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DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA III


Carta
de monseñor Joaquín Piña, obispo de Puerto Iguazú,
15 de enero de 2006

 

Hermanos y amigos:

La tierra, -ya lo insinuaba el domingo pasado-, es el primer don de Dios al hombre, para proveer a su sustento.

En un país tan extremadamente grande como la Argentina, la distribución de la población, cada vez más concentrada en las grandes ciudades, amenaza constituir una estructura permanente, generadora de pobreza. El equilibrio entre el campo y la industria sería uno de los secretos de la riqueza de una nación, como lo demuestran los países del primer mundo, altamente industrializados, pero que de ningún modo descuidan la promoción del agro.

Por esto se pregunta, qué se podría hacer para revertir ese flujo constante de nuestra población hacia el Gran Buenos Aires y las Capitales de Provincia. ¿Cómo favorecer las economías regionales, de modo que nuestros jóvenes puedan desarrollarse en su propio contexto social y cultural? ¿No sería necesaria una reforma agraria, que aliente a la gente del campo, los pequeños y medianos productores a permanecer en la vida y el trabajo rural? Y ¿Cuándo se terminará de reconocer a nuestros pueblos originarios su derecho de propiedad comunitaria sobre la tierra que fue de sus ancestros? ¿Cómo, desde el Estado, se tendrían que implementar políticas que defiendan más eficazmente el medio ambiente?

Pero no son estas las únicas situaciones de pobreza que merecen nuestra atención. Habría que hablar, ante todo, de la deficiencia de la educación en todos sus niveles. Sin una adecuada escolaridad y enseñanza, será cada vez más difícil que los pobres participen de los bienes necesarios para su desarrollo. Es evidente que la falta de trabajo castiga, sobre todo, a los que tienen menos preparación. Más bajo nivel de escolaridad.

Lo mismo tendríamos que decir de la precariedad de los servicios de la salud, a los que muchos no tienen acceso.

La salud es el primer bien tangible para todo ser humano. De ahí la importancia del cuidado de la integridad física y psíquica, y la gravedad de carecer de la suficiente atención.

En Iguazú, soy testigo de cómo sale la gente del hospital, con la receta en la mano, y sin saber qué hacer con ella. Ni hablemos de los casos de mayor complejidad. ¡Qué fácil que le fue al Estado privatizarlo todo! Y los pobres que no pueden pagar, ¿Qué?

Finalmente, como consecuencia de tantas causales que engendran pobreza, no puede dejar de mencionarse esta tan pesada carga que supone para el país, -y por tanto sobre cada uno de sus habitantes-, la así llamada deuda pública, o deuda externa. Los Obispos expresamos el deseo de que, a pesar de las dificultades que todos conocemos ésta sea negociada con éxito, para alivio de nuestro pueblo.

Sobre este tema, yo ya les he manifestado muchas veces mi opinión. Es evidente que se trata de una deuda injusta. De una deuda que ya hace tiempo que tendríamos pagada. De una deuda que no se puede seguir pagando con el hambre del pueblo. (Esto lo dijo el Papa, y también nuestro Presidente, aunque la sigue pagando...) Una deuda que, si no se negocia y salda definitivamente, más que una Deuda externa, será una deuda externa. Claro que es una de las formas cómo los dueños de la economía mundial nos tienen dominados.

El documento termina este punto advirtiendo certeramente que la famosa Deuda tiene dos caras, que han de ponernos sobre aviso, para evitar en el futuro, caer en lo mismo: De un lado, la injusticia de la economía internacional que reina en este campo, pero de otro, la irresponsabilidad de quienes contrajeron esta deuda, o alentaron a contraerla, a espaldas del pueblo.

El próximo domingo, Dios mediante, hablaremos de los tres pilares sobre los que se asienta la Doctrina Social de la Iglesia...

Les saluda con afecto su padre Obispo


Mons. Joaquín Piña Batllevell, obispo de Puerto Iguazú


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