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ORDENACIÓN SACERDOTAL DE FRAY ENRIQUE CASTELLI, OFM


Homilía de monseñor Juan Alberto Puiggari, obispo de Mar del Plata en la ordenación sacerdotal de Fray Enrique Castelli, ofm
(Parroquia de San Francisco de Asís, 9 de octubre de 2004)


Queridos hermanos todos: Paz y Bien.

 “Bendito sea Dios el Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con todas clases de bienes espirituales...”

Con Francisco exclamamos “Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

Loado Seas Mi Señor... porque hoy vas a regalar a Tu Iglesia  el sacerdocio de Fray Enrique.

Por eso haciéndonos eco del Salmista, con el corazón lleno de alegría, quisiéramos con todo el alma exclamar “cantad al Señor un canto nuevo porque ha hecho maravillas... se acordó de su misericordia y de su fidelidad... Aclama al Señor tierra entera”

Con inmenso gozo estamos participando de la Eucaristía en la cual por la imposición de manos de un indigno sucesor de los Apóstoles, un hijo de San Francisco, un Hermano Menor va a recibir el sacramento del Orden que lo configurará con Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia.

Para entender algo de la grandeza de este momento y de lo que va a suceder que mejor que escuchar al mismo San Francisco que les decía a los sacerdotes: “ Oídme hermanos míos: Si la Bienaventurada Virgen es de tal suerte honrada, como es digno porque lo llevó en su Santísimo seno; si el Bautista... se estremeció y no se atreve a tocar la cabeza santa de Dios; si el sepulcro... es venerado, ¡ cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con sus manos, toma en su corazón y en su boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado, a quien los Ángeles desean contemplar”.

El sacerdocio es un inmenso don, es una elección, es una gracia inmerecida, porque no esta basada en nuestros propios méritos o capacidades, sino en el  puro amor de predilección de Dios, que elige a los débiles para confundir a los fuertes.

Pero podríamos preguntarnos ¿Qué significa ser  sacerdote? ¿Tiene validez en un mundo secularizado como el nuestro? Vale la pena?

El mundo ha cambiado enormemente, y sigue cambiando a un ritmo vertiginoso, ya nada nos asombra: todos los días sucede algo que nos dejan perplejos, pero sin embargo  sigue siendo válido que la única respuesta verdadera y sobre todo eficaz para las soluciones de los grandes conflictos de nuestro mundo, de nuestra Argentina, que comienzan a recorrer este  nuevo milenio:  es Jesucristo:  el único que salva, "Aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo" no para condenarlo, sino para que el mundo viva y encuentre su salvación.

Y si creemos esto, quedamos admirados frente a la grandeza de lo que pasa hoy. Porque  el sacerdote se ubica  en la misma consagración y misión de Cristo " Como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros". " Como el Padre me ama, Yo también os he amado”. Solo así se comprende lo radical del llamado y lo irreversible de la respuesta que va a dar Enrique. Cristo tiene derecho, porque lo amó con predilección,  a elegirlo y enviarlo de una manera original y única. Cuándo se lo piensa en la fe, se  comprende algo de lo maravilloso y  grande  que estamos viviendo, ante lo cual sólo nos queda adorar y agradecer

Por eso la vida del sacerdote debe hacer presente a cada instante, con sus palabras, sus gestos, sus expresiones a Jesucristo. Más que a nadie, a él se le exige hacer realidad aquellas palabras del apóstol Pablo," vivo yo, más no soy yo, sino Cristo que vive en mí".

Y así el sacerdote continúa actualizando la misión del Señor:

- como su Maestro debe enseñar, pero no verdades puramente humanas, ni doctrinas propias, sino que su enseñanza debe ser el anuncio de la Buena Nueva, la proclamación de la Palabra de Dios. Palabra tajante de doble filo, capaz de penetrar en las profundidades del espíritu del hombre y discernir sus más recónditos pensamientos. Palabra viva, trasformarte, fecunda...

Proclamación que muchas veces le va a exigir el coraje de la verdad, en una época de una verdadera miseria y penuria de la verdad. Debe estar dispuesto a dar la vida por la verdad, porque este coraje de la verdad es la primera e indispensable caridad que los pastores deben ejercitar.

Debe el sacerdote, como su Maestro santificar, ser portador de la vida divina, ser canal por donde descienda esa vida mediante la administración de los sacramentos, siguiendo el mandato del Señor: Id y bautizad a todo el mundo, para que él que crea y se bautice se salve".

Pero también Cristo es el Buen Pastor, por lo tanto debe el sacerdote continuar esa conducción de pastoreo de las almas, defendiéndolas de los lobos rapaces y conduciéndolas hacia los pastos verdes de la Jerusalén celestial. Un buen pastor da cotidianamente la vida por sus hermanos. Un buen pastor experimente una irresistible inquietud misionera: (la Providencia ha querido que se ordene el día de las Misiones. Por eso  "Ay de mi sino evangelizaré" grita el corazón enamorado del Maestro; como el de Pablo.

