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de neuquén a lomas de Zamora


Primer mensaje de Mons. Agustín Radrizzani SDB, pronunciado el 
sábado 23 de junio de 2001, en el acto de asunción como 
cuarto obispo de Lomas de Zamora, realizado en la Plaza Grigera, 
frente a la catedral Nuestra Señora de la Paz.


1.
«Irás donde yo te envíe... no temas. Yo estoy contigo», (Jeremías 1, 7-8).

Las palabras del profeta Jeremías, contenidas en la primera lectura de la misa de la vigilia del nacimiento de San Juan Bautista, que celebramos este domingo, me han calado hondamente el corazón, en tiempo previo a mi llegada a esta bendita Iglesia particular de Lomas de Zamora. Por eso, me presento ante ustedes con la certeza de estar haciendo la voluntad de Dios –manifestada a través de la Iglesia–: porque «he venido a donde el Señor me envía».

Con el salmista (Sal 138, 14-15) también puedo repetir: «Tu conocías hasta el fondo de mi alma y nada de mi ser te ocultaba». La conciencia de mis límites y de mi pobreza no empalidece la serena alegría que experimento por sobre cualquier inevitable temor: a la fidelidad inquebrantable de la promesa del Señor: «Yo estaré contigo», sólo cabe que le corresponda proclamando, con sencillez de servidor, que: «ha creído en el Amor», en la seguridad de que la esperanza es para mí el sitio donde, desde hoy, habita el mañana.


2.
Después de casi 20 años de felicísimo ministerio sacerdotal, ejercido en La Plata y en Avellaneda, en 1991 había partido de Buenos Aires al primer destino pastoral que la Iglesia me confió: la diócesis de Neuquén. A ella llegué con el corazón y los brazos abiertos: no sólo para los consagrados y laicos del pueblo de Dios, sino también para todos los hombres y mujeres que pueblan aquella geografía, preñada de sufrimiento y postergación, pero también rica en esperanzas y posibilidades. Conciente de mi misión y de las escasas posibilidades humanas para llevarla a cabo, traté de expresar, con el compromiso concreto como obispo, lo que en esta tarde digo al pueblo de Dios y a todos los hombres y mujeres de Almirante Brown, Esteban Echeverría, Ezeiza, Lomas de Zamora, Presidente Perón y San Vicente: Soy Agustín, quiero ser hermano de ustedes; por eso, es necesario que Jesús crezca y yo disminuya.


3.
En la amada –y ciertamente inolvidable– tierra neuquina, el surco estaba (y seguirá estándolo) iluminado por su primer e inolvidable obispo, Don Jaime de Nevares. El tamaño de su proyección, más que un reto constituyó un aliciente y una exigencia cuando me tocó sucederlo, conviviendo con él en espíritu de cordial fraternidad, durante casi 4 años; y al ir recogiendo, luego, los frutos de su vida desgastada, durante 30 años, en el servicio a los demás.


4.
Progresivamente, tuve acceso al afecto de los hermanos sacerdotes en comunión solidaria, concelebrando el misterio de nuestra vocación, creciendo en nuestra corresponsabilidad, hecha de respeto, diálogo y amistad, asentada en la búsqueda –a veces ardua, pero siempre fecunda– de respuestas al querer de Dios, a los signos de los tiempos, a las angustias y esperanzas de los hombres, nuestros hermanos.

Al dejar Neuquén, saben cada uno de los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos y religiosas, que el entrecruce de nuestras vidas compartidas, durante 10 años, ha marcada huellas de gracia y bendiciones imborrables. Queda pactada la recíproca vivencia en el amor, que nos hace uno, más allá de toda circunstancia.


5.
Permítanme, también, expresar un cariñoso saludo a los hermanos neuquinos, que han hecho gala de su grandeza de alma al venirse desde allá para acompañarme. En ustedes, hago a todos los neuquinos destinatarios de mi conmovida gratitud por este gesto: sabe Dios lo que les ha significado a ustedes, en todo sentido, venirse desde tan lejos, para prolongar el testimonio de la fe que los hace iglesia viva, apasionada por la justicia, la verdad y la caridad.

