Nos
introducimos una vez más en el misterio de Belén, y este año querría
que detuviéramos nuestra mirada en la Familia compuesta por Jesús,
María y José, modelo de cada familia cristiana.
Es
así como conocían a Jesús, al Hijo de Dios hecho hombre, como el hijo
del carpintero y como el hijo de María, como un integrante de una familia
humilde y trabajadora de Nazareth.
En
San José, vemos a un hombre normal y cumplidor en su trabajo diario, sin
muchas posibilidades económicas y con una idea muy clara de cuál es su
deber y voluntad sincera para cumplirlo, venciendo su comodidad.
María,
una mujer que se sabe llamada a algo a lo que ninguna otra mujer podrá
experimentar ni ser: Madre de Dios; es la llena de gracia que, a la vez,
crece en santidad en las labores cotidianas del hogar de Nazareth.
Un
hijo, ser humano perfecto, que nace, vive y muere, pero que, al mismo
tiempo, es Dios, el Hijo de Dios Encarnado, Jesús; y que pasa la mayor
parte de su vida aquí en la tierra, viviendo en familia, con sus padres,
dándonos ejemplo de cómo se santifica la familia, cómo han de ser
nuestras relaciones familiares.
Es
una familia singular y es también una familia normal; en la cual no
había lujos ni ocasión de tenerlos, pero sí alegría, calor humano,
cariño de verdad, donde cada uno estaba al servicio del otro.
La
Navidad es una fiesta para compartir en familia. Es un tiempo oportuno al
final de año, para que cada integrante de la familia, haga un examen
sobre el trato que dispensa a los demás, del tiempo dedicado
desinteresadamente al que vive a su lado, del servicio al otro, de si supo
perdonar de corazón las ofensas del otro.
"Muchos
problemas de las familias contemporáneas, como nos decía el Santo Padre,
derivan de una creciente dificultad de comunicarse. No se consigue estar
juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las
imágenes de un televisor.(2) ¿No sucederá esto en nuestra
familia? ¡Qué bueno sería que todos para esta fiesta saquemos el
propósito de compartir lo que cada uno somos y tenemos, de abrir nuestro
corazón a la familia expresando nuestros sentimientos, de comunicarnos
con el que tenemos al lado!
Tenemos
que hacer nuestro el grito del Papa "familia, sé lo que eres",
es decir una comunidad que tiene la misión providencial de custodiar, de
revelar y comunicar el amor de Dios a los hombres. Y para eso, como decía
un sacerdote santo, "tenemos que estrenar el amor todos los
días", principalmente a través del servicio desinteresado en las
pequeñas cosas que van sucediendo cada día en el hogar.
Cada
uno de nosotros tenemos que hacer crecer más en nuestras familias el amor
y la fidelidad, la comprensión y el respeto, la alegría y la paz, la
solidaridad y la ayuda generosa. Podemos –¡y debemos!– ayudarnos y
alentar a tantas familias que sufren las consecuencias del egoísmo y de
la pobreza.
Para
vivir todo ello con ilusión sobrenatural, nos ayudará lo que nos dice el
Santo Padre en su Carta Apostólica "El Rosario de la Virgen
María", instituyendo un año del Santo Rosario: "La familia que
reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es
una oración que se presta particularmente para reunir a la familia.
Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la
capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse,
perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor
renovado por el Espíritu de Dios".
En
estos días navideños imploremos a Jesús, María y José para que cada
familia de la diócesis y del mundo entero sea el más fiel reflejo de la
familia de Nazareth.
Con
el anhelo que tengan una santa y feliz Navidad, los bendigo de todo
corazón.
Santo
Tomé, diciembre de 2002.
Notas: