Comenzamos la Cuaresma y mi oración por los fieles de la Diócesis
se hace más intensa para que todos sepamos profundizar en las
palabras que inspiran al Santo Padre en su Mensaje Cuaresmal de
1999: "El Señor preparará un banquete para todos los
pueblos"(1) .
En
este año previo al Tercer Milenio dedicado a Dios Padre, es bueno
redescubrir el amor inmenso de Dios -Padre amorosísimo- que no
perdonó a su propio Hijo para que podamos participar del premio
infinito de la Gloria, que es el Cielo.
Y
mientras estamos en la tierra, la Cuaresma es un tiempo propicio
para agradecer a Dios tantas bondades con cada uno de nosotros.
Principalmente porque "nos ha bendecido con toda clase de
bendiciones espirituales, en los Cielos, en Cristo; por cuanto nos
ha elegido en El antes de la creación del mundo, para ser santos e
inmaculados en su presencia, en el amor" (2).
En
este itinerario cuaresmal -preparándonos para el Banquete Pascual,
que prefigura el encuentro definitivo en el Cielo- queremos vivir
con más empeño que nunca lo que nos indica la liturgia:
convertíos y haced penitencia.
El
convertirse, ese volver a Dios -el Padre misericordioso, que nos
espera como al hijo pródigo siempre dispuesto a perdonarnos-, hará
que nos acerquemos con más frecuencia al Sacramento de la
Reconciliación con verdadero espíritu de penitencia, que nos
llevará a poner los medios para decirle que -¡de veras!- queremos
estar con El.
Recorriendo
así la Cuaresma, nos preparamos para la Pascua de Cristo, el
Misterio que se anticipa en la Ultima Cena, como nos recuerda el
Santo Padre: en la celebración eucarística -la Santa Misa, el
Banquete eucarístico-, "se hace real, sustancial y duradera la
presencia del Señor resucitado (...), y se ofrece el Pan de vida
que es prenda de la gloria futura" (3).
En
este Banquete, Dios Padre convoca a todos sus hijos para que nos
identifiquemos con Cristo y podamos vivir la vida de Cristo. En él
nos apropiamos de la Redención obrada por Cristo. En cada Misa
está presente toda la Iglesia y se "nos abre la puerta de la
participación definitiva de la vida en Dios" (4).
Esta
participación de la vida divina aumenta nuestra caridad: esa virtud
que recibimos en el Bautismo, que se acrecienta en cada Sacramento
que recibimos fructíferamente, y que el Santo Padre nos recomienda
profundizar durante este año, en la Carta Apostólica Tertio
Millennio Adveniente (5).
"La
caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas
las cosas por El mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos
por amor de Dios" (6). Para participar con todo fruto
del Banquete eucarístico, es necesario vivir la caridad de este
modo: procurando querer a Dios, y al prójimo como El nos ama.
En
estos días el Señor ha querido bendecirnos de una manera muy
especial: con el temporal sufrido en la ciudad de Santo Tomé. Este
evento ha puesto en evidencia el espíritu solidario del pueblo
correntino, de instituciones gubernamentales y privadas de todo el
país, de diversas diócesis y personas en particular, que nos han
prestado su colaboración de modo inmediato, y que siguen ayudando
en la medida de sus posibilidades.
Sin
duda un acontecimiento de esta magnitud conmueve, interpela a cada
uno. Pero la caridad debemos procurar vivirla todos los días, y en
cada momento del día: en la convivencia familiar, en el trabajo, en
la calle, con los amigos… Por ello, qué importante es que
acudamos, con la frecuencia posible, al Banquete Eucarístico donde
al comulgar, nos hacemos uno con Cristo, y podemos amar como El nos
ha amado.
Con
el anhelo que todos podamos acercarnos a recibir a Jesús
Sacramentado y así un día participar de la vida en Dios para
siempre-"Dichosos los invitados al banquete de bodas del
Cordero" (7), les deseo una feliz Pascua de
Resurrección y les envío mi bendición más afectuosa,
Mons. Francisco Polti, obispo de Santo Tomé
Notas