Tengo vivamente presente el modo con que los laicos neuquinos se fueron incorporando en las variadas estructuras pastorales y serviciales de la Diócesis. Es un signo de la adultez con que hombres y mujeres de fe responden a la convocatoria de la Iglesia, cuando se trata de encarnar la Palabra de Dios en la historia y en la cultura humanas. He visto a los laicos asumir, codo a codo con los sacerdotes, retos y riesgos para hacer propias las ilusiones de muchos postergados, las utopías de muchos idealistas, con la generosidad que renuncia a individualismos protagónicos para trabajar en equipo solidario, en sintonía con una caridad operante y activa, frente a las urgencias que plantea nuestra fe. ¡A cuántos de ellos les debo –para siempre– afecto y sostén, projimidad fraterna, palabra oportuna, comprensión y aliento! Quizá, cuando alguien me pregunte cómo definiría lo que es un amigo, surja espontáneamente el nombre de cualquiera de los neuquinos.

Se ha cerrado la etapa en que convivimos la inefable realidad de ser Cuerpo Místico. En esta Eucaristía, sin embargo, quedan sellados los lazos que trascienden cualquier diversidad: porque manifiestan la riqueza de la Iglesia; aunque cambien nombres y rostros, espacios y costumbres, anhelos y fatigas, se mantiene inalterable la misión que Cristo nos encomendó: ser testigos del amor, para que el mundo crea.

¡Un abrazo, neuquinos, y gracias!


6.
Hace 44 años fue establecida nuestra Iglesia diocesana de Lomas de Zamora. Bajo la mirada maternal de Nuestra Señora de la Paz, la Providencia de Dios ha ido conducuiendo su marcha. Sin menospreciar los datos estadísticos de su historia, nuestra Iglesia diocesana tiene mucho más que ello para agradecer, para conmemorar, para fecundar, mientras nos vamos adentrando en el tercer milenio.


7.
Hoy iniciamos una nueva etapa. Por designio de Dios, cabe proyectarnos juntos mar adentro, «tenemos que imitar la intrepidez del apóstol Pablo: ‘Me lanzo hacia delante y corro hacia la meta’...» (Novo Millennio Ineunte 59); porque «el Hijo de Dios, que se encarnó hace 2000 años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de agudizar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos» (N.M.I. 58). «Nos espera, pues, una apasionante tarea de renacimiento pastoral, una obra que implica a todos» (N.M.I. 29).


8.
Queremos, con la ayuda de Dios, asumir el desafío, mientras nos hacemos cargo de lo que hemos heredado y que tanto nos compromete.

Viene a nuestra memoria, la figura del primer pastor lomense, Mons. Filemón Castellano, que a poco menos de un año de su ministerio, apenas inaugurada la diócesis (1957), cargó la cruz de una enfermedad hasta su muerte (1980). Primero como coadjutor (1958) y luego como diocesano (1963), el entrañable Mons. Alejandro Schell estuvo al frente de nuestra diócesis hasta que partió a la eternidad (1972).

El padre Alejandro Schell llevaba muchos años como párroco de la que luego fue iglesia catedral. En aquellos tiempos, un joven, que era el primer presidente del Centro de Hombres de la A.C.A., mantenía una profunda amistad con su párroco. Pasados los años, aquel joven fue padre de dos hijos, a los que con frecuencia les hablaba del espíritu sacerdotal, de la sencilla bondad y del amor a la Iglesia que había visto reflejados en su antiguo y venerado párroco, el padre Schell. Los dos hijos mencionados se consagraron más tarde a Dios: una como religiosa y el otro como sacerdote, ambos salesianos. Dios ha querido que el sacerdote a quien su papá le hablaba del padre Schell, hoy sea quien sucede como obispo a quien fuera el segundo diocesano de Lomas de Zamora, Mons. Alejandro Schell.

Estoy seguro que además de la presencia y oración de mis queridas mamá y hermana –tan cercanas a mi vida sacerdotal y episcopal– también cuento con la particular intercesión en la eternidad de mi papá y del querido Mons. Schell.

Decir casi 29 años (1972-2001), es decir casi toda una vida, con su cada día y lo que cada día trae y lleva a quien ha sido consagrado para apacentar y conducir el rebaño, siendo como Jesús pastor y guía. Casi toda una vida... supone fortaleza para las cruces, que a veces llevan hasta el despojo. Casi toda una vida... supone tal fidelidad que no espera recompensa, sino la que el Señor –como Justo Juez– dará a quien haya peleado el buen combate, manteniendo la fe y sosteniendo la de sus hermanos. Supone cansancios disimulados, desalientos convertidos en ofertorio, ilusiones recreadas, emprendimientos encarados con confianza definitiva en la providencia, y hasta soledad elegida para no hacer doler con los propios dolores a quienes ya tienen los suyos. Supone multiplicarse para encarar proyectos con sentido grande de Iglesia: por la Palabra de Vida y la Liturgia, por la Catequesis, por la preparación de los futuros sacerdotes y la formación de los laicos.

