Bajo este lema, el pasado 8 de diciembre, desde la Catedral y cada una de
las Parroquias inaugurábamos el Año Jubilar Diocesano, por los 25 años de
creación de la Diócesis por el Santo Padre Juan Pablo II, el 3 de julio de
1979.
La conmemoración del
nacimiento de Jesús en el Portal de Belén es una nueva oportunidad para
abrir las puertas, de par en par, de nuestro corazón, para que el Niño
Dios pueda encontrar en él una digna morada.
Así como San José,
esposo de Santa María y padre aquí en la tierra de Jesús, arregló aquel
pobre pesebre para la llegada del Salvador al mundo, así debemos preparar
nuestro corazón.
Ante todo, como primer
paso, debemos contemplar el Misterio de Dios que se hace hombre;
metiéndonos como un personaje más en los Evangelios, lo que desembocará en
el asombro y en un diálogo afectuoso con el Señor.
Este diálogo no solo
debe ser personal, sino que en cada hogar, la familia, Iglesia doméstica,
se abra a la oración ante el pesebre; para que cada uno de los integrantes
irradie paz, amor, dulzura, tolerancia, perdón, docilidad y respeto a
imagen del hogar de Jesús, María y José, el hogar de Nazareth.
¡Qué alegría para Dios
ver a toda la familia rezando ante el Pesebre! Junto con la oración vendrá
la unión familiar más plena, como nos recordaba el Santo Padre en la Carta
Apostólica sobre el Rosario, citando a San Agustín: “familia que reza
unida, permanece unida" (1).
Si el asombro fue
grande ante Dios que se hace como uno de nosotros, excepto en el pecado,
cuánto mayor ante Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, oculto bajo el pan
y el vino consagrados.
Ese mismo Dios que
nació en Belén, hoy se nos da como alimento para nuestras almas, para no
ser fugitivos de la ciudad terrena, mientras peregrinamos a la Casa del
Padre. El X° Congreso Eucarístico Nacional que tendrá lugar en Corrientes,
nos recordará que Jesús en la Hostia Santa debe ser el centro y la raíz de
toda nuestra vida.
“Lo primero que produce
la Eucaristía, a partir de los corazones que reciben su gracia, es la
comunión fraterna, la vida compartida y los bienes repartidos (2).
Este es un tiempo oportuno, al ver a Dios que se ha abajado tanto, para
dejar de pensar sólo en nosotros mismos y comenzar a tener presentes a los
hermanos, “a abrirse generosamente a los demás, haciendo suyo las
necesidades de los otros, dando su vida por los hermanos" (3).
Al Hijo de Dios que
viene como un niño en la Navidad y que se nos ofrece cada jornada como Pan
de Vida, abramos las puertas de nuestro corazón para que nuestro andar en
la tierra sea el camino del Cielo.
Con el deseo de una
santa y feliz Navidad, e invocando la protección de la Sagrada Familia de
Nazareth, les imparto mi más cariñosa bendición pastoral.
Santo Tomé, 11 de
diciembre de 2003.
Mons. Francisco Polti, obispo de Santo Tomé
Notas: