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LA MISA ES ALGO
DEMASIADO GRANDE
Homilía de monseñor Joaquín Piña, obispo de Puerto Iguazú,
22 de junio de 2003
Hermanos y Amigos: El Papa Juan Pablo
nos ha regalado una hermosa Carta Encíclica, -la 14ª de su Pontificado-, sobre
la Eucaristía. No quisiera que pase desapercibida para Ustedes, y por eso
aprovecho hoy, Día del Corpus Christi, en el que festejamos la presencia de
Jesús en este gran Sacramento, para ofrecerles, si no un resumen, por lo menos
algunos puntos o consideraciones que nos puedan servir.
La Carta abunda en recuerdos personales del Papa.
Nos cuenta el papel que ha tenido la Eucaristía en su vida. Que ciertamente no
fue fácil: Los años duros de su juventud, bajo la persecución comunista. La
responsabilidad del gobierno pastoral en las Iglesias que le tocó presidir. La
carga de ser el Sucesor de Pedro en el gobierno de toda la Iglesia. El atentado
que sufrió aquel 13 de mayo, y del que nunca se pudo acabar de reponer. En todas
las circunstancias, nos dice, la presencia de Jesús en la Eucaristía y el
Santo Rosario fueron lo que me sostuvo.
Por supuesto que la Encíclica tiene toda una
primera parte doctrinal, en la que nos recuerda que se trata de “un misterio de
Fe, que supera nuestro pensamiento, y que sólo puede ser aceptado desde la Fe”.
Como ya lo decía Santo Tomás, es inútil buscarle explicaciones puramente
humanas. Sólo el amor de un Dios, que nos amó hasta dar la vida, pudo inventar
esta forma de presencia, mediante la cual estará con nosotros “hasta el fin del
mundo”.
Se detiene y repite muchas veces lo que ya había
dicho el Concilio Vaticano II, que “la Eucaristía es la fuente y la cumbre de
toda vida cristiana”. Y en particular de la evangelización, ya que su objeto es
llevar a los hombres a la unión, (com-unión) con Cristo, y en Él, y con Él, al
Padre y al Santo Espíritu.
Juan Pablo II desarrolla pormenorizadamente la
relación que existe entre la Eucaristía y la Iglesia. “La Eucaristía edifica la
Iglesia”. Cuando comulgamos, no sólo recibimos a Cristo, sino que somos
recibidos por Él. Este pan, hecho Cuerpo de Cristo, será como enseña Ignacio de
Antioquia, medicina para nuestra debilidad espiritual. Pero, al mismo tiempo,
nos comprometeré en nuestra responsabilidad de edificar una sociedad más
conforme al Plan de Dios. Porque el Reino de Dios no es sólo para el más allá,
sino para el más acá. Se debe realizar desde ya, y se manifiesta en que “los más
débiles, los más pequeños y más pobres esperen la atención de alguien que, con
su solidaridad, los ayude a esperar”.
Previniendo algunos errores que se puedan
infiltrar, el Papa aclara que Jesús encarga la Eucaristía a los Apóstoles y sus
sucesores, sin los cuales no podría ser celebrada. De ahí la importancia y la
necesidad que tenemos del sacerdote; y cómo sufre una comunidad que no lo tiene.
(Otra cosa es la distribución de la Sagrada Comunión, que puede hacer un
diácono, o un laico que esté autorizado).
Desarrolla luego el tema de la “comunión
eclesial”. La Eucaristía es el signo de la unidad de los cristianos, pero no se
la puede “utilizar” como un instrumento para alcanzarla, sino que la presupone y
convalida. Por esto no se puede celebrar la Eucaristía donde una comunidad no
está unida. ¡Cuántas veces nosotros nos tendríamos que cuestionar esto!
En la última parte, el Papa saca algunas
conclusiones prácticas. Recuerda por ejemplo, que según la doctrina católica,
Jesús se hace presente no sólo en la Misa, sino que permanece, bajo esta
apariencia del pan, aún después de la celebración, para que podamos sentirnos
acompañados por Él y adorarlo. De aquí la práctica de la Adoración al Santísimo,
que se suele tener en nuestras iglesias; las solemnes procesiones del Corpus
Christi, y las visitas al Santísimo Sacramento, en la intimidad con Jesús.
Finalmente, Juan Pablo II nos exhorta al debido
respeto que se debe a este gran Sacramento. Como yo les dije algunas veces, no
se puede “utilizar” algo tan grande como es la Misa, -el Sacrificio de Cristo en
la Cruz-, para realizar cualquier celebración, o fiestita nuestra, familiar o
particular. ¡La Misa es algo demasiado grande! Si los cristianos, católicos, lo
entendiéramos, no nos tendrían que recordar e insistir en la participación.
Lástima que ya no me queda espacio para hablarles de esto. Tal vez otro día lo
pueda hacer.
Los bendice con afecto su Padre Obispo
Mons.
Joaquín Piña Batllevell,
obispo de Puerto Iguazú
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