Continuamos con este documento de los obispos
sobre la Doctrina Social de la Iglesia (DSI)
El tercer pilar sobre el que se asienta esta DSI
es la subsidiariedad.
¿Qué es esto de la subsidiariedad? El principio
de la subsidiariedad dice que no se debe delegar a una instancia
superior de lo que se puede hacer, o resolver, en una instancia
inferior.
En un Estado Federal como el nuestro, al
Gobierno central no le correspondería lo que se puede resolver en la
Provincia; así como la Provincia no tendría que hacer lo que se puede
desde el Municipio. En la Iglesia, al Obispo no le corresponde hacerlo
y decirlo todo. Para eso están los curas, y ¿por qué no?, Los laicos.
En la familia, la mamá no tiene que hacer los deberes del nene. Si no,
nunca aprenderá. Otra cosa es que lo ayude y estimule.
Subsidiar quiere decir precisamente esto:
Ayudar, facilitar, para que el otro lo haga. Y no al revés, absorber,
centralizarlo todo. Nosotros, en la Diócesis, hablamos de que la
parroquia tiene que ser una “comunidad de comunidades”. No es bueno
centralizarlo todo. Aunque claro está que debe reinar la armonía y una
buena organización.
El principio de subsidiariedad, se dice en el
documento, protege a las personas de los abusos de las instancias
superiores; e insta e éstas para que, más bien animen a los
particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Así
se podrá lograr que cada uno pueda ofrecer al conjunto lo que tiene de
propio y original.
Entre las aplicaciones de este principio, se
habla, por ejemplo, de la educación. La escuela de gestión privada
cumple, en la sociedad, un papel importante, y por esto es justo que
el Estado lo reconozca, y aporte lo que sea necesario para su
financiamiento, en igualdad de condiciones con la de gestión pública o
estatal. Al fin y al cabo esto se hace con los impuestos que pagan
todos los ciudadanos y que se deben distribuir proporcionalmente.
Alguna vez yo dije que no me gusta que se hable
de “enseñanza privada” y que se hagan distinciones con la pública. En
realidad, toda enseñanza es una función pública. Otra cosa es que,
según el principio de la libertad de enseñanza, el Estado acepta,
agradece y facilita que sean las instituciones privadas las que
ofrecen este aporte a la educación de los que está de acuerdo con sus
principios.
Muchas veces no se ha aplicado este principio de
subsidiariedad en nuestra organización social, ya sea por exceso, ya
sea por defecto.
Por exceso, cuando el Estado acapara para sí
todas las iniciativas, libertades y responsabilidades. Es lo que
sucede, en grado extremo, en los regímenes totalitarios... ¡Cuidados
que no caigamos en ello!
Por defecto se da cuando el Estado no protege a
los más débiles frente a los más fuertes. Es el liberalismo a
ultranza. La plena libertad de mercado, en la cual, como siempre, el
pez grande se come al pequeño.
En la Argentina se dieron los dos extremos:
desde un estatismo creciente, que hizo que termináramos pensando que
el Estado era como un dios, que podía y tenía que solucionar todos
nuestros problemas. Hasta un liberalismo feroz, (piensen en la década
de los 90), que desmanteló el Estado, privatizándolo todo, sin la
necesaria protección social que habría que haber exigido.
Lamentablemente aumentó aun más el gasto público, que se pretendía
reducir.
Ambas corrientes, -dice muy bien-, consolidaron
y produjeron el sismo social que hemos conocido, (del 2001) Ahora
estamos en la etapa de la construcción, y Dios quiera que aprendamos
de la dolorosa experiencia pasada.
Porque demasiado se instaló entre nosotros esa
cultura de la dávida, que pervierte el principio de subsidiariedad.
Como si todo hubiera que esperarlo de arriba. Con lo que se degradó la
dignidad del pobre, y se lo convirtió en un sujeto incapaz de
participar en la vida democrática. Así, digo yo, es como se maneja a
las masas empobrecidas, cada vez que tenemos una campaña electoral.
¡Pobre democracia!
El próximo domingo, Dios mediante, hablaríamos
de los dos pilares que todavía nos falta, sobre los que se apoya la
DSI. Entretanto les bendice su Padre Obispo