristo vivo llene nuestras vidas de gozo y de sentido, y se transforme en fuente de energía para renovar o por lo menos mejorar la historia que estamos llamados a construir juntos.

Nos preparamos para celebrar el Gran Jubileo, la gran alegría. Podemos preguntarnos cómo se puede celebrar una gran alegría con las situaciones dolorosas que estamos viviendo en nuestra Provincia. No faltan motivos para quejarse... desocupación, inseguridad laboral para muchos, salarios insuficientes para otros, problemas familiares, desencuentros en la política un panorama no del todo claro en la educación, etc... Son motivos de preocupación, indudablemente, porque vivimos en esta sociedad, no en un mundo de sueños... Y sin embargo los cristianos somos los anunciadores de una gran alegría, de un gozo que no tiene límites... porque es el gozo del amor de Dios que no tiene límites.

Le anunciamos al mundo una vez más que Dios nos ama, que se hizo hombre, hermano nuestro, se hizo de nuestra raza, para que gocemos de nuestra filiación divina, para que lo sintamos como Padre, para que tengamos su Espíritu divino y vivamos con plenitud la experiencia de su presencia en nuestra vida y en nuestra historia.

El Papa en su convocatoria a celebrar con alegría el comienzo del Tercer Milenio nos dice: «Con la mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, la Iglesia se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio. Nunca como ahora sentimos el deber de hacer propio el canto de alabanza y de acción de gracias del Apóstol Pablo: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, (...) dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en Él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra»(Efesios, 3-5.9-10)

La gran alegría entonces es que Jesús vino para traer la salvación a todos los hombres, sin distinción de raza, clase social, de cultura, de religión... A todos ofrece su salvación y la experiencia de su amor misericordioso.

Él vino al mundo para todos los hombres, porque todos, por ser pecadores necesitamos de su ayuda y de la salvación que solo Él podía traer al mundo. No hay situación de pecado tan triste que no pueda ser perdonada por el amor de Jesús el Salvador. Haciéndose hermano nuestro con la Encarnación, nos hace también hijos del Padre y hermanos entre todos nosotros El Papa nos dice en su convocatoria a la celebración del Gran Jubileo:

«Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana» Jesús, al venir al mundo, hizo una opción que no debemos olvidar y que nos pone contentos: Vino en primer lugar para los pecadores, vino a sanar los corazones afligidos, se hizo descubrir por los pobres, los pastores, los excluidos de la sociedad, los humildes. Solamente los orgullosos, los de corazón doble como los fariseos, lo rechazaron y se empecinaron a perseguirlo hasta darle muerte.

Su opción debe ser también nuestra opción en este tiempo de júbilo, para dar testimonio que somos de veras sus discípulos, colaboradores en la construcción del Reino.

Por eso necesitamos una auténtica conversión de corazón: en un mundo donde se predica por todos los medios el consumismo y el individualismo, donde se valora sólo el tener, el poder y el placer, el cristiano debe ser el paladín de la solidaridad, el profeta del amor hecho servicio en todos los ámbitos.

En una sociedad que se hace lentamente cada vez más secularista, donde casi no queda espacio para Dios o por lo menos no está en el primer lugar como profesamos en los mandamientos, el cristiano debe ser signo de lo absoluto de Dios en su vida y en las estructuras.

Por eso el cristiano debe vivir un proceso constante de conversión. Celebraremos de veras el Gran Jubileo si sabremos luchar por la verdad, por la justicia, por la fraternidad.

Cada uno debe buscar la forma de ser «sal de la tierra y luz del mundo» Por eso el cristiano deberá comprometerse en el ámbito social, político, económico y sobre todo en lo familiar y religioso, para que nuestra convivencia sea el reflejo del amor de la Trinidad. Será nuestro compromiso en este año como cristianos preocuparnos de crecer en la unidad, en el amor, en la solidaridad a ejemplo de la Trinidad para ayudar al mundo en este lento camino de hacer visible el proyecto de Dios. En los tres últimos años hemos meditado el amor de Jesús que nos ha enviado el Espíritu para que vivamos la experiencia de la misericordia del Padre. Como Iglesia queremos celebrar este acontecimiento de fe en el fortalecimiento de nuestros vínculos de unidad, con signos de compromiso con el mundo y orientando nuestros esfuerzos hacia la experiencia de la Comunión que celebraremos en el Congreso Eucarístico a mediados de año. Guiado por María viviremos este acontecimiento de fe caminando con ella en la espera del Salvador y anunciando como ella las maravillas del Señor. llevaremos como misioneros a Jesús que está vivo en nuestros corazones y que quiere salvar a todos los hombres.


Los bendecimos en el Señor.

Mons. Marcelo Palentini, obispo de Jujuy

Mons. Pedro Olmedo, obispo de Humahuaca


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2243, del 15 de diciembre de 1999

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