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LA INJUSTICIA INSTITUCIONALIZADA
HACE PERDER LA PAZ
Homilía de monseñor Marcelino Palentini, obispo de Jujuy, en la misa en honor de
la Virgen del Rosario de Río Blanco y Paypaya, patrona diocesana
(Río Blanco, 7
de octubre de 2005)
Hechos 1, 12-14
Salmo:
Magnificat
Mt.5,1-12
La Iglesia vive de la Eucaristía, como fue la experiencia de María.
Los Hechos de
los Apóstoles nos recuerdan como María, después de la Ascensión al cielo de
Jesús, estaba presente con los apóstoles para rezar y ciertamente para
participar del gran misterio de amor que Jesús había dejado a sus discípulos: la
Eucaristía.
Ella que había
concebido a Jesús en su seno y lo había llevado dentro de sí durante los nueve
meses del embarazo, lo volvía a recibir en la Eucaristía, para seguir dándolo a
los hombres desanimados, cansados o temerosos; lo seguía llevando a los hermanos
como lo había llevado a Isabel cuando lo tenía dentro de sí después de la
Anunciación, para que llenara de alegría a los que encontraba en su camino, como
había provocado un canto de alabanza en su prima y saltos de gozo en su hijo,
Juan el Bautista.
Siempre el
encuentro sincero con Jesús provoca en cada uno de nosotros una respuesta de
alegría, de compromiso para acercarnos al hermano que nos necesita. Nos inquieta
para que hagamos algo para los demás y estemos atentos para servirlos con
generosidad y serenidad.
María “no se
manda la parte” por haber sido elegida como la Madre del Salvador, solamente
alaba a Dios que hace maravillas en los humildes; no se envanece sino que se
hace más servidora que nunca; no se aleja de los demás considerándose una
elegida como si fuera un privilegio personal, sino que se hace cercana y
servicial.
María reconoce
la grandeza del Señor que sabe hacer maravillas en los humildes y en los que
tienen el corazón abierto a los proyectos de Dios, no en los suyos.
María no pierde
la sencillez que la ha caracterizado antes de la Anunciación, sino que se
proclama feliz porque el Poderoso tiene proyectos importantes para todos, porque
sabe enaltecer a los humildes y bajar a los orgullosos de los pedestales donde
se habían colocado solitos…
Y Jesús también
nos enseña lo mismo: Él, el Hijo de Dios se hizo hombre, en todo semejante a
nosotros menos en el pecado; se dejó matar para demostrar hasta qué punto puede
llegar el amor que perdona, y finalmente se hace un pedacito de pan, la comida
más sencilla, para ser alimento, para dejarse comer, asimilar, transformar para
asimilarnos a todos a él y transformarnos en Él por el amor y así poner en
nosotros sus mismos sentimientos.
¿Cuáles eran sus sentimientos? ¿Cuál era su proyecto de vida?
En las
Bienaventuranzas encontramos la respuesta:
Vivir
desprendido de las cosas, acompañar con paciencia el crecimiento del Reino que
va madurando lentamente en los corazones y en las estructuras de la sociedad,
necesitada de Dios y a la vez autosuficiente, ambiciosa y orgullosa; sufrir con
esperanza, luchar por la justicia para conseguir la paz del corazón y en la
sociedad, ya que la injusticia institucionalizada muchas veces hace perder la
paz a muchos hermanos que viven en situaciones infrahumanas, sumidos en la
miseria y en la marginación. Él mismo se hizo juez justo que pone las cosas en
su lugar y que reclama atención al hermano solo o desamparado, pide que le demos
el pan al hambriento y dignidad al que no tiene valoración de sí mismo porque le
han quitado hasta la autoestima.
Jesús se hace
misericordia y perdón para todos los que se le acercan arrepentidos y con
corazón renovado, diciéndole “no te condeno, vete en paz y no vuelvas a pecar
más…” como le dijo a la adúltera arrepentida; se hace misericordia como buen
samaritano, acercándose al hombre caído porque le habían quitado no sólo sus
bienes, sino sobre todo la salud y la esperanza de vivir.
Jesús nos enseña
a tener un corazón puro, lleno de aspiraciones nobles, de sentimientos divinos,
de sueños y proyectos acordes con los sueños y proyectos de Dios, para poder un
día contemplarlo cara a cara.
Nos dice que
seremos felices si luchamos por la paz, la igualdad, la justicia, aunque
tengamos que sufrir la incomprensión, las calumnias, el desprecio por ser sus
seguidores convencidos y entusiastas. Sabemos que el camino de Jesús es empinado
y exigente, pero estamos convencidos que lleva a la vida, creemos que Él mismo
será la recompensa para quien vive como él proclamó en las Bienaventuranzas.
Cada vez que rezamos el Padre nuestro decimos. “Venga tu Reino”
Es el reino de
las Bienaventuranzas, de la justicia y de la paz que tenemos que luchar para
conseguir, en nosotros en primer lugar y luego en la sociedad que nos rodea.
Nos
comprometemos a tener los sentimientos de Jesús y de María que son la humildad,
la confianza en Dios, la disponibilidad para construir día a día una sociedad
donde todos se puedan reconocer hijos de Dios, porque les hemos ayudado a
sentirse amados y no olvidados, aceptados y no excluidos,
“Venga tu
Reino”, rezó Jesús dirigiéndose al Padre Sabía que pedía algo dinámico, algo
que no termina nunca, pero que ya ha empezado dentro de nosotros y entre
nosotros.
Exige una
constante conversión y da profunda alegría;
Asegura que está
dentro de nosotros, pero lo tenemos que construir también fuera de nosotros
Está en la
historia pero se conseguirá plenamente después de este tiempo histórico (en la
Parusía)
Ha empezado, y
no terminará.
Viene por gracia
pero a la vez hay que asimilarlo por la conversión personal, hay que luchar por
él superando el egoísmo, el pecado personal y social, las injusticias, etc.
Exige un cambio
personal y a la vez provoca un cambio cósmico.
María lo había
entendido, aun antes d que Jesús proclamara las Bienaventuranzas.
Nosotros lo
aprendemos de ella y de Jesús.
Debe ser nuestro
compromiso de vida: el encuentro con la Eucaristía nos ayuda a hacer lo que
Jesús hizo, pensó y enseñó.
Mons. Marcelino Palentini, obispo de Jujuy
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