Alocución pronunciada por Mons. Mario Poli el 20 de abril de 2002,
en su consagración episcopal
"Concédeme, Señor, un corazón que escuche..." 1Re 3, 9
Ante todo deseo agradecer a los presentes: los obispos, sacerdotes y
diáconos, los religiosos y religiosas, seminaristas, los fieles en
general, gente de las parroquias en las que he compartido –especialmente
reconocí al pasar a muchos del Corazón de Jesús–, amigos de la
infancia y de mi juventud, familiares y vecinos de mi barrio, sacerdotes y
hermanos camilos –los que me hospedaron en ese santuario de la caridad
en mis días de retiro– y los chicos del Hogar San Camilo de Vagues...
muchos vinieron de muy lejos... Todos Uds. con su fe y profundo sentido de
Iglesia, han querido ser testigos del milagro de la sucesión apostólica
que ha llegado hasta mí, acaso para manifestar sobre mi fragilidad, una
vez más, la grandeza del amor de Jesucristo resucitado invitándome a
abrazar con confianza la plenitud del sacerdocio que él legara a su
Iglesia.
Se
impone, por muchas motivos, elevar a Dios una acción de gracias por
tantos beneficios recibidos en esta mañana y a Él le pido que me ayude a
hacerlo de la manera sencilla y sincera como me enseñaron mis padres a
ser agradecido con la vida.
De
las palabras y gestos del rito sacramental de la ordenación celebrada –los
que encomendé cuidadosamente a mi memoria e imaginación en los días que
precedieron a esta ordenación–, me surge un primer reconocimiento a la
fuente de toda vocación en la Iglesia y en el mundo: la Santísima
Trinidad, comunidad santa de amor recíproco entre el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, y de cuya abundancia de dones recibo la gracia primera de
ejercer en su Iglesia, el apasionante oficio de padre, hermano y amigo (relatio
post disceptationem, I,8). Del mismo modo, la liturgia del sacramento
del orden me ha invitado a sumergirme en su misterio trinitario y pascual,
para recibir sin ningún mérito de mi parte, el ministerio de la caridad
pastoral. Y así, asomado al abismo de su inefable misericordia, he pedido
la gracia de recordar el origen trinitario de este oficio de amor en
cada eucaristía que celebre, en cada gesto humano y pastoral, hasta que
Dios me atraiga definitivamente con su amor.
Mi
mente y mi corazón se dirigen ahora al Santo Padre Juan Pablo II,
representado aquí entre nosotros por su nuncio apostólico Mons. Santos
Abril y Castelló, quien ha tenido la bondad y deferencia de acompañarme.
De la benevolencia y solicitud apostólica por todas las iglesias del
Obispo de Roma, quien nos ha hecho pasar con confianza y esperanza el
umbral del Tercer Milenio en el contexto de un Jubileo inolvidable, recibo
esta misión apostólica y me hago eco de las palabras de este venerable y
sabio anciano cuando se dirigió al Sínodo de los Obispos: "El camino
de la pobreza –dice el Papa– es el que nos permitirá transmitir a
nuestros contemporáneos "los frutos de la salvación". Por
tanto, como obispos estamos llamados a ser pobres al servicio del
Evangelio. Ser servidores de la Palabra revelada, que, cuando es preciso, elevan
la voz en defensa de los últimos, denunciando los abusos de aquellos
que Amós llama "descuidados" y "disolutos". Ser
profetas que ponen en evidencia con valentía los pecados sociales
vinculados al consumismo, al hedonismo, a una economía que produce una
inaceptable brecha entre lujo y miseria, entre unos pocos
"epulones" e innumerables "lázaros" condenados a la
miseria. En toda época, la Iglesia ha sido solidaria con estos últimos,
y ha tenido pastores santos que, como intrépidos apóstoles de la
caridad, se han puesto de parte de los pobres. Pero para que la voz de los
pastores sea creíble, es necesario que ellos mismos den prueba de una
conducta alejada de intereses privados y solícita hacia los más
débiles. Es necesario que sean ejemplo para la comunidad que se
les ha confiado...". Valientes e inspiradas palabras a las que
adhiero de corazón. Pero además acepto la totalidad e integridad de su
enseñanza –palabras y gestos– y hago mío, Beatísimo Padre, tu
ideario conciliar, siempre actualizado por tu magisterio audaz, que cuenta
para la nueva evangelización "con la figura del obispo configurado a
Cristo Buen Pastor en la santidad de vida" 1. Pido para
vos, amado Padre, lo que reza la jaculatoria popular que la tradición
atribuye a Santa Catalina de Siena: "Que el Señor te guarde y te
proteja, te haga feliz en la tierra y no permita que caigas en manos de
tus enemigos".
Para
colmar mi asombro sobrevino al don otro regalo, pues el señor Cardenal
Jorge Bergoglio me designó como obispo en la Vicaría Flores, su
"niña mimada". Asomado apenas a esa realidad, me animo a que
con mi gratitud aceptes, querido Arzobispo Jorge, un deseo sincero, y es
que espero, con la ayuda de los sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos, continuar la obra que comenzaron mis predecesores y no anhelo otra
cosa que aprovechar la huella evangélica y buen ejemplo de aquellos
pastores. Para ello me declaro aprendiz de obispo, y pido la gracia
de adelantar en mi oficio dejándome enseñar, escuchando y compartiendo
las esperanzas e inquietudes de quienes llevan las cargas pastorales.
Precisamente
elegí por lema de mi episcopado una súplica, la que elevó Salomón y
tanto agradó a Dios: "Concédeme, Señor, un corazón que
escuche..." (1Re 3, 9). Creo que la Iglesia es la primera en
tomar esta actitud, porque la historia de la Iglesia –que no es otra
cosa que la historia de la evangelización–, en páginas hermosas me ha
enseñado que nunca la Iglesia es más ella misma, sino cuando escucha a
su Señor, y espejándose en su voluntad salvífica, se anima con audacia
martirial a la evangelización, se hace más libre y fiel a su naturaleza
y misión. Sí, me guía el ejemplo de San Pedro a quien hoy escuchamos
decir: "Señor, a quién vamos a ir, si Tú tienes palabras de
vida eterna" (Jn 6, 69). Yo quiero escuchar la voz de Cristo, la
voz autorizada de los Padres de la Iglesia, la que enseñé por años en
la cátedra, pero que ahora pretendo entender en clave pastoral; escuchar
la voz de mis hermanos obispos y sumarme sinceramente a los esfuerzos por
mantener la colegialidad alcanzada; abrir los oídos atentos a la
enseñanza de los teólogos y las experiencias y reflexiones de los
pastores, al consejo de los mayores que nos preceden en la fe; espigar en
la paciente escucha y comprensión de los confesores, la voz y la opinión
del pueblo fiel, de hombres y mujeres de Iglesia que tienen mucho para
darme. Agradezco a Dios la inspiración de mi súplica y pido la
perseverancia en este propósito.
Uds.
saben, no es una novedad, que estuve la mayor parte de mi vida en el
Seminario, primero como seminarista y luego como formador. Treinta de los
cincuenta y cuatro años que tengo, los pasé en esa casa de formación.
Pienso que no me van a alcanzar los años que me restan para dar gracias
por tanto beneficio. Vaya mi agradecimiento más profundo a quienes fueron
nuestros formadores, y entre todos ellos, expresando creo, un sentimiento
compartido con mis amigos sacerdotes aquí presentes, Fernando, Caio, y
Antonio –en Roma–, y seguramente los de mi generación, evoco a quien
fuera nuestro buen rector, el Padre Alberto Albisetti, cuya pascua tuvo
lugar hace ya unos años. Luego vino el tiempo largo de mi ministerio como
formador. Considero que fue mi formación permanente, puesto que del
intercambio, pienso que fui el más beneficiado. Los seminaristas y mis
coapóstoles en la formación, fueron de una singular riqueza y si de algo
tengo que lamentarme, es de no haber aprovechado más de lo que se me
ofrecía tan generosamente. Sí, cabe la gratitud y pedir perdón por no
haber estado en muchos momentos a la altura de las circunstancias. Pero
sobre todas las cosas en el día de mi alegría, cabe una confidencia, una
confesión, porque si es cierto que después de compartir la vida, nadie
se aleja sin quedarse para siempre, creo que es el momento de decir a los
cuatro vientos un sentimiento que me quema si no lo digo, con lo más puro
que tengo: Seminario te amo; por tus seminaristas que lo dejaron
todo para seguir al Señor y son la esperanza de la Iglesia: Seminario
te amo; por la entrega silenciosa y oculta de mis hermanos sacerdotes
que dejan lo mejor de sí para que Cristo sea todo en todos: Seminario
te amo; por tus empleados laboriosos y sacrificados, por tu historia
varias veces centenaria y tu fidelidad en la vida cotidiana: Seminario
de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires, te debo todo y te
amo con todo mi corazón.
Una
palabra agradecida a las autoridades, alumnos y profesores de la Facultad
de Teología, la que primero me formó en la inteligencia de la fe y luego
me abrió las puertas de la enseñanza, incorporándome a la cátedra de
Historia de la Iglesia. Durante años fui miembro de su sabio Consejo
Académico y ha sido para mí una ganancia por lo recibido de mis colegas.
Hoy
veo y agradezco la mano de Dios que me llevó por caminos hermosos. El
ejemplo de mis padres y hermanos en una familia católica, donde mamé los
valores humanos y cristianos, que me ayudaron a convivir, compartir y
respetar a los demás. Hoy mi familia, después de duras pruebas superadas
con resignación cristiana, me edifica y acompaña con su afecto y
espíritu. Tuve la suerte de cursar el primario en una escuela del Estado
de mi barrio, donde hice amigos que conservo. Bendigo la feliz idea de uno
de ellos –quien partiera de este mundo en plena juventud–, por
invitarme al grupo scout católico, primero en la Parroquia de Nuestra
Sra. de la Salud y luego en San Pedro Apóstol, donde el servicio comenzó
siendo un juego para convertirse en un ideal de vida, y con el tiempo, me
preparó para recibir con alegría la bendita vocación que me tiene aquí
parado.
Mi
paso por la Universidad, el servicio militar a los 20 años, los grupos
misioneros, amigos y amigas, mis inquietudes políticas y sociales de
joven inquieto, todo colaboró, digo yo, a formar al hombre, al cristiano
y al sacerdote que tienen aquí. A la distancia, veo la mano suave de mi
Padre Dios, que todo lo dispone para bien de los que lo aman. Elevo
mi oración agradecida por tanta gente buena, honesta y responsable que
encontré en la senda recorrida... Y ahora me lanzo hacia delante, no
porque conozca el nuevo trayecto, sino porque confío primero y ante todo
en la gracia y en la presencia del Resucitado que camina a nuestro lado,
como también, en la oración de todos Uds.: hermanos obispos y sacerdotes
presentes, familiares y amigos, religiosas y religiosos, miembros del
pueblo de Dios.
Quiero
a mi Patria y me siento cómodo con cualquier argentino que se preocupe
por nuestra nación, especialmente por los que más sufren en estos días,
aunque no pensemos igual. Me sobran motivos para ofrecer mi oración y si
cabe, los buenos oficios de mi episcopado como prenda de pacificación,
espacio de diálogo y encuentro entre hermanos. Me sumo al esfuerzo de los
que con trabajo honrado, seriedad y espíritu solidario piensan que es
posible hablar el lenguaje de la esperanza que no defrauda.
Una
palabra gozosa para los sacerdotes de la arquidiócesis que entregan su
ministerio como misioneros en el interior del país y en países de
misión. Permítanme honrar a todos ellos en la persona del P. Mario
Beverati, misionero en Rusia, un amigo entrañable que voló más de
10.000 kilómetros para celebrar con nosotros. El bellísimo icono del
rostro del Señor que Uds. ven, me trae el afecto y la oración de la
comunidad católica de Niyni Novgorod que visité el año pasado.
Entre
los jóvenes diáconos que pronto serán sacerdotes, colman mi alegría
los Diáconos permanentes, casados ellos y con sus familias... Saben que
los tengo muy cerca en este día y son para mí presencia permanente de la
caridad de Cristo, servidor de los hombres. Que Dios bendiga y prospere la
diakonía en nuestra arquidiócesis.
Quiero
dedicarle este último momento a la Virgen Santísima que la evoco en su
privilegio de la Inmaculada Concepción y particularmente en el rostro
moreno de Nuestra Señora de Luján. Las antiguas crónicas que nos hablan
de su milagro y el origen de su devoción, exaltan la figura de un humilde
negro esclavo que fuera por muchos años su fiel sacristán. Volvamos a
espejarnos en sus ojos para pedirle por nuestras familias, por nuestra
Patria, por mí: su nuevo obispo, por todas las intenciones que traemos en
el corazón. Hagámoslo primero con una jaculatoria que el Negro Manuel
elevaba con su fe sencilla y que expresa su inquebrantable fidelidad
mariana: Soy de la Virgen nomás; repitan conmigo, Soy de la
Virgen nomás... (varias veces). Ahora digamos todos juntos el Ave
María: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está
contigo...
Mons. Mario Aurelio Poli, obispo titular de Abidda y auxiliar de
Buenos Aires
Nota: