Mensaje para la Pascua de 2002 de Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora
Queridos Hermanos:
De
regreso de la ciudad de Roma, donde pude manifestar al Santo Padre toda la
adhesión de nuestra querida Iglesia que peregrina en Lomas de Zamora, ví y
sentí por un lado la gran preocupación del Papa y sus inmediatos
colaboradores por nuestra amada y sufrida Argentina, asi como el afecto y la
comunión.
Ya
desde allá y aún más al llegar aquí, nace espontánea la pregunta:
¿qué esta pasando en nuestra Patria donde son tantos los buenos y andamos
tan mal?
Esta
crisis no es nueva. Lleva años de dolor y frustración y abarca los
diversos ámbitos de nuestro ser nacional. Desde lo social y político hasta
lo económico y familiar. Pero en lo más hondo es una crisis de orden
moral. En esta profundidad y sabiendo que se obra conforme a la naturaleza,
vivimos una verdadera crisis de identidad.
Recientemente,
los Obispos hemos dicho que debemos crecer como Nación.
Con
el correr de los años se fue instalando en nuestro pueblo un estilo de vida
basado en el egoismo y aún aquello que nos enaltecía se ha tergiversado:
eramos un crisol de culturas. Viviamos en la Argentina la riqueza de su
suelo y la variedad de sus habitantes donde cada uno había traído lo mejor
de su tierra, ayer Europea y hoy Latinoamericana. Y en un mundo de
antivalores, lo que ayer fue riqueza, hoy se presenta con resabios y
expresiones de mezquindad, hasta formular tristemente el "sálvese
quien pueda".
Nos
encontramos con una clase humilde cada día más empobrecida por la falta de
trabajo y una clase media ya desaparecida por la incertidumbre de la
estabilidad, porque los sueldos no alcanzan y porque es dudosa la
recuperación de los exiguos fondos de años de sacrificio.
Son
años de postergación, años de sufrimiento, años de pobreza para muchos y
de una fiesta desvergonzada para unos pocos.
Así
nos dijo el Papa en esta reciente visita: "Les preocupa, queridos
hermanos, la situación de aquellas personas que sufren y carecen de lo
necesario. Pienso particularmente en los jubilados, en los desempleados, en
los que lo han perdido todo en las revueltas."
En
los momentos de oración en que le presento al Señor los sufrimientos de
ustedes y le digo que falta pan en la mesa de sus hijos, que falta para
muchos un trabajo digno, que muchos de mis queridos sacerdotes están
desbordados al igual que los religiosos, religiosas, diáconos y laicos. Le
digo que quienes trabajan en hogares, en comedores y en sedes de Cáritas no
tienen los recursos suficientes y por momentos bajan los brazos. Y siento en
lo hondo del alma que Jesús me repite: "no es este el mundo que yo
quiero".
Nuestro
mundo está en crisis y la Patria está sufriendo. Es una crisis global que
repercute en la familia, en la juventud y en nuestros queridos mayores. Es
crisis de identidad por no vivir los valores de Jesús y del Evangelio. Por
eso se habla de una corrupción generalizada.
Se
nota mucha angustia en la gente, mucha desilusión y lo más grave, creo que
es la falta de esperanza.
Faltan
proyectos, objetivos y metas, falta un claro horizonte. No sabemos hacia
donde vamos y a veces ni por qué existimos. Los temas diarios de
conversación son la falta de trabajo, el corte de ruta, el dólar que sube
día a día, el corralito, si primero llega la ayuda y después se reforma
el estado o viceversa, etc.
Me
impresionó una anciana humilde que decía con lágrimas en los ojos:
"los pequeños ahorros de toda mi vida me servían para vivir, ahora
soy una mendiga, no tengo pensión ni obra social. ¿Qué será de mi?"
En
este clima enrarecido: hemos vivido la Cuaresma. Hemos contemplado los
sufrimientos de Jesús y hemos unido nuestros sufrimientos a los suyos.
Y
la Pascua es la ocasión propicia para encontrar un sentido desde la fe a
esta vida y en este momento de crisis que nos toca vivir. Hemos de ayudarnos
a pensar, a rezar y a vivir de manera nueva.
Jesús
asumió todo el dolor del mundo y de la historia y El vivió también
nuestros dolores. Nosotros estamos unidos a El por el Bautismo porque somos
hijos en el Hijo.
Habiendo
asumido el dolor del mundo, El le dio un sentido a todo dolor.
Me
ayuda pensar en la vida de los Santos.
Ellos
estaban bien unidos a Jesús en cada trabajo, en cada sufrimiento y en cada
alegría, sabían que unidos a El nada podían temer.
Basta
pensar en San Pablo: "Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de
Jesucristo por el bien de toda la Iglesia".
