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CRECER EN LA FE Y EN EL AMOR A LA
EUCARISTÍA
Mensaje de monseñor Francisco Polti, obispo de Santo Tomé, al concluir
el Año de la Eucaristía (6 de octubre de 2005)
A
los queridos fieles de la diócesis de Santo Tomé:
La Iglesia está
viviendo y celebrando la XI Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los obispos como momento culminante de
este Año Eucarístico. Su tema, “La
Eucaristía,
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia” nos
ayuda a comprender que en este admirable sacramento, Cristo nos
atrae a todos hacia sí (Juan 12, 32) y nos convierte en sarmientos de
la vid, que es Él mismo.
De la fuente de la
Eucaristía
obtendremos las fuerzas y bríos apostólicos para continuar la tarea de
extender por todas partes la semilla del Evangelio, que es amor a Dios
y a nuestros hermanos.
Con la fe de la Iglesia, creemos
con todas las fuerzas de nuestro corazón que el Sacrificio Eucarístico
–la Santa Misa- es el memorial de la Pascua del Señor, es decir, hace
nuevamente presente entre nosotros la obra redentora de Jesucristo
consumada en su pasión, en su muerte y en su resurrección gloriosa. Al
mismo tiempo, confesamos en la Sagrada Eucaristía la presencial real
del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo. Y con la
misma fe recordamos las palabras de Jesús en el Evangelio: “El que
come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna” (Jn. 6, 55).
Jesucristo se ha
quedado en
la Eucaristía
para fortalecernos en la fe, para agrandar nuestro corazón, para
enseñarnos a amar y a vivir con la dignidad de los hijos de Dios, para
ayudarnos a ser felices en la tierra haciendo el bien, y así llegar a
ser felicísimos para siempre en el cielo.
La relación con
Jesús en la
Eucaristía
fue el secreto de la vida espiritual de Juan Pablo II, dijo Benedicto
XVI a los fieles que lo acompañaron en el rezo dominical del Angelus.
“¡Con qué devoción celebraba la misa, centro de cada una de sus
jornadas! ¡Cuánto tiempo pasaba en adorante y silenciosa oración ante
el tabernáculo!” ¡Cómo nos anima el ejemplo de una vida santa! Si nos
empeñamos en vivir de este modo, cada una de nuestras jornadas será
verdaderamente eucarística.
La Eucaristía es el
centro de la vida cristiana; es el lugar privilegiado para el
encuentro con Jesucristo, en torno al cual se congrega toda la
comunidad cristiana. “Si permanecemos unidos a Él, entonces daremos
fruto también nosotros, entonces ya no daremos el vinagre de la
autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creación, sino el
buen vino de la alegría en Dios y del amor por el prójimo"
(1)
Cuando se acercaba
el momento en el que Jesús iba a ofrecer su vida por los hombres, tan
grande era su amor, que en su Sabiduría infinita encontró el modo de
irse y de quedarse, al mismo tiempo. ¿Cómo corresponderemos a ese amor
inmenso?
Es necesario
resaltar que crecer en la fe y en el amor a la Eucaristía,
significa valorar cada día más la Santa Misa,
memorial vivo y actual del Sacrificio del Calvario. ¿Asistimos al
Santo Sacrificio los domingos y fiestas de guardar –¡cuánto bien nos
haría el que procurásemos hacerlo con más frecuencia!-, dándonos
cuenta que estamos participando en una acción divina? ¿Nos preparamos
muy bien para comulgar, con el alma limpia de pecado, sabiendo acudir
al sacramento de la Penitencia todas las veces que sea necesario?
¿Visitamos, además, cotidianamente a Jesús oculto en el Sagrario? Lo
que aconsejaba el Sumo Pontífice a los padres sinodales, también es
extensivo a cada uno de nosotros: “no sólo digamos cosas bellas
sobre
la Eucaristía,
sino que vivamos de su fuerza”
(2)
Asimismo, existe un
profundo lazo entre la Eucaristía
y la caridad, vínculo que viene desde la primitiva Iglesia cristiana.
La participación en la Eucaristía
fortalece la acción caritativa de todos, como fruto de la gracia
recibida en este sacramento. La comunión con el Pan Eucarístico, en el
clima familiar de una comunidad cristiana, nos ayudará a crecer en la
verdadera caridad y en el servicio hacia nuestros hermanos,
especialmente los más necesitados. El amor a Jesucristo nos hará tomar
una determinación firme y perseverante de empeñarnos por las
necesidades de los hermanos desprovistos de ayuda, de aliento, de
comprensión, de perdón, del alimento del cuerpo y del alma.
Tengamos presente lo que nos dice el Santo Padre: “Con alegría, por
tanto, desde el inicio de este servicio que el Señor me ha pedido,
reafirmo el carácter central del sacramento de la presencia real de
Cristo en la vida de la Iglesia y en la de todo cristiano”(3)
. Que
este año de
la Eucaristía,
que tratamos de vivir al unísono con el Vicario de Cristo, encienda en
los fieles de la Diócesis el
ardor de la fe en este augusto sacramento; y además, sea impulso que
no decaiga nunca en nuestra vida, para que Jesús Sacramentado sea el
Amor de nuestros amores.
La Santísima
Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que supo tratar con tanta
confianza a Jesús en la tierra, nos enseñará a ser almas de
Eucaristía, hombres y mujeres de fe segura y de piedad recia, que se
esfuerzan por celebrar o participar en la Santa Misa y
estar junto al Señor en el sagrario para adorarle, pedirle perdón,
agradecer sus beneficios y hacerle compañía.
Junto con mis
oraciones, les envío mi más afectuosa bendición,
Notas:
(1)
Homilía que pronunció Benedicto XVI en la
Santa Misa de inauguración del Sínodo de obispos sobre la Eucaristía,
2-X-2005.
(2)
Ibidem.
(3)
Angelus del Papa, 18-IX-2005.
Mons. Francisco Polti, obispo de Santo Tomé
Santo Tomé, 6 de octubre de 2005
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