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SER INMIGRANTE


Carta de monseñor Joaquín Piña, obispo de Puerto Iguazú,
19 de setiembre de 200
4 -  Vigésimo quinto domingo durante el año


Hermanos y amigos:

El domingo pasado les hablé sobre la colecta del “Más por menos”. Pero no quisiera que se nos pase por alto que esta misma fecha, 12 de septiembre, se celebraba el Día Mundial del Migrante.

El fenómeno de las migraciones ha estado siempre presente en la historia de la humanidad. Los judeo-cristianos, e incluso los islámicos, no podemos olvidar que nuestra historia empieza con la emigración del Patriarca Abraham, el Padre del Pueblo. Y que nuestra “liberación” se realizó a través de un éxodo, cuando Moisés, al frente de ese mismo Pueblo, tuvo que salir de Egipto, (que significaba la esclavitud), para dirigirse a la “Tierra Prometida”, que sería como “la tierra sin mal”, de nuestros queridos Mbya; la que “mana, (o manaba), leche y miel”.

Si de algún país del mundo se puede decir que es el resultado de sucesivas corrientes migratorias, que vinieron a poblarlo, éste es la Argentina. (Según los antropólogos, los mismos guaraníes, que llamamos pueblos originarios, en realidad habían venido desde el Norte, de las costas del Caribe, en un lento desplazarse hacia el sur del continente).

Si algún pueblo no tiene derecho a ser xenófobo, éste es el pueblo argentino, ya que ninguno de nosotros puede negar que alguno de sus ancestros haya venido como inmigrante, procedente de otro lado. (Cómo podríamos quejarnos, o excluir a alguno de nuestros hermanos latinoamericanos, que han venido más recientemente, si todos nosotros hemos de reconocer que nuestros antepasados vinieron también de otro lado. Posiblemente de muy lejos...

Qué importante, y qué lindo en este caso, que todos los que han venido, y también los que actualmente pueden venir, se sientan bien recibidos. Yo ciertamente, que también soy inmigrante, puedo decir esto de mí mismo.

Felizmente tuvimos fama de ser un país que acogía a todos sus hijos. Muchos de ellos que llegaban, casi como náufragos, a estas costas del Río de la Plata. Sería triste que nos olvidáramos de nuestros orígenes. Y sería una lástima que rompiéramos con esta larga tradición de acogida al inmigrante.

En alguna ocasión, yo me quejé de que, entre nosotros, en la Provincia, se tuviera como inmigrantes únicamente a los que vinieron de ultramar. Y es casi un título honorífico: ser inmigrante, o descendiente de inmigrantes. Y por esto, cada año, se les dedica una gran fiesta, en Oberá, como la que están teniendo estos días.

Felizmente, en los últimos años, le incluyeron también a las colectividades de los países limítrofes. Pero todavía hay quienes piensan que inmigrantes son sólo los que vinieron de Europa; y no tienen el mismo trato con los hermanos más cercanos, de nuestros pueblos latinoamericanos.

Desde la Iglesia, y en concreto la Pastoral Migratoria, hemos tenido que luchar mucho para que la legislación migratoria, y sobre todo la aplicación de la misma, deje de ser discriminatoria con estos hermanos, muchos de los cuales vinieron a la Argentina empujados por realidades adversas en su país de origen. Pareciera que nuestras leyes estuvieran sólo para defendernos de que vengan otros a compartir nuestras riquezas. Las tramitaciones migratorias son tan burocráticas y complicadas, que parecen hechas sólo para desalentar a los que pretenden vivir legalmente en nuestro país.

Qué pena que los puentes internacionales que se hicieron en la región, sirvan más para conflictos que para ser vínculos de integración, como se pensó cuando los planificaron.

El Mensaje del Papa para ese día, dice que las migraciones deberían servir para “construir puentes de paz y hermandad entre los pueblos”. Y que las diferencias, que pueden existir entre unos, y otros, deberían contribuir para un mutuo enriquecimiento.

De manera que tendríamos que seguir buscando la forma de que nuestras leyes y reglamentos, y sobre todo su aplicación, sean más justas, fraternas, amistosas. Que eviten toda discriminación. Porque si amamos de verdad a nuestros hermanos, no es posible que los discriminemos.


Su Padre Obispo

Mons. Joaquín Piña Batllevell, obispo de Puerto Iguazú



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