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NAVIDAD, APASIONADA CERCANÍA
DE DIOS CON EL HOMBRE
Mensaje de los obispos de Jujuy para la Navidad (25
de diciembre de 2005)
Un año más sentimos la cercanía de Dios en nuestras vidas y
experimentamos ese amor grande que El nos tiene. ¡Dios se hace uno
como nosotros! y nos alegramos por ello, festejamos, adornamos con
luces de colores nuestras casas y nuestras calles, nos felicitamos y
nos hacemos un poco más niños, como si el Niño que nos ha nacido nos
invitara a achicarnos a cada uno de nosotros y olvidarnos de todo
aquello que nos aleja de la confianza, del amor y de la generosidad
solidaria con todos.
Pero estos días,
también tienen el peligro de hacernos olvidar que lo que celebramos es
el inicio de esa gran historia de amor que es la Encarnación de Dios.
Cuando cantamos los cantos navideños recordamos a los pastores, los
pobres que recibieron la Gran Noticia y quienes le ofrecieron al Niño
lo poco que tenían.
Una Encarnación que
nos invita a mirar como los Pastores, desde abajo, porque desde arriba
se ve de otra manera. Hay que abajarse, achicarse y caminar hacia
Belén en busca de quien nos va a salvar y encontrarse,
sorpresivamente, con la fragilidad de un niño pobre.
Nuestra vida, hoy,
sigue siendo un gran pesebre viviente, anónimo y al mismo tiempo
gigantesco. Están todos y ninguno sobra, Dios sigue naciendo en medio
de nuestro pueblo y la Estrella sigue brillando cada vez que somos
capaces de dejar nacer la Esperanza en medio nuestro; cada vez que
pensamos en el bien común, en el bien del otro antes que en el
nuestro; cada vez que compartimos, aunque sea poca cosa, con aquellos
que aun tienen menos que nosotros.
Un pesebre donde el
papel madera y el cartón también son el escenario de muchas casas
donde vive nuestra gente, en las que el agua corriente no corre y la
Luz ilumina la pobreza, reflejo de una sociedad que dice creer en el
Niño Dios pero que se olvida que, solo con creer, no se supera la
indigencia y que hemos de esforzarnos en dar hasta que duela, para que
nadie sienta que su vida no tiene sentido.
Un pesebre donde
hay muchas figuras rotas, de esas que a veces uno siente la tentación
de sacar del pesebre porque afean, pero que están ahí, rotas, porque
alguien las manejó mal, las rompió y dañó; porque alguien no supo
cuidarlas. Rotas también porque esta sociedad nuestra les enseñó a
aprovecharse de los otros, haciendo de la miseria un negocio del que
vivir, rotas por el desengaño de las promesas no cumplidas, rotas
porque no acaban de descubrir el camino hacia Belén, hacia la
Esperanza, sintiéndose dejados fuera del camino de la vida.
Un pesebre en el
que Herodes y los que se sienten poderosos siguen sin saber donde se
encuentra al Niño, celosos de su poder, de sus seguridades y
preocupados solamente de su bienestar y en el que únicamente los
pastores, los pobres pastores, lo descubren.
Pastores que
duermen y vigilan al aire libre, no por gusto, sino porque no tenían
nada mas. Sorprendidos, recibe el Anuncia y escuchan a los Ángeles, se
ponen en camino y descubren el Regalo de Dios a los hombres y después,
lo anuncian. Estas actitudes de escucha, de búsqueda y de anuncio
gozoso nos siguen haciendo falta en nuestro pesebre de la vida, lo
mismo que las de los Reyes Magos, quienes pretendiendo encontrarlo en
un Palacio lo buscan y encuentran donde no lo esperaban, en un pobre
pesebre y por eso se admiran y ofrecen lo que tienen y, más llenos de
lo que vinieron, vuelven de regreso a dar a otros aquello que
encontraron.
En este pesebre
nuestro, los pastores siguen siendo todos aquellos que se dejan
sorprender por Dios en medio de la vida, que buscan y encuentran al
Niño envuelto en las arrugas de un abuelo olvidado de todos, o en los
dolores del enfermo o en las lagrimas de una madre que no sabe como
sacar a su hijo del infierno de las adicciones.
Pero este Pesebre,
como aquel de Belén, sobre todo, sigue siendo un lugar de encuentro,
de silencios, de caminos que llegan y salen, de invitación a dejarnos
regalar por Dios. Un pesebre que nos invita a salir de nuestras
fronteras, de nuestros legalismos y normas y transitar el camino
desconocido que lleva hasta el Amor hecho Hombre; que nos invita a
contar desde la vida el canto de la justicia solidaria, efectiva y
afectiva; que no nos deja callar, que nos inquieta y nos mueve hacia
lo pequeño; que nos obliga a transitar por los caminos del espacio
público y a levantar la voz, para anunciar a otros que somos felices,
aun desde nuestra miseria; para explicar que nos hemos dejado
sorprender por Dios; que hemos de hacernos solidarios con los
excluidos para incluirlos en este gran Pesebre que es la vida y que
tiene muchos brotes de esperanza repartidos en pequeños gestos que
cambiaran el mundo de a poco, encarnándonos; comprometiéndonos, como
el mismo Dios, en nuestra Historia; haciéndonos imagen divina. Algo
que conseguiremos cuando aprendamos a mirar a los otros y al mundo con
la ternura y la bondad de Dios.
Por eso, porque
hemos visto al Salvador y venimos a adorarlo, envuelto en los pañales
de la esperanza de tantos y calentado por el aliento del amor de
todos, Feliz Navidad.
Vuestros pastores y
hermanos
Mons. Marcelo Palentini, obispo de Jujuy
Mons. Pedro Olmedo, obispo de Humahuaca |