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LA FAMILIA MÁS FELIZ
Carta
de monseñor Joaquín Piña, obispo de Puerto Iguazú,
26
de diciembre de 2004
- Fiesta de la Sagrada Familia
Hermanos y amigos:
Con muy buen criterio, la
Iglesia quiere que este domingo, que queda entre Navidad y Año Nuevo, se celebre
la Fiesta de la Sagrada Familia. Para hacernos creer en la cuenta de que, el
Hijo de Dios, cuando vino al mundo, nació en el seno de una familia.
No es un meteorito, que cayó
del cielo; sino que, aún siendo Dios, es un hombre, igual que nosotros. Y por
esto necesitó nacer, y tener una madre y una familia que lo cuide. Y fácilmente
podemos imaginarnos cómo sería esta familia. Con el bueno de San José, un
trabajador humilde, silencioso... (en todo el Evangelio no aparece ni una sola
palabra de San José) pero solícito, preocupado. Que incluso está dispuesto a
desaparecer para no dejar mal a María, ante un embarazo que no sabe de donde
viene. ¡ Y qué Fe, para creer lo que le dice el Ángel! ¡Y qué dificultades que
tendrá que afrontar! Porque, apenas nace el Niño, ya lo persiguen, y tiene que
escapar para exiliarse en un país extranjero. O sea que pasaron también, con su
esposa y el Niño, la situación de tantos inmigrantes de hoy. ¡Qué feo que es
vivir en el extranjero, y sin documentos! Como que no existís. No tenés ningún
derecho.
Ciertamente que no le
faltaron dificultades a esta familia. Y, sin embargo, fue la familia más feliz
que haya existido jamás.
Y ¿cómo se entiende esto?
Muy fácil. Porque le tenían
consigo a Jesús.
Yo les solía decir a los que
se preparaban para casarse: No dejen de invitarle a Jesús a su casa. Y no sólo
el día del casamiento, que en eso está lo grande y lo lindo del matrimonio
cristiano-. No es tanto por una exigencia, sino que es un contrato, -les decía
yo-, que se hace entre tres. Y el tercero, el invitado, es Jesús. Pero no sólo
el día del casamiento, sino todos los días de su vida, “Hasta que la muerte nos
separe”. ¡Qué distintas que serían las cosas, si Jesús estuviera siempre en
nuestro hogar!
Es cierto que esto no elimina
las dificultades. Que hoy parece que se sienten más que antes. Porque no estamos
preparados para el sacrificio. No sólo somos egoístas, sino que somos
psicológicamente muy frágiles. Y, en términos médicos, estamos con las defensas
muy bajas... (Entre estas defensas, no hay duda que estaría la fe en Dios).
Estas dificultades, que son
normales en todo hogar, solo se superan si somos capaces de recurrir a Jesús y
pedirle esta fuerza interior que nos hace falta. Que reavive nuestro amor. Que
nos enseñe a amar de verdad. Porque el amor verdadero, ya sabemos que se
reconoce, sobre todo, en el sacrificio, -¡en las horas difíciles-, y en la
capacidad de perdonar. Porque, ¿quién no se equivocó, o falló alguna vez? Y
justamente en la reconciliación y el perdón es donde se conocen los que son, de
verdad, discípulos de Jesús.
Ésta es la piedra de toque
para saber si el amor es verdadero o no. Donde se demuestra si el amor era una
pura atracción biológica, o un auténtico amor humano y cristiano.
Es lindo cuando uno ve estas
familias bien unidas, que gracias a Dios, las hay. O estas otras familias que
luchan, entre muchas dificultades, para salir adelante. Porque hay que reconocer
que no es fácil. Toda convivencia, a la larga, suele ser difícil. Pero, con la
Gracia de Dios se superan, tanto las dificultades iniciales, que hay que vencer
para llegar al amor maduro. Podríamos decir “el aprendizaje” del amor. Como esas
otras que vienen más tarde, con el cansancio...
Cuando mis padres ya habían
celebrado sus Bodas de Plata, me comentó un amigo mío, que les había acompañado
por Buenos Aires: Parecían dos novios. ¡Linda señal!
Y claro que es posible, con
tal de que vuelvan a casarse todos los días, delante del Señor.
Les bendice su Padre Obispo,
Mons. Joaquín Piña Batllevell,
obispo de Puerto Iguazú
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