Homilía
de Mons. Marcelino Palentini, obispo de Jujuy
en la fiesta patronal del Santísimo Salvador (6 de agosto de 2002)
Muy queridos hermanos, sacerdotes,
consagrados y laicos:
Una vez más el Santísimo Salvador nos convoca
para sentirnos más que nunca un pueblo que renueva su fe y su confianza en Él,
que quiere renovarse en el compromiso de ser un auténtico pueblo cristiano.
Lo rezamos en la oración a nuestro Santo
Patrono:
“Reconocemos tu predilección sobre nosotros”
“Crecimos al abrigo de tu Cruz Salvadora”
“Vivimos amparados por tu protección
providente”
Son expresiones de agradecimiento por el amor
que Cristo nos tiene como pueblo suyo, de confianza en su amor providente, de
seguridad que el Señor no falla nunca.
Pero también exigen un compromiso de vida, una
manera de ser, un ideal personal y comunitario.
Por eso nos preguntamos en este año 2002, año
del Señor, año de gracia y de desafíos: ¿Qué nos dice hoy el Salvador?
El Evangelio nos presentó una vez más la
hermosa escena de la Transfiguración: Jesús sube al monte Tabor con sus tres
amigos íntimos: Pedro, Santiago y Juan. Cada uno de ellos con sus límites
humanos y sus ambiciones. Pedro no quería escucharlo a Jesús hablar de cruz, y
Jesús lo reprocha fuertemente. Santiago y Juan querían tener lugares
privilegiados, y Jesús sólo les promete beber de su cáliz. Miedos y ambiciones
que se transformarán luego en entrega generosa y en fidelidad hasta la muerte.
Son testigos de la mayor manifestación divina
de Jesús, más grande que cualquier otro milagro: la Transfiguración. Jesús se
manifiesta por lo que era verdaderamente: Dios. No entienden mucho, pero quedan
atónitos, admirados y Pedro le pide quedar siempre allí, en ese éxtasis de
felicidad plena. Pero en el diálogo con Moisés, el liberador del pueblo de la
esclavitud de Egipto, y con Elías, el gran profeta de la esperanza, Jesús habla
de su entrega fiel al proyecto de Dios en la cruz. Esto les dice a las claras a
los tres amigos que el camino de la gloria es la cruz, no el poder ni las
ambiciones humanas que nos llevan a la comodidad. Jesús y el discípulo deben
cargar con su cruz para llegar a la vida plena.
La escena se completa con la frase del Padre:
“este es mi Hijo muy querido, en quien tengo mi predilección, escúchenlo”
Podemos decir que toda la escena es la
“manifestación” plena de Jesús, el enviado del Padre para llevar a la plenitud
el misterio de la redención de todos los hombres. Ese Jesús que había sido
presentado a los pobres pastores, a los reyes magos, al todo el pueblo en el río
Jordán, ahora es presentado por el Padre a los discípulos predilectos, para que
en el momento del dolor del Huerto y de la muerte en cruz, sea reconocido como
el Salvador, el Hijo enviado por el Padre.
Pero hoy esa palabra del Padre: “escúchenlo”,
debe resonar fuertemente en nuestra mente y en nuestros corazones:
Cuantas voces llegan hoy día a nuestros oídos:
distintas propuestas políticas, propuestas de placeres, de vida fácil y feliz,
propuestas de distintas maneras de vivir la religión, propuestas de rebeldía a
la situación en la que vivimos, propuestas de violencia, propuestas de
solidaridad y de empeño para construir la paz. Todas se mezclan en nuestros
oídos, pero sabemos que las debemos saber discernir con el corazón.
Para escucharlo a Jesús, como nos pide el
Padre, antes que nada debemos hacer silencio, quitarnos todos los ruidos que
impiden meditar esa Palabra de vida eterna que nos quiere comunicar, palabra de
amor, de perdón y de compromiso; palabra exigente y a la vez suave, firme y
consoladora.
Hoy todos juntos podemos decirle: Habla, Señor
porque queremos escuchar la palabra que le dirigiste a los pecadores,
levantándolos de su barro y restituyéndoles la dignidad: “levántate, tus
pecados te son perdonados, vete en paz.”
Queremos escuchar la palabra que dijiste a
Zaqueo, “hoy ha llegado la salvación a esta casa”, pero sabemos que antes
ese hombre ambicioso y egoísta había prometido devolver cuatro veces más lo que
había robado y dar a los pobres mitad de sus bienes.
Queremos escuchar tu palabra que reprende la
ambición de Herodes, la falsedad de los fariseos, la autosuficiencia de los
escribas, invitándolos a un cambio de corazón para que pudiera llegar a ellos
también el fruto de su perdón.
Queremos escuchar nuevamente Señor tu llamado a
seguirte, como se lo dijiste a los apóstoles que dejaron la barca y las redes,
su trabajo, sus cosas y confiaron más en ti que en sus bienes, y no queremos ser
como el joven rico que se fue triste porque la voz de las riquezas fue más
fuerte que la voz del desprendimiento por amor.
