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MENSAJE PARA EL ADVIENTO 2002


Mensaje de Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
para el Adviento 2002


Queridos Hermanos:

Iniciamos este hermoso tiempo de Adviento.

La esencia de este tiempo litúrgico es la espera. Nos preparamos para celebrar la Navidad que evoca la primera venida de Jesús entre nosotros en Belén y este recuerdo nos lanza hacia la definitiva venida del Señor al final de los tiempos. Por eso decimos que es un tiempo de espera.

Y todo lo que nos toca vivir en nuestra querida Patria y en el Gran Buenos Aires hace nacer en nosotros una gran expectativa. Vivimos en espera de algo nuevo y mejor. Nuestro estado de ánimo sintoniza perfectamente con este tiempo litúrgico.

Así vemos como Dios, en su Providencia, nos ayuda a vivir desde la fe las vicisitudes humanas.


1. Lo que Dios quiere

Desde que llegué a esta querida Iglesia Lomense, varios hermanos me preguntaron cuál era mi plan de pastoral. Después de la visita hecha a Roma llegó de la Santa Sede la sugerencia para nuestra Iglesia de elaborar un Plan Pastoral Diocesano que ayudará entre otros beneficios, a dar organicidad a todas las iniciativas, a plantear objetivos y a reconocer prioridades. Fui consciente que esto debía hacerlo según el espíritu del Concilio Vaticano II donde como Iglesia diocesana debíamos preguntarle al Señor: ¿Qué quieres de nosotros? Este discernimiento debía hacerlo junto con ustedes para conocer mejor la voluntad de Dios y para incluir la mayor parte de hermanos en el trabajo pastoral.

Saben que nuestro ideal de vida es Jesús y Él nos dice: “En esto conocerán todos que son mis discípulos si se aman los unos a los otros”. (Jn. 13,35). Cuando el Papa nos pide que la Iglesia sea casa y escuela de comunión (N.M.I. 43), Juan pablo II retoma la indicación de Jesús.  Por eso he querido que las Asambleas Diocesanas estuvieran orientadas desde la comunión.


2. “Haciendo caminos de comunión”

Este fue el lema de nuestras Asambleas Diocesanas. He quedado admirado por lo bien y lo mucho que ha trabajado cada sector previo a estas Asambleas. El Clero en la Semana de Pastoral, los Laicos con sus encuentros, los Diáconos en una Jornada específica para esto y también los Religiosos y Religiosas. Todos han volcado sus aportes. La impresión ha sido no solo por el trabajo, sino también por la formidable coincidencia en temas comunes a que llegaron los grupos antedichos en jornadas diversas. Pensando en tantos trabajos realizados deseo agradecer a cuántos han colaborado, especialmente a la Comisión Organizadora de nuestras Asambleas Diocesanas.

Todos presentan la formación, la misión, la comunión y participación y el compromiso en lo social como ámbitos en la que se desea crecer.

- La comunión y participación: sólo construyendo una Iglesia-comunión será creíble el Evangelio que queremos predicar: articulando una pastoral de conjunto, creando o revitalisando organismos de comunión y logrando una mayor apertura en el diálogo ecuménico e interreligioso.

- La misión: recuperar el dinamismo evangelizador de todos los bautizados, poniendo a nuestra Diócesis en estado  de misión.

- La formación: insistir en la formación permanente de todos los miembros de la Iglesia Diocesana, para crecer en la espiritualidad y el compromiso evangelizador. Conocer y hacer conocer la Doctrina Social de la Iglesia.

- Lo social: nuestra fe debe repercutir en lo cotidiano. Para ello es indispensable la participación en los ámbitos político, social, gremial, empresarial, cultural, educativo, en los Medios de Comunicación Social (M.C.S.), y, colaborar en las Organizaciones No Gubernamentales (O.N.G.), para seguir construyendo una sociedad justa y fraterna, implementando más redes sociales que ayuden y contengan a los hermanos necesitados.


3. La gran coincidencia

Todos nos sentimos atraídos y arrastrados por el ideal de Jesús: “Padre que ellos sean uno para que el mundo crea” (Jn. 17,21).

Esta será la mejor forma de continuar nuestro trabajo y darle solidez. Debemos lograr en cada uno de nosotros y en todos los grupos amar la idea de la comunión y participación. Me viene a la memoria la pregunta de los discípulos a Juan el Bautista al verlo convencido de la vida nueva de Jesús. Ellos le preguntan: “¿Y qué tenemos que hacer?” (Lc. 3,10).

Esta es la meta próxima: estar convencidos de que nuestra Iglesia Diocesana debe ser, con la ayuda de Dios, casa y escuela de comunión.

Se impone para lograrlo un cambio de mentalidad. La conversión para vivir la comunión y la formación para vivir la misión.

Por eso partiremos del magisterio actual de Juan Pablo II con un itinerario permanente para lograr este objetivo. Sin esta base y esta convicción nunca lograríamos la deseada Nueva Evangelización. Ya hemos iniciado un espacio de reflexión y de comunión integrado por Laicos, Diáconos, Religiosas, Religiosos y Sacerdotes, donde fijar los objetivos para los próximos meses. Esto dará lugar, en el futuro, al Consejo de Pastoral Diocesano.

El año 2003 será un año de reflexión y de vida en el que seguiremos realizando nuestro trabajo pastoral pero dándole esta tónica de comunión y participación. Esto implicará un cambio de mentalidad  y de corazón donde descubriremos que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Más concretamente debemos pedir la ayuda al Señor para aprender a respetarnos unos a otros y para sumarnos al esfuerzo de todos conscientes de que esta perspectiva no se concretiza si el empeño es sólo de algunos. Todos debemos sentirnos involucrados en esta nueva forma de ser Iglesia que nos insiste el Papa y nos había pedido el Concilio Vaticano Segundo.


4. Vivir la espera

Iniciaba esta carta reflejando lo que vive nuestro mundo: una gran expectativa. Y esta expectativa es reflejo del deseo de infinito que sólo el Señor puede colmar. Iniciamos el Adviento. Toda la Liturgia nos hablará de esta tensión hacia Jesús que viene. Él es nuestro ideal, Él es nuestra alegría, Él es la Vida de nuestra vida. Él es nuestra esperanza. Queremos vivir para Él y queremos morir en Él.

Todo proyecto debe partir de la fe en Él y debe llevarnos a conocerlo y amarlo a Él. Entonces seremos testigos. Si somos testigos, seremos también samaritanos. Para lograrlo necesitamos de la gracia de Dios y ponernos cada uno a caminar. Desinstalarnos, querer comenzar una vida nueva, pedir el don de la conversión de cada uno, de nuestro grupo y de toda la diócesis.


Mirar a este niño que está por nacer y:

volver a creer en el Amor de Dios Padre,

volver a creer que el otro es mi hermano,

volver a creer que todo hombre es digno de ser amado sin condiciones,

volver a creer que Dios envió a este Niño para que todos se salven,

volver a creer que la Cruz, toda cruz salva y

que Él nos dará el triunfo por su Resurrección.


Miremos al Niño Dios y sabremos cuánto nos ama el Padre, cómo nos regala una misión estupenda que es hacerlo conocer y hacerlo amar y cómo su presencia nos inunda de alegría y esperanza.

 Que María, Nuestra Señora de la Dulce Espera nos haga niños para recibir de verdad a Dios.

Con afecto fraterno.


Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora



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