Queridos amigos educadores:
Se acerca la
fiesta anual de todos ustedes que cumplen un rol muy importante en nuestra
sociedad. De hecho es competencia de ustedes colaborar con los padres en la
educación de sus hijos.
Ustedes siguen
la misión de los papás que han comenzado a plasmar en el corazón de los
jóvenes un proyecto de persona que les permite injertarse de modo adecuado
en la sociedad y en el mundo.
Sabiendo, por
otra parte, que se educa más por lo que se es, que por lo que se dice, es
fundamental que vivan aquellos valores que son propios de una mujer o un
hombre de bien. El respeto, la sinceridad, la fidelidad a la palabra dada,
el sentido del trabajo, de la familia y de Nación, son vividos por ustedes y
sobre todo son transmitidos en el diario vivir de la convivencia educativa.
Hoy, mas que
nunca, debemos despojarnos de nuestros propios temores, angustias y
tristezas para saber asumir los de nuestros hermanos, sean ellos compañeros
de trabajo, como padres y los mismos jóvenes.
Están
trabajando en obras de la Iglesia porque creen en Jesús. Esta fe deberá
exteriorizarse cada día más, no tanto por un discurso formal sobre
Jesucristo, sino por el testimonio de coherencia y de entrega a los
intereses del Reino.
Esta fe en
Jesús y las dificultades vividas en nuestra zona, nos permiten creer que
otro modo no sólo es deseado, sino también posible. Para esto necesitamos
cultivar en nosotros el don de la Esperanza.
Esa esperanza
que vivieron y viven los grandes educadores. Esperanza que es cruz, es
camino, es peregrinación y es también sacrificio. Sí, porque la esperanza
del cristiano no es fruto de un gran acto heroico, sino de un sinfín de
actos aparentemente insignificantes, pero que forjan en nosotros la
constancia, la paciencia, la justicia, la entrega, la responsabilidad y todo
aquello que plasma una personalidad atrayente. Es nuestro estilo de vida lo
que más forma a nuestros jóvenes.
Por eso, el
auténtico educador recibe de Dios un alma grande para olvidarse de los
pequeños o grandes dramas de su vida y abrirse con corazón generoso y
capacidad de escucha a los problemas de los niños y jóvenes y a sus
respectivas familias.
Con el
testimonio de vida están marcando rumbos de verdad y de justicia, y como
dice San Pablo son capaces de abrir caminos nuevos. Este es el servicio para
aquellos a quienes fueron enviados.
Entonces,
teniendo en el horizonte este anhelo de coherencia, esta renuncia a todo
interés mezquino y esta entrega absoluta a nuestra misión, yo les deseo:
¡Feliz día del educador!.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de la Iglesia de Lomas de Zamora