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La conversión
camino a la comunión
Mensaje de monseñor Marcelino Palentini, obispo de Jujuy, para la
Cuaresma 2005
Queridos sacerdotes,
consagrados, familias y comunidades cristianas
“De la cabeza a los
pies”
Este es el recorrido
de la Cuaresma, este es el camino de conversión y de renovación que nos pide al
Señor en este tiempo.
Las cenizas que
recibimos en nuestra cabeza al comienzo de la Cuaresma nos ayudarán a “lavar los
pies de los hermanos” en el jueves santo para poder luego sentarnos a la mesa
para celebrar la Eucaristía.
Si no hacemos este
camino no podremos concientemente celebrar nuestra Pascua de Resurrección.
Toda la Cuaresma es
una preparación para esta celebración de la Muerte y Resurrección de Jesucristo.
Es la proclamación de su triunfo sobre la muerte y el pecado, es el paso de la
mezquindad a la generosidad, del egoísmo a la solidaridad, de la ambición a la
humildad, del poder que oprime al servicio que dignifica a todos los miembros de
la comunidad.
El Papa nos recuerda
en su carta de Cuaresma de este año:
“La Cuaresma nos
propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia y para
abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a
recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de
la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de
la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la
cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado”.
Es para todos nosotros un “tiempo propicio para abrir el corazón a la acogida
dócil de la voluntad divina”, y por lo tanto para mirarnos por dentro como
persona y como Diócesis:
Estamos celebrando
todavía los setenta años de nuestra Diócesis. Ha sido y es una celebración que
nos ha hecho mirar para atrás, recordando los pasos hechos hasta el momento, una
historia vivida con alegrías y sufrimientos, con aciertos y dificultades que a
veces nos han hecho claudicar.
Hemos dado gracias y
pedido perdón.
Hemos constatado como
el Santísimo Salvador nos ha guiado junto con su Madre María del Rosario de Río
Blanco y Paypaya para que anunciemos el Evangelio en este mundo que quiere cada
vez más prescindir de la presencia de Dios en las estructuras de nuestra
sociedad…
Hemos gozado de los
logros de tantos años de evangelización, fruto del esfuerzo generoso de tantos
sacerdotes, religiosos y laicos.
Hemos constatado el
camino de madurez de tantos cristianos que asumen cada día más su compromiso de
ser evangelizadores en su lugar de trabajo y en los barrios.
Nos hemos propuesto
ser una “Iglesia servidora y misionera”, “signo de esperanza para nuestra
sociedad”, una “Iglesia que con María construye el Reino de Cristo”.
Todo esto es un ideal
hermoso que nos esforzamos de hacer realidad. Para eso nos han ayudado y nos
seguirán ayudando mucho las Asambleas diocesanas, las asambleas parroquiales,
todas las estructuras que nos permiten crecer en nuestra respuesta
comprometedora de ser Iglesia que mira al Jesús del Evangelio como maestro y a
la realidad humana como destinatario de nuestro trabajo pastoral.
Debemos tomar
conciencia cada día más que necesitamos de una conversión cotidiana:
“Conviértete y cree en el Evangelio”, se nos dice a cada uno el miércoles de
cenizas cuando sobre nuestra cabeza el celebrante pone un poco de ceniza que nos
recuerda la fragilidad humana y la grandeza de la misericordia de Dios.
Con humildad la
recibimos para después vivir la conversión fruto de la apertura del corazón al
Evangelio de Cristo, que nos habla de amor, de unidad, de servicio, de triunfo a
través de la cruz.
Y la Cuaresma termina
el Jueves Santo con la Eucaristía: Misterio de misericordia, de presencia en
medio de nosotros, pero sobre todo misterio de la entrega total de Cristo en la
Cruz, para lavarnos de nuestros pecados, para darnos la vida nueva.
En el Evangelio de
Juan no encontramos la descripción de la institución de la Eucaristía: Juan la
sustituye con el lavatorio de los pies. Jesús se entrega al servicio humilde,
sacándose el manto (su dignidad divina) y haciéndose siervo (se pone la toalla)
para lavar los pies de los discípulos, también de los que luego lo negarían, del
que lo traicionaría. Se entrega dándose todo por amor. Completará este servicio
a los hombres con su muerte en la cruz, para lavar todos los pies (los pecados
de la humanidad entera) e invitarnos luego al banquete donde nos habla de amor,
de unidad, de amistad.
La Eucaristía que
celebramos el jueves santo debe llegar a ser la conclusión de este itinerario
cuaresmal que nos ha ayudado a convertirnos interiormente, a adherir al proyecto
de Dios en nuestra vida. La conversión no es solamente pasar de una vida de
pecado a una vida de gracia, sino es sobre todo para el cristiano comprometido
pasar de la indiferencia al entusiasmo por Cristo; de la resignación a la
decisión de cambiar el mundo con la fuerza de la Palabra hecha vida; de la
preocupación por uno mismo al compromiso por el hermano; de una lectura
individualista de los acontecimientos a una lectura de los signos de los tiempos
con el espíritu de Cristo; de una actitud de comodidad a un jugarse por la
justicia y la verdad; de un mirar desde la otra vereda a un sentirse involucrado
por todo lo que sucede con el empeño de transformarlo.
De esta manera también
nosotros con Jesús lavaremos los pies a los hermanos, sin mirar a quién y sin
tener miedo que no nos respondan con la misma medida generosa.
La Eucaristía no es
solamente un encuentro personal e íntimo con Jesús, es sobre todo un dar la vida
con Él, como Él y para Él.
El Sacerdote, el
consagrado, el laico que participa de la Eucaristía no puede salir de la
celebración como entró: Cristo lo envía a “lavar los pies” de los pobres, los
desocupados, los desprotegidos, los que están solos, los que han perdido el
rumbo de la vida, los que han perdido el sentido de su Bautismo.
En este año dedicado a
la Eucaristía, asumamos como un desafío lo que nos propone Juan Pablo II:
¿Porqué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las
comunidades diocesanas, y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar
con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo?
No olvidemos que en
nuestras comunidades hay muchos “pies para lavar”; hay muchas heridas para
sanar, hay muchas separaciones para unir; hay mucho “polvo” para limpiar…
Si empezamos con el
acto de humildad de las cenizas nuestra Cuaresma, podremos concluir con la
alegría de la Cena del Señor que es mesa compartida, pan partido para la
salvación de todos, esperanza de unidad y de amistad con Cristo y con cada
hermano que se debe sentir amado por Jesús que vino para salvar a todos y que
nos llama a todos “amigos”.
Que esta Cuaresma nos
ayude a caminar hacia la verdadera Comunión, con Cristo y con los hermanos y así
con toda la alegría del corazón celebraremos la Pascua del Señor, el Paso a la
verdadera vida.
De corazón los bendigo
y les deseo que como familias cristianas y como comunidades de fe vivan este
tiempo de gracia con el entusiasmo de los que se sienten purificados,
perdonados, amados por Dios.
Su padre obispo
Mons. Marcelino Palentini, obispo de Jujuy
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