Entonces
este vivir con El, vivir zambullidos en El y vivir para El, da sentido a
todo. Todo sacrificio unido al de El tiene fuerza de redención. Por eso los
Santos eran personas plenas y felices. Podían pasar por situaciones muy
difíciles pero sabían y creían que El los acompañaba. "Aunque cruce
por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tu, Señor, estás
conmigo".
Al
mismo tiempo la fe nos lleva a otra actitud tan plenificante como esta y es
el compromiso.
¿Qué es el compromiso?
Es
aquel don que Dios nos da, que unido a nuestra respuesta
cambia nuestro mundo para hacerlo más fraterno y más humano.
Siendo
don de Dios, se lo pedimos para nosotros y para todos nuestros hermanos y
necesitando también de nuestra respuesta, hacemos lo posible para dejar al
mundo mejor de lo que lo encontramos. Sabiendo que son muchos los hermanos
comprometidos, nos unimos a ellos para trabajar cada día con mayor fuerza y
con un trabajo programado. Porque nosotros hemos de ser, según el Papa:
"protagonistas y artífices principales de la reconstrucción del
País, comprometiéndonos, con nuestro esfuerzo y tesón a superar esta
situación difícil".
Esta
vida de compromiso nace de la Pascua de Cristo: el asumió todos
nuestros dolores y resucitando imprimió una fuerza ascensional a toda la
realidad que se dinamiza en proporción al empeño de cada uno de nosotros.
De
modo que, cuando un obrero cumple su trabajo, cuando un empleado es justo,
cuando la mamá cuida de sus hijitos, cuando un niño da una golosina, en
cada gesto de amor, Cristo sigue resucitando.
Pero
asimismo, en un mundo difícil, egoísta, donde nadie afloja, donde se busca
aprovecharse del otro: en estas situaciones, el Señor sigue sufriendo y el
mundo sigue siendo el lugar de la guerra de unos contra otros.
Nuestra
sociedad debe cambiar y el cambio ha de ser profundo. Esta
sociedad donde unos pocos viven bien y los demás viven mal debe cambiar
radicalmente. El cambio debe estar basado en la fraternidad y solidaridad.
No pueden ganar unos cifras exorbitantes, dígase deportistas, cantantes,
animadores de televisión, mientras otros tienen una remuneración exigua.
Si la política tiene un gasto colosal, esto debe cambiar.
¿Por
qué no se derogan para el futuro las pensiones de privilegio?
¿Que
presiones impiden que pueda cambiar lo que debe cambiar?
Esto
es lo que entendieron los Santos cuando se comprometían con su pueblo.
Esto es vivir la Pascua de Jesús.
Es
creer tan en serio en su victoria, que unidos a El, y unidos entre nosotros,
podamos avanzar en el camino del cambio. El seguidor de Jesús no es
violento, pero no se lava las manos. Se mete, aunque a veces se equivoque.
Pero si nuestra fe no se traduce en compromiso y en obras de caridad no
podemos decir que sea verdadera.
Compromiso
y perseverancia, sabiendo que las cosas no cambian en breve tiempo.
Perseverando en el bien nos unimos a la acción salvadora de Cristo.
¿De
dónde entonces sacar las fuerzas para no caer en la tentación del desgano,
la indiferencia o la depresión, o para no caer en el extremo de la
violencia, el saqueo o la anarquía?
Sólo
de la Pascua, de la Vida Nueva de Cristo que irrumpe iluminando las
tinieblas. Sólo desde la Palabra de Dios que se manifiesta como la
absoluta y única verdadera, ya que no se quedó en promesas ni fantasías.
Sólo desde el Agua Nueva del Bautismo, que se hace fuente
capaz de satisfacer la sed de justicia y paz. Así volveremos a tener el pan
que esperan tantos hogares y el vino que alegra el corazón del hombre, que
adquiere su plenitud y su total sentido en la Eucaristía que es la
Pascua de Jesús y nuestra Pascua. A esto nos llama Dios: a vivir con una
esperanza plena nacida de Jesús Resucitado. El nos invita a comer su cuerpo
y beber su sangre que es la Pascua para siempre.
La
Pascua es una entrega libre del amor infinito de Dios hasta dar la vida, que
nos enseña a vencer los miedos de nuestras inseguridades y fracasos,
manteniendo la esperanza, dando sentido trascendente a nuestros
sufrimientos. Cristo ha resucitado, dándole verdadero sentido a la
existencia, haciendo nuestra vida más feliz y alegre, serenándola y
llenándola de justicia y paz.
Amigos,
nos ayude la Virgen de la Pascua, Señora de la Vida y de la
Esperanza a convertirnos en PASCUA DE ALEGRÍA para todos,
comprometiéndonos como Jesús a hacerles más llevadera la vida,
tratándolos con respeto, confiando, y ayudándonos fraternalmente, creyendo
en Dios, en nuestro pais, en nosotros y en todos nuestros hermanos.
Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora