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DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA II

 

Carta de monseñor Joaquín Piña, obispo de Puerto Iguazú,
8 de enero de 2006

 

Hermanos y amigos:

Después que le hemos festejado al Niño, en estos días, pienso que debemos retomar lo que les había prometido, el comentario o resumen del documento de los Obispos sobre la Doctrina Social de la Iglesia, y sus implicancias sobre la situación social del país.

Les decía que toda esta doctrina se apoyaba sobre 5 pilares, el primero de los cuales era el “bien común”.

“La persona humana no puede encontrar su realización solo en sí misma. Es decir, prescindiendo de su ser con y para los demás”. Y esta construcción del bien común se verificará precisamente en la promoción y defensa de los miembros más débiles y desprotegidos de la comunidad”.

Para examinarnos sobre si estamos realmente comprometidos en esta construcción del bien común, se proponen estas dos cuestiones:

1) Si, al defender nuestros derechos, lo hacemos dentro del respeto a los derechos esenciales de los demás. Y

2) Cómo nos comportamos en el uso de los bienes públicos. Porque para algunos, parece que decir que algo es un bien público, equivale a decir que no es de nadie. En vez de pensar que “es de todos, para el servicio de todos, adquirido con el aporte de todos”, piensan que se lo puede dañar, destruir, o distribuirlo discrecionalmente entre clientes y amigos.

Por esto se pide a las familias que eduquen a los hijos en el respeto a las cosas públicas. (Pongo como ejemplo la escuela, que siempre es un bien público, aún cuando esté bajo una gestión privada) Lo mismo se pide a los educadores, los catequistas y los medios de comunicación social. Sin este respeto, -dice el documento-, qué difícil que se hace vivir en sociedad y construir el país. (Hace unos años, en el área metropolitana de Buenos Aires, comenzaron a circular unos trenes un poco mejores. Al cabo de un tiempo, estaban hechos un desastre. Mejor que ahora no vayan a ver cómo se encuentran por suerte, hay excepciones)

El segundo pilar de la Doctrina Social es “el destino universal de los bienes”. Dios creó la tierra y cuanto hay en ella para uso de todos sus habitantes. En consecuencia, los bienes creados, (la tierra en primer lugar), deben estar al servicio de todos en forma equitativa. “Bajo la égida de la justicia, y con la compañía de la caridad”.

Así lo entendieron ya los Antiguos Santos Padres. Por desgracia, muchas veces, esta enseñanza se fue regalando al olvido. Tal vez porque no se la supo conjugar con otro principio importante, que es el de la propiedad privada. Como les dije alguna vez, todos los miembros de una comunidad, y no sólo unos pocos privilegiados, tienen derecho a poseer, (ser propietarios) de lo necesario para vivir. Porque la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que siempre está subordinada al bien común. (Por esto, en todo Estado civilizado, existen las leyes de expropiación) Y aquí es donde se plantean muchas cuestiones, que nos afectan profundamente a nosotros.

Aunque se reconoce que el problema no es nuevo, sino que se viene arrastrando de mucho tiempo atrás. Y aún se hace mención de algunos aportes que ha hecho el actual Gobierno en vista a una solución, pero es evidente que es muchísimo lo que queda por hacer en este campo. Porque como siempre les dije, el drama de nuestro país no es la pobreza como tal, -somos uno de los países potencialmente más ricos del mundo-, sino la inequidad en la distribución de la riqueza. Y se reconoce con dolor que la brecha entre los que tienen todo, y aún derrochan provocativamente, y los pobres que no tienen nada de nada, en vez de acostarse, se va ensanchando cada vez más.

Se llama la atención especialmente sobre dos graves situaciones de pobreza. Veamos la primera, y dejemos para el domingo que viene la segunda.

Se trata de la falta de un trabajo digno y estable. Es esta una de las peores desgracias que hemos sufrido, y de cuya magnitud, tal vez, no nos hicimos cuenta cabal. Se recuerda como naciones que sufrieron la guerra, pudieron rehacerse en un plazo bastante breve, por el trabajo de sus habitantes. Porque el trabajo es la principal riqueza de una Nación. Si queremos que la Argentina resurja de la terrible crisis que hemos sufrido en estos años, no tenemos más remedio que procurar la dignificación de nuestros trabajadores, mediante la creación de fuentes de trabajo genuinas, y la supresión de esa cultura de la dadiva.

El próximo domingo, Dios mediante, hablaremos de la segunda situación de pobreza, que es el difícil acceso a la tenencia de la tierra.


Mons. Joaquín Piña Batllevell, obispo de Puerto Iguazú


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