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PEREGRINACIÓN JUVENIL DEL NEA A ITATÍ


Homilía de Monseñor Joaquín Piña, obispo de Puerto Iguazú, durante la misa central de la peregrinación juvenil del NEA a Itatí
(19 de septiembre 2004)


Queridos jóvenes:

En una oportunidad, ya hace años, había preparado una prédica, y empecé diciendo, como acostumbramos: “queridos hermanos”. Pero, de repente, sin dejarme hablar más, saltó, de entre la gente, un loco, (o no sé si era tan loco), y me gritó: “Hipócrita ¿para qué nos dice queridos hermanos, si usted no nos quiere? Los curas no nos quieren. La Iglesia no nos quiere...” etc., etc. No voy a seguir con su discurso.

Pues bien, lo primero que pretendo decirles es que no es cierto lo que dijo ese exaltado, que nos les quiero. Yo les quiero mucho a los jóvenes. La Iglesia les quiere mucho a los jóvenes. El Papa –ya lo saben–, les quiere mucho a los jóvenes. ¿Cómo no les vamos a querer? Si ustedes son lo mejor que tiene la Iglesia. Si la Iglesia, a pesar de tener 2000 años encima, es siempre la Iglesia joven. En términos bíblicos, sería “la joven esposa del Cordero”. O en términos modernos, “Juventud, primavera de la Iglesia”...

Por esto, que ya hace 25 años que hacemos esta Peregrinación de los Jóvenes del NEA, en coincidencia con la fiesta, o la llegada de la Primavera. La primavera que significa vida nueva. Que todo se renueva. Que después del invierno, en que la naturaleza se aletarga un poco, otra vez brota la vida, la fuerza, el entusiasmo, la alegría.

Les he dicho “queridos” de verdad. Pero lo más importante, no es que les quiere el Obispo, que les quiere el Papa. Que les quiere el cura asesor de la Parroquia. Lo más importante es que les quiere CRISTO.

Cuando aquel joven del Evangelio se acercó a Jesús, éste le miró con cariño. Seguramente que a todos ustedes, que han venido la mayoría desde muy lejos, caminando con no poco sacrificio, -yo ya no doy para esto...-, Jesús y la Virgen les han mirado con cariño. Con muchísimo cariño. Como al hijo, que desde lejos, llega a la casa de mamá. Donde, por supuesto, está su Hijo, Jesús.

Entonces, esto es lo primero y principal que quería decirles hoy: Que Dios les quiere. Que María, la madre, les quiere. Les sonríe. Que valora su esfuerzo. Que se alegra mucho de verles aquí. Tantos jóvenes! Tantos hijos suyos! Que está para escucharles ¿cómo no? ¿Qué intenciones traen? ¿Qué preocupaciones? ¿Qué angustias en su corazón? Y ¿por qué no? ¿Qué alegrías vienen a contarle? ¿Qué favores que agradecerle?

He dicho al comienzo, “queridos hermanos”. Y ya les he dicho como son queridos. Queridos por Dios y la Virgen. Queridos por la Iglesia. Por sus Pastores, que les queremos, aunque a veces no sepamos cómo hemos de manifestar este cariño. Que les tenemos que decir. A veces, también que les tenemos que exigir o pedir. O cómo animarles para no decaer.

“Queridos jóvenes”: Quiero decirles algo, también, sobre los jóvenes.

A mi me aburre cuando me dicen que la juventud está mal.

Lo que está mal es el mundo. El mundo en ese sentido en que lo decía el Apóstol y el evangelista San Juan.

Hay un mundo que evidentemente, está en contra de Jesús. Y por esto le crucificaron a Jesús.

Y, frente a este  mundo, estamos nosotros. Metidos en el mundo (lo dijo Jesús), pero llamados a ser distintos. A ser levadura, a ser sal, a ser luz, que salve a este mundo. Porque Dios, como lo recordaba San Pablo, en la carta que nos han leído, “Quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2). Y son muchos los que no están en la verdad. Los que viven en el error.

Ustedes son muchos. Pero evidentemente que nos son todos, los que están aquí. Unos porque no pueden, claro está. Pero otros, porque no quieren.

Gracias a Dios, en nuestras Iglesias del NEA ha muchos jóvenes; y esto es una gran esperanza. Pero, claro está, que son muchos más los que no están en la Iglesia. Los que no están en los grupos de la Parroquia. Más aún, los que no quieren saber nada. Porque están en otra...

Y está debería ser nuestra preocupación: los que nos están. Los que se los tragó el mundo. El ambiente. La sociedad de consumo. Los que no aspiran a un cambio. Los que no luchan. Los que no son libres, -son esclavos de sí mismos, del vino, de una adicción. Los que adoran los ídolos. Cuyo dios es el vientre, dice San Pablo. El dinero, el placer, el sexo. Los que viven en la frivolidad, en la pavada. Los que no quieren pensar, que todos vinimos a este mundo para algo. Que tenemos una Misión. Una Vocación, que quiere decir que somos llamados por Dios para algo. Para poner, cada uno de nosotros, nuestra parte, por pequeño que sea, para construir este mundo mejor. Esta sociedad alternativa, como decimos. La otra Argentina. La que queremos que así como están las cosas, no da más. Que este mundo que hemos construido -o que nos dejaron nuestros mayores-, con tantas injusticias, con tanta corrupción, no da más.

Escuchamos lo que decía, en su tiempo, el Profeta Amós, denunciando a los que “pisoteaban al pobre”. Parece que quieren que desaparezcan los pobres (como se dijo, en tiempos de Menem: En vez de hacer desaparecer la pobreza; en vez de luchar contra la pobreza, la emprendieron contra los pobres. Ya que no podemos hacer que desaparezca la pobreza, que desaparezcan los pobres, parecían decir). Y pone ejemplos, el Profeta. Ejemplos que parecen actuales. Dice que compran y venden a los pobres “por un par de sandalias”, y cosas por el estilo. ¿No es esto lo que sucede, cada vez que hay una campaña electoral? ¡Qué feo que es esto de comprar a la gente con dinero! Y luego, ya sabemos lo que pasa: después de las elecciones, se olvidan, y ahí queda la pobre gente que les votó.

Queridos jóvenes: Cómo hemos de luchar para que no nos quiten más nuestra dignidad. Para no dejar mas que nos mientan. Para defender la dignidad de todos nuestros hermanos. Sus derechos. Que la gente pueda vivir bien, como Dios quiere. Porque, como lo decíamos en el himno del Congreso, “no es posible morirse de hambre, en la tierra bendita del pan”.

Claro que para esto, queridos, hay que hacer opciones. El evangelio que hemos escuchado lo dice muy claro. No es posible servir a dos señores. Servir a Dios y al diablo. Servir a Dios y al dinero.

Si nosotros hemos elegido, ya hemos tomado partido por Cristo, no le podemos defraudar. Porque no se trata de una formalidad, (¿se acuerdan de lo que prometimos el día de nuestra Confirmación?). No se trata de una formalidad, sino de un compromiso en serio.

Queremos ser jóvenes que se tomen en serio su compromiso como cristianos. Un compromiso de luchar en la construcción de un mundo mejor. De una Patria mejor. Comenzando por nosotros mismos. Por nuestra familia. Nuestro ambiente. El trabajo, el estudio, el barrio...

Hablamos de “compartir”, de “globalizar la solidaridad”, y esto es muy importante. Pero, en la base de todo esto, está la justicia. No se puede tapar con limosnas lo que se debe por justicia. Hay que empezar por ser honrados, honestos. No entrar en ese juego de la corrupción, que por desgracia, se generalizó tanto.

Los jóvenes de hoy están llamados a construir la Patria del mañana. La Argentina que todos queremos. Esta “tierra bendita del pan”. Dios nos ha dado tantas cosas! En la tierra de sus corazones, hay tanta riqueza! Muchos jóvenes buenos con ideales, con ganas de hacer algo. Tal vez lo que les falte es decirles que es posible. Que, con la ayuda de Dios, se puede.

No se dejen llevar por esas voces quejumbrosas, de los que lo único que saben hacer, es lamentarse y decir que no se puede hacer nada. No es cierto. Mienten.

Jesucristo vino a un mundo más desquiciado que el nuestro, y lo cambió. Los cristianos estamos llamados a cambiar el mundo. Claro que ya sabemos que esto no se hace de un día para el otro. Que hay que ir formando las conciencias. Que esto será un trabajo largo, y por lo mismo, no hay que desanimarse. Que vamos a tener que venir muchas veces, a los pies de la Virgen, a pedirle su ayuda. Que vamos a tener que robustecernos, muchas veces, con el Pan de la Eucaristía. (Vayan a Misa cada domingo, que lo necesitamos. Hace falta alimentarse mejor!)

En resumen, que hace falta dos cosas: 1º, Optimismo. No le hagan caso a los profetas de calamidades. Sean alegres y crean en Dios, que Él es la roca firme, que no se derrumba. El fundamento de nuestra esperanza.

Y 2º, no se desalienten, por nada. Jesús cayó tres veces en el camino de la cruz, y otras tantas se levantó. La constancia, la perseverancia es esencial. Sin esto, nunca llegarán a la meta.

Vuelvan a sus casas con este propósito de seguir luchando por un mundo mejor. Porque Dios lo quiere, y ustedes deben ser los protagonistas en la construcción de este mundo nuevo. Cada uno en lo suyo. Comprométanse en la Iglesia. En su grupo. En su Parroquia. No acepten el pesimismo.

Aunque somos conscientes de nuestras limitaciones, de nuestra pequeñez, pero por esto es que hemos venido aquí, para pedirle a Dios y a nuestra Madrecita, la Virgen de Itatí, que nos ayude, nos de fuerzas para volver, y contarle a nuestros hermanos que Dios nos quiere. Que Él está con nosotros. Que María es lo más grande que hay. Que ellos nos van a ayudar en esta empresa. La de construir un mundo mejor, más humano, más fraterno, más cristiano. Que así sea.


Mons. Joaquín Piña Batllevell,
obispo de Puerto Iguazú



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