Queremos escuchar Señor tu voz dirigida a la
niña muerta: “Yo te lo digo, levántate”. La diriges hoy a todos los
jóvenes, invitándolos a levantarse, a ser hombres nuevos, dispuestos a luchar
por la construcción de la civilización del amor; enamorados de la vida,
entusiasmados por un amor divino que contagia y transforma.
Queremos escuchar también tu voz que nos dice:
“denle ustedes de comer a esta multitud hambrienta”. Volveremos a
preguntarte: ¿Cómo?, ¡si no tenemos nada! Y nos volverás a decir a todos:
traigan lo que tengan, organícense en pequeñas comunidades y compartiendo
generosamente lo poco, con mi bendición será más que suficiente para todos, pero
no se guarden nada con egoísmo, sino ofrézcanlo con generosidad...
Queremos escuchar una vez más tu palabra que
nos dice: “Vine para servir, no para ser servido; el que quiera ser el
primero, que se haga el último, el servidor de todos”. En este momento de
rivalidades políticas, de aspiraciones para los primeros cargos, ilumina Señor
la mente de los que pretenden ser los primeros, para que aprendan de ti a ser
los verdaderos servidores de todos los hermanos, conscientes que nuestra
Provincia y nuestro País cambiará solamente cuando todos sabremos renunciar a
algo nuestro para ofrecerlo al hermano, conscientes sobre todo que la única ley
válida para todos los hombres y todos los tiempos es el amor. Un amor oblativo,
de entrega generosa, no egoísta y posesivo.
Por eso queremos que nos repita una vez más: “ámense
los unos a los otros, como yo los he amado”. Tu amor te llevó a la cruz, y
allí, despojado de todo, nos diste lo que todavía te quedaba: tu perdón y tu
Madre.
Necesitamos mucho de tu perdón, Señor, porque
estamos muy divididos, no nos servimos como hermanos, no nos respetamos en
nuestra dignidad de hijos de Dios, no nos cuidamos como tu amor providente nos
pide. Hay muchas ambiciones, mucho dolor en los corazones, muchos
enfrentamientos: danos tu capacidad de reconciliarnos , de perdonarnos, de
mirarnos de frente, de construir juntos ...
Queremos escuchar una vez más tu palabra que
nos dice: “Vengan a mí los que están afligidos y agobiados, y los aliviaré”.
Son muchos los que están sin trabajo, sin techo, sin cariño. Son muchos tus
hijos que hoy imploran tu protección porque quieren llevar el pan dignamente a
sus familias, que quieren vivir con serenidad en sus hogares. Que tu palabra los
consuele y los reconforte, y que nuestro amor comprometido los acompañe y ayude
en sus necesidades.
Señor dijiste: “Bienaventurados los que
luchan por la paz, porque de ellos es el Reino de los cielos: dale a los que
gobiernan la sabiduría necesaria para descubrir los caminos de la paz, dales a
los ciudadanos la fuerza y la luz para elegir personas de paz, danos a todos el
compromiso de construir la unidad que nos lleva a la paz.
Tu voz Señor, que queremos escuchar, porque así
nos ha pedido el Padre, es de mucha actualidad: nos pide corazón nuevo,
entusiasmo en el servicio y un SI renovado todos los días.
Por eso sabemos que no basta contemplar tu
Transfiguración: hay que luchar para que cada hombre, cada hijo de Dios viva con
esa dignidad: que el pobre, el hambriento, el marginado, el angustiado pueda ser
transformado en verdadero signo de Cristo y todos sepamos reconocerlo como tal.
Ayúdanos a descubrir en cada hermano que sufre cualquier problema o dolencia, tu
rostro transfigurado.
Por eso te pedimos una vez más:
Señor de la historia, Salvador del mundo,
Somos un pueblo que te alaba con sus palabras y
que te quiere honrar con sus obras, un pueblo que sufre y ofrece sus plegarias
para un futuro de paz en la solidaridad
Un pueblo que te quiere servir amando a tus
privilegiados, los humildes y los excluidos
Un pueblo que quiere crecer en santidad,
meditando y anunciando tu Buena Noticia
Un pueblo que te reconoce presente en la
Eucaristía, pan de vida eterna.
Te pedimos por nuestra ciudad y por toda
nuestra Provincia de Jujuy:
Bendice a los niños, especialmente a los más
desprotegidos: que gocen del amor de su familia
Bendice a los jóvenes: que descubran el
verdadero sentido de la vida
Bendice a las familias: que vivan un amor
divino en el sacramento del matrimonio
Bendice a los que llamas a la vida consagrada y
sacerdotal: que anuncien a todos tu Evangelio
Bendice a los que llevan la cruz de la
enfermedad, de la soledad y del encierro en la cárcel: que tengan la
seguridad de tu presencia que reconforta.
Bendice a los que tienen la responsabilidad de
gobernar y a los que se preparan para gobernar: que sinceramente, con
honestidad busquen el bien común y conduzcan al pueblo por el camino de la
justicia, de la verdad y de la auténtica fraternidad
Señor, después de haber escuchado tu palabra,
queremos renovarnos, para servirte y servirnos como nos enseñó María, la Madre
que nos dejaste al pie de la Cruz.
Amén.
Mons.
Marcelino Palentini, obispo de Jujuy