Soy conciente de que este resumen es apenas un enunciado incompleto de todo lo que le debemos agradecer al querido Mons. Desiderio Collino, por los 29 años, casi toda una vida, como obispo de Lomas de Zamora. Quiero ser voz y corazón agradecido de esta Iglesia particular, para pedirle al Señor que le haga experimentar su ternura interior, mientras le resuenan aquellas palabras de «siervo bueno y fiel».

Querido Mons. Collino: me tocará recoger los frutos de su siembra generosa y fecunda. ¡Gracias!, por todo lo que entregó a la Iglesia en Lomas de Zamora. ¡Gracias!, por acogerme con la delicadeza de un hermano. ¡Gracias!, porque seguirá rezando y ofreciendo por nosotros, mientras nosotros nos seguiremos sintiendo deudores que le piden al buen Padre Dios, para usted, la merecida recompensa.


9.
Queridos sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, religiosas, seminaristas, laicos, hombres y mujeres hermanos todos: ¡vamos mar adentro!, recogiendo nuestra historia eclesial, pero siendo concientes que: «sobre todo, es necesario pensar en el futuro que nos espera!; «es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y líneas de acción» (N.M.I. 3).

Para ello les pido enseguida que me den cabida en sus corazones y que quieran enseñarme todo lo que necesito aprender de nuestra Iglesia diocesana. Ustedes, quizá, se preguntan qué programa traigo. En sintonía con el Santo Padre, a quien agradezco la renovada confianza por haber pensado en mí como pastor para esta querida Iglesia particular, deseo repetir lo que él expresara en su Carta apostólica Novo Millennio Ineunte:

a) «El programa ya existe. Es el de siempre... se centra en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar para vivir en Él y transformar con Él la historia» (N.M.I. 23).

b) Hagamos de nuestra Iglesia diocesana «la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder, también, a las profundas esperanzas del mundo» (43).

c) «La espiritualidad de la comunión de un alma a la estructura institucional, con una llamada a la confianza y a la apertura que responden plenamente a la dignidad y responsabilidad de cada miembro del pueblo de Dios» (45).

d) Todos sabemos que «son muchas, en nuestro tiempo, las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana... nuestro mundo... cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando a millones de personas al margen del progreso, condenados a vivir en condiciones por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana».


10.
Con ustedes deseo seguir construyendo una Iglesia fraterna y cordial, servidora y comprometida, abierta por el Espíritu en el servicio al hombre y su cultura.

Fraterna y cordial: en la alegría de sus hombres y mujeres consagrados; en las familias solidarias para defender la vida; en la juventud jugada por Cristo hasta sus últimas consecuencias.

Servidora y comprometida: abierta al diálogo ecuménico desde su propia identidad; defensora de los derechos humanos por exigencia evangélica; conciente de su vocación de eternidad, que se construye desde la lucha por la justicia y la paz en la sociedad humana; fiel a su Señor, que reina desde el abandono de la cruz, que antes de morir redime al ladrón arrepentido y entrega a su propia Madre para que sea Madre de todos.

Abierta por el Espíritu en el servicio al hombre y su cultura: dispuesta a discernir los caminos de la reconciliación; con coraje para interpelar proféticamente a quien divide, enfrenta y mata; para expresar ternura por el pobre y desvalido, que es el preferido del Reino; «para hacer el bien siempre a todos, el mal nunca a nadie» (Don Orione); para descubrir con ojos de fe en todos los hombres el rostro de Jesús; para asumir como propio cuanto de positivo haya en lo temporal y humano, como elemento germinal del cielo y la tierra nuevos.


11.
Valoro en todo su significado la presencia de las Autoridades y agradezco su participación en este acto.

Queridos cardenal Bergoglio, Señor Nuncio, hermanos arzobispos y obispos: pido a Dios que me conceda la capacidad de contribuir a que nuestra comunión colegiada crezca cada vez más. Así podré retribuir la delicadeza de ustedes que han venido hoy, y de todos los que de un modo u otro me han acercado su saludo y oración. A nuestro pueblo le hace bien el testimonio de nuestra unidad, también expresada en gