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FIESTA PATRONAL DIOCESANA DE SANTA CECILIA


Homilía de Mons. Juan Alberto Puiggari, obispo de Mar del Plata
22 de noviembre de 2003


Queridos Hermanos:

La Divina Providencia me concede la gracia de celebrar por primera vez la fiesta de Santa Cecilia, patrona de nuestra Diócesis de Mar del Plata y de esta comunidad parroquial. Nuestra Santa mártir ha sido muy venerada en la Iglesia Católica desde muy antiguo. Cecilia vivió en el siglo III, pertenecía a una de las principales familias de Roma. Desde muy joven dejó que el Señor ganara su corazón y su vida toda.

En una época en la que los cristianos eran perseguidos, ella no podía callar lo que llenaba su alma, vivió proclamando y testimoniando su fe.

En los momentos más difíciles de su vida, Cecilia oraba a Dios de una manera particular, a través del canto y la música. Cuando llegó el momento de la prueba, su amor que era más fuerte que la muerte, le hace exclamar que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión y la enfrentó con la grandeza de los que por la fe, saben del gozo del martirio y por eso ella cantaba gozosa. Quizás por eso la han nombrado patrona de los músicos.

Hoy le pedimos con una antigua invocación:

“Santa Cecilia bendita, dile a Dios que también nosotros prefiramos mil muertes antes que ser infieles a nuestra santa religión”

La fiesta patronal es siempre un momento de gracias, es la Pascua de la comunidad que está bajo el patrocinio del santo que celebra. Es un momento oportuno para agradecer, pedir y comprometerse.

Le agradecemos a Dios toda su inmensa bondad y misericordia con este pueblo que peregrina en Mar del Plata y que por la intercesión de su santa Patrona, ha derramado sus abundantes gracias, como la lluvia de hoy. Muchas son las que conocemos y muchas más las que ignoramos.

En esta noche, queremos también elevar nuestros corazones y oraciones por todas las necesidades espirituales y materiales de todos los hombres de esta tierra bendita, especialmente por los que más sufren. “Por los que no tienen fe o rechazan la luz. Por los que no aman. Por los que no tienen pan. Por los enfermos y los sanos. Por los que viven angustiados o sufren sin esperanza. Por los hogares que se elevan y por los hogares que amenazan ruinas”.

Y también queremos, haciéndonos eco de la preocupación de todo nuestro episcopado, pedir de una manera especial por la familia en nuestra Patria y en nuestra Diócesis, con la conciencia de la crisis profundísima que vive esta institución fundamental de nuestra sociedad y de la Iglesia. Como nos dice Navega Mar Adentro “...se percibe una creciente disolución de la familia que, alentada por una legislación divorcista y antinatalista, desnaturaliza y deja sin defensa a la institución básica y más sólida de la sociedad.”

Por eso queremos que nuestra oración se haga compromiso, como Santa Cecilia, de cantar la belleza del matrimonio y de la familia, que le viene, ante todo, de ser obra de Dios. Con Juan Pablo II afirmamos nuestra total convicción que “el futuro de la humanidad se fragua en la familia” y que es el punto de apoyo que la Iglesia necesita hoy, para encaminar el mundo hacia Dios y para devolverle la esperanza que parece haberse difuminado ante sus ojos. En la familia cristiana se muestra claramente cómo “la Iglesia es el corazón de la humanidad” puesto que el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia.

Les pido, mis hermanos, que proclamemos al mundo la grandeza de la familia, volvamos a proponerla a nuestros jóvenes y niños.

Proclamemos juntos el valor de la familia y el de la vida. Sin estos valores no existe futuro digno del hombre.

Con entusiasmo movido por el afecto, les pido asuman el compromiso de ayudar con el ejemplo, la palabra y la acción a “restaurar en Jesucristo a la familia, convirtiéndola en santuario de vida, Iglesia domestica, escuela de virtudes...

Si quisiéramos remontamos al origen de toda vida familiar, tendríamos que asomarnos con asombro y veneración, al misterio insondable de la vida íntima de Dios, que integrada de paternidad, de filiación y del Amor, constituyen una verdadera y auténtica familia Divina.

Esta familia Trinitaria, infinita y eternamente feliz en si misma, movida por aquello que el bien es difusivo, quiere comunicarse, decide por amor crear al hombre... Pero nos dice el libro del Génesis “No es bueno que el hombre esté sólo” y por eso le fue dada como compañía la mujer “carne de su carne”, para solaz, para su perfeccionamiento, para su sostén personal. Su Sabiduría y amor los ha querido distintos y complementarios: maravillosamente creados para ayudarse mutuamente en todos los planos: físico, intelectual, moral y religioso.

Y así desde el primer momento de la creación, es Dios mismo quien ha hecho la familia. Es obra de su pensamiento y de su amor y por eso lleva en sus extrañas algo de la inmutabilidad y eternidad del mismo Dios.

Pero la familia, que es imagen de la Trinidad Santísima, sufre, también ella, las consecuencias del pecado de nuestros primeros padres y por eso ella también necesita de la acción redentora de Cristo. Y acá también podemos exclamar con la liturgia “tu que tan maravillosamente la creaste, más maravillosamente la restauraste”, porque Cristo no sólo sana la institución familiar, sino que la eleva al orden sacramental, para significar el amor y la unión de Cristo con su Iglesia.

De ahora en más la familia cristiana participa y significa el amor eterno de Dios, y también el amor redentor de Cristo por su Iglesia. Gran Misterio, como lo llama el Apóstol Pablo.

Tenemos que ser apóstoles convencidos de la familia cristiana, para mostrar al mundo escéptico, que no acepta la posibilidad del amor fiel, para siempre..., el único que merece llamarse “amor” que los planes de Dios siguen vigentes, que se puede, con la gracia de Dios, y que vale la pena vivirlo como salió del corazón de Dios, a imagen de la vida Trinitaria, asumida por la sagrada familia de Nazareth.

Cantemos con alegría, como Santa Cecilia, las maravillas de Dios.

Desde la experiencia de Dios-Amor, renovemos la familia.

El encuentro con el rostro de Cristo vivo, en el que brilla la feliz noticia de la misericordia del Padre, abre nuestros corazones a la comunión, la misión y la solidaridad.

El Papa Juan Pablo II nos invita a rezar en familia. La familia que reza unida permanece unida y reproduce el clima de la casa de Nazareth: Jesús está en el centro, se comparten con Él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino. Esa oración alcanza su culmen cuando la familia participa de la Misa del domingo.

Anhelamos también que en el amor manifestado en la cruz, las familias heridas por el dolor o por cualquier clase de rupturas, puedan transfigurar sus situaciones y renovar la esperanza.

Agradecemos a tantas familias de nuestra Patria por su testimonio silencioso de alegría y fidelidad al don de Dios, y las alentamos a no decaer en la tarea de hacer de cada hogar una escuela de comunión, solidaridad y santidad.

A la Sagrada Familia encomendamos todas las familias de nuestra Diócesis.

Así sea.


Mons. Juan Alberto Puiggari,
obispo de Mar del Plata



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