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HOMILÍA EN LA TOMA DE POSESIÓN
Homilía de
Mons. Juan Alberto Puiggari, en la toma de posesión
como obispo de Mar del Plata
Domingo 10 de agosto de 2003, San Lorenzo, mártir
En comunión con el
sucesor de Pedro, nuestro Sumo Pontífice Juan Pablo II, quiero ser
para ustedes, queridos hermanos de esta Iglesia particular de Mar del
Plata, apóstol de Jesucristo, servidor del Evangelio y testigo de la
Esperanza que no defrauda.
Deseo saludarlos
con palabras de San Pablo: "les deseo la gracia, la misericordia y la
paz que proceden de Dios Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor".
En este tiempo he
meditado sobre la misión que Dios me ha encomendado. El Concilio en
Lumen Gentium nos recuerda que "Los Obispos, presiden en nombre de
Dios la grey, de la que son pastores, como maestros de doctrina,
sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno, de modo que
quien los escucha, escucha a Cristo ...
En la persona de
los Obispos, el Señor Jesucristo está presente en medio de los
fieles... y así de modo visible y eminente, hacen las veces del mismo
Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y actúan en lugar suyo." n.22....
Es Cristo quien nos
envía, ...es Cristo quien me envía, no por mis condiciones personales,
ni por méritos propios, sino por una misteriosa elección de su amor,
que elige a los que Él quiere, a los débiles, para confundir a los
fuertes.
Y me pide que me
identifique interiormente con Él, que me haga servidor como Él, que
vino a servir y no a ser servido. Servidor hasta hacerme Siervo como
Él, y entregar la vida por mis hermanos.
Mi servicio no
puede nacer sino de la contemplación de Jesucristo, la obediencia al
Padre y la docilidad al Espíritu. Mi primera responsabilidad es
escuchar y contemplar para obedecer, como Cristo, al proyecto divino
del Padre, para esta Iglesia particular, designio santo para nuestro
tiempo. Tendré que mostrar y entregar a mi pueblo "al Dios que
necesitan, al Cristo que salva, al Espíritu de amor que da vida"
(Card. Pironio).
Mi pastoreo será
autentico y fecundo si nace del amor. La virtud que debe animar y
guiar la vida de un obispo es la caridad pastoral, que es " la total
donación de sí a la Iglesia... es como la de Jesús, una vocación de
amor hasta la muerte, hasta la Cruz; y esto sólo es posible, como lo
decía el querido Cardenal Pironio: "desde la profundidad del silencio,
la intensidad de la oración y la serenidad de la contemplación".
Mis hermanos,
comienzo mi ministerio en esta Iglesia que peregrina en Mar del Plata,
vengo a continuar una maravillosa historia de gracia, soy un eslabón
más en esta tarea de evangelización que viene de muy atrás, con el
esfuerzo de egregios y santos pastores obispos. Como no recordar al
venerado monseñor Enrique Rau, primer obispo; al hombre de Dios el
Cardenal Eduardo Pironio y a mis queridos hermanos Monseñor Rómulo
García, en sus fecundos 16 años de episcopado en esta diócesis, y a mi
antecesor Monseñor José María Arancedo, infatigable apóstol que ha
abonado con su sufrimiento a este pueblo que tanto ama.. A ellos mi
gratitud, como también a los sacerdotes, consagrados y laicos que con
la fuerza del Espíritu Santo, han venido haciendo presente el Reino de
Dios en esta Iglesia pujante de Mar del Plata.
Quiero recordar el
pasado con gratitud, vivir el presente con pasión, y abrirme al futuro
con confianza.
Conozco la
situación en que me toca comenzar este ministerio: una diócesis bella
en sus paisajes y fecunda en riquezas y sin embargo, paradójicamente,
con un índice muy elevado de pobreza y desocupación. Un pueblo que
sufre por la violencia y marginalidad; y como señalamos los Obispos en
las Nuevas líneas pastorales "Navega Mar Adentro", marcado por una
profunda ruptura entre el Evangelio y la cultura, que es sin duda
alguna el drama de nuestro tiempo; por el secularismo actual, que
concibe la vida humana al margen de Dios y lleva a una creciente
indiferencia religiosa; junto a el escándalo de la pobreza y exclusión
social y la crisis del matrimonio y la familia, en una sociedad
argentina dispersa y dividida que es víctima de la fragmentación que
daña los vínculos entre las personas y los grupos.
No vengo a ser
agorero de desgracias; quisiera ser profeta de la esperanza, no con un
optimismo ingenuo, sino que frente a los nubarrones de nuestra
historia, los males del mundo, las angustias de las almas y de los
cuerpos, pueda proclamar las palabras del señor: " No se turben sus
corazones ...no tengan miedo... Yo he vencido el mundo...y estaré con
ustedes hasta el fin..."
"Guiado por la
ayuda del Espíritu Santo anhelo reconocer y alentar cuanto hay de
bueno y verdadero en las posibilidades de este momento histórico y
quiero denunciar con audacia profética todo lo que atenta contra la
dignidad de cada persona humana”.
Sé que esto supera
infinitamente mis capacidades, conozco mis límites y debilidades, pero
mi fuerza esta en el Señor; como San Pablo me glorió en mi pobreza
porque cuanto más débil soy, más se manifiesta el poder de Dios. Mi
fuerza está en el Señor, en las oraciones de ustedes y en el trabajo
en comunión.
He querido tomar
como lema de mi episcopado la frase de San Pablo de "instaurar todo en
Cristo", ya que me siento llamado a proclamar, con oportunidad o sin
ella, que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Él es el Camino,
la Verdad y la Vida. En Él se encuentra todo el tesoro de la
redención. Él es el principio y fin, alfa y omega. Sólo Él es el
salvador.
Este misterio de
recapitular todo en Cristo es obra del Espíritu Santo, agente
principal de la Nueva Evangelización, que construye el Reino de Dios
en el curso de la historia.
Quiero dejarme
asumir por Él y ser dócil a Su obra.
Los intereses de
Dios son mis intereses, a ellos quiero consagrar mis fuerzas y toda mi
vida.
Este programa que
me propongo, el de restaurar todas las cosas en Cristo, coincide con
mis más íntimas aspiraciones y con mis anhelos más profundos de mi
juventud. Pero es sobre todo un supremo acto de fe en el poder de Dios
que triunfa en la debilidad.
No es el momento de
anunciar un plan pastoral, profundizaremos el Plan Diocesano
actualizándolo, según el documento del Episcopado Navega Mar Adentro y
en sintonía con el Documento Papal Novo Milenio Ineunte.
Permítanme
simplemente señalar algunas notas que quisiera que tuviera nuestra
Iglesia diocesana:
Una Iglesia
contemplativa:
el Rostro de Jesús contemplado nos lleva a un conocimiento profundo y
comprometedor de su misterio. Contemplar a Jesús con los ojos de la fe
impulsa a penetrar en el misterio de Dios Trino. Contemplar a Jesús es
comprender nuestra dignidad como personas llamados a su vocación
suprema: la intimidad de la vida Trinitaria.
Una Iglesia
más santa:
significa expresar
la convicción que todos los bautizados insertados en Cristo, están
llamados a vivir una religiosidad profunda que los lleve a la plenitud
del bautismo. Ser cristiano es sinónimo de santo. Hacer hincapié en
ésto es más que nunca una urgencia pastoral. Sólo los santos son los
verdaderos misioneros.
Una Iglesia
misionera:
que anuncie al
mundo que Jesús es el Redentor de los hombres. El ardiente deseo de
invitar a los demás a encontrar a Aquel a quien nosotros hemos
encontrado, está en la raíz de la misión evangelizadora. Como San
Pablo que cada uno de nosotros exclame: "Pobre de mi si no
evangelizó".
Una Iglesia
que sea cada vez más reflejo de la comunión Trinitaria:
Que sean Uno para que el mundo crea, es el mandato del Señor.. Hacer
de la Iglesia una casa y escuela de comunión... Éste es el gran
desafío de hoy.
Una Iglesia
que apueste a la caridad:
que se proyecte a la práctica de un amor activo y concreto con cada
ser humano, que descubra a Cristo en el rostro de aquellos con los que
Él se ha identificado; el pobre , el hambriento y el desnudo. Una
Iglesia que renueve la opción preferencial por los pobres.
La Iglesia vive de
la Eucaristía. Esta verdad expresa el núcleo del misterio de la
Iglesia. Fuente y culmen, sólo así será posible una Iglesia viva,
santa y fecunda.
En
esta noche mi sentimiento más profundo es el de la gratitud. A Dios
Nuestro Señor, en primer lugar; a la Iglesia que amo como Madre y
quiero servir con renovada entrega; a Nuestro Santo Padre Juan Pablo
II, al que quiero expresarle en la persona del Nuncio de Su Santidad,
a quien agradezco cordialmente su presencia, mi gratitud por la
elección, mi obediencia y amor filial. Su fe firme como Pedro, su
apostolado incansable como Pablo, es para mi un motivo de esperanza,
un ejemplo y un desafío...
Sería muy largo agradecer a todos los que debería, porque es mucho el
afecto que he experimentado, no por mi persona, sino por la fe de
ustedes y lo mucho que valoran el ministerio del episcopado.
Gracias a mis hermanos y hermanas de esta Iglesia de Mar del Plata,
gracias por el recibimiento y por sus oraciones. Espero no
defraudarlos, quiero como San Pablo gastarme y desgastarme por
ustedes, quiero amarlos hasta la muerte.
Permítanme expresar mi reconocimiento a mi familia, a mamá, a mis
hermanos, a mi familia de la sangre y del espíritu, engendrada por el
siervo de Dios Luis María Etcheverry Boneo....
A ustedes queridos hermanos en el episcopado: gracias por su presencia
que hace visible el misterio de comunión del colegio episcopal.
Especialmente a Mons. Karlic, de quien he aprendido mucho.
Agradezco la presencia del Señor intendente de Mar del Plata y de los
otros partidos que componen la Diócesis, las autoridades civiles y
militares.
Queridos sacerdotes, les agradezco el apoyo y oración de todo este
tiempo. Parafraseando a san Agustín: con ustedes soy sacerdote, para
ustedes soy Obispo. “Lo que soy con ustedes me consuela, lo que soy
para ustedes me produce gran Temor”...
Deseo ser para ustedes padre, hermano y amigo; que el Señor me conceda
la gracia de hacerles sentir mi aprecio, mi cercanía y mi servicio.
Cuento con el apoyo de ustedes para trabajar en la maravillosa tarea
de la nueva evangelización.
A los seminaristas, mi saludo afectuoso y paternal, quiero
acompañarlos de cerca. La Iglesia espera mucho de la generosidad de
ustedes.
Y a ustedes queridos religiosos y religiosas, y de vida consagrada,
aprecio el don de la consagración, porque pertenece íntimamente a la
vida de la IGLESIA, a su santidad y a su misión; y porque aportan un
precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica y a su vez son
testigos del Reino que viene. Cuenten con mi disponibilidad y mi
servicio, gracias por sus oraciones.
Y a los laicos mi gratitud más sincera; me han acompañado intensamente
con sus oraciones. Soy consciente de la importancia de la vocación de
ustedes de iluminar y ordenar todas las realidades temporales según
Dios. La nueva evangelización se hará con ustedes o no se hará. Dios
me permita acompañarlos y animarlos.
A ustedes queridos sacerdotes, seminaristas y laicos de Paraná se me
hace difícil expresarles lo que siento. Le pido a la Virgen nuestra
Madre, que Ella les haga entender todo mi aprecio y gratitud. Gracias
por todos estos muchos años que he trabajado con ustedes. Gracias por
la amistad, por el ejemplo; gracias por haberme permitido experimentar
una Iglesia viva; gracias por estar aquí.
Quiero hacer presente a mi dulce Madre del Cielo: Ella bajo la
advocación de Nuestra Señora de Luján marcó mi vida desde la infancia
y a su amparo Dios me regaló el don del diaconado, del sacerdocio y
del episcopado.
A
Ella, a su Inmaculado Corazón, quiero consagrar mi nueva misión
pastoral.
Con
actitud de escucha quiero oír la voz suave pero firme del Maestro, que
me dice: Duc in altum. Y en el Señor, quiero que éstas sean mis
primeras palabras: Iglesia de Mar del Plata: Navega mar adentro.
Iglesia de Mar del Plata, “como el mar, tienes que ser profunda en la
contemplación, fuerte en la esperanza, ancha y sin límites en la
inmensidad de su horizonte” (Card. Pironio) .
Iglesia de Mar del Plata, navegar mar adentro no es tarea fácil. Hay
que dejar las seguridades, soltar amarras, abandonarse sólo en Dios.
Pero, sólo si nos apoyamos en Él, podremos en verdad vivir desde la
Iglesia-comunión, el servicio y la misión.
En
el nombre de Jesús, Duc in altum, mar adentro con Stella Maris que nos
guía.
Mons. Juan Alberto Puiggari,
obispo de Mar del Plata |