A ejemplo del Buen Pastor debe cansarse buscando la oveja perdida, y debe estar dispuesto a sacrificar gota a gota, día a día, su vida por el bien de su rebaño.  Todo esto por amor, amor total y totalizante a Dios, que lo descubre en todos los hombres, especialmente en los más pobres y abandonados.

Tal es, en síntesis la existencia y misión del sacerdote: servidor de Cristo para los hombres, como nos lo recuerda  la carta a los Hebreos " un hombre, tomado de entre los hombres, y puesto al servicio de los hombres".

Pero sólo podrá servir eficazmente al hombre si se siente "encadenado a Cristo por el Espíritu. Somos humildes servidores de los hombres; pero nuestra capacidad de servicio la engendra en nosotros la absoluta y gozosa inmolación a Cristo.

El servicio cotidiano no es fácil. Importa una permanente disponibilidad para contemplar, convertirnos y morir.  Servir a los hombres es entenderlos, asumirlos, salvarlos... Multiplicarles el pan eucarístico, abrirles los misterios del Reino, comunicar­les el don del Espíritu.

Servicio que no se entiende sino no tiene su fuente en un profundo amor a Dios y a los hombres. Amor de mártir,  sólo el amor hasta la muerte es digno del discípulo de Jesús.

Querido Hermano Enrique: ...dentro de unos instantes serás sacerdote, por lo tanto eres  hombre de Dios, y el hombre de los hombres. Hombre de Dios, no te perteneces, eres Su propiedad, dedicado con exclusividad para trabajar por Su Reino. 

Hombre de Dios, no sólo por tus palabras, sino por el ejemplo de tu vida que debe ser una permanente epifanía. Muestra a Jesús. Vive la sencillez y alegría que contagie el deseo de seguir al Maestro.

Pero también eres el hombre de los hombres, porque has sido puesto al servicio de ellos, siguiendo el modelo de Jesús que no vino a ser servido sino a servir.

Permitidme que te recuerde lo que espera de Vos tu Padre Francisco: “ Ve tu dignidad hermano sacerdote y sed santos porque Él es santo, y así como el Señor te ha honrado... sobre todos por causa de este ministerio, así también tu ámalo, reverenciarlo, y honrarlo... Tiemble el hombre entero, que se   estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo (Jn 11,27)! ... ¡OH humildad sublime! ¡OH sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él (Cf. 1 Pe 5,6; Sant 4,10). Por consiguiente, nada tuyo retengas para ti a fin de que te reciba todo entero el que se te ofrece todo entero.

«El hombre de hoy necesita la fe, la esperanza y la caridad de Francisco; necesita la alegría de brota de la pobreza de espíritu, esto es, de una libertad interior. -Juan Pablo II.

Imita a Francisco,  en el seguimiento de la pobreza y humildad de Cristo El seguimiento de la pobreza y humildad de Cristo. Es el objetivo a seguir. Poder vivir como peregrinos y extranjeros. Es la experiencia de los patriarcas y del pueblo en el desierto. Toda forma de apropiación rompe la comunión. También la comunión con Dios. No te apropies de cosas,  lugares o personas. Se libre para volar, para ir a donde Dios y la Iglesia te necesiten.  Ser peregrino significa tener libertad para el camino. "Por eso, todos los hermanos, te dice la regla, estemos muy vigilantes, no sea que, so pretexto de alguna merced, o quehacer, o favor, perdamos o apartemos del Señor nuestra mente y corazón"

La pobreza nace de la contemplación de Jesús en nuestra historia y se dirige al seguimiento de Cristo. Francisco no se hizo pobre por amor a la pobreza, como si esta tuviera sentido en sí misma.

Querido Enrique: tu vida está fuertemente marcada por la protección de la Santísima Virgen de Luján, a quién amas con un corazón tierno y filial  y a la cual les has confiado tu sacerdocio, haciendo una “locura franciscana”. San Francisco era también un enamorado de María pues  consideraba que Ella había convertido en hermano nuestro al mismo Rey y Señor de la gloria, y que por Ella habíamos merecido la divina misericordia» (LM 9,3. Magnífico testimonio de contenido profundamente teológico de la vida mariana del Seráfico Padre: la asociación de la Santísima Virgen al misterio de la Encarnación y Redención, y su cooperación como causa meritoria de la misma. Desde ahora, vos también vas a estar asociado de una manera nueva con estos misterios de Jesús. Que María te ayude a identificarte de tal manera, que te conviertas en un pregonero del amor de Dios y de la Buena Nueva del Evangelio.

Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
que eres virgen hecha iglesia
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
a la cual consagró Él
con su santísimo amado Hijo
y el Espíritu Santo Paráclito,
en la cual estuvo y está
toda la plenitud de la gracia y todo bien.
Ilumina las tinieblas de su corazón
y dale fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento,
para que cumpla siempre la Santa Voluntad del Dios.

Protege al nuevo sacerdote, a su familia religiosa, a la de la sangre y a todos los que lleva en su corazón. Que así sea


Mons. Juan Alberto Puiggari,
obispo de Mar del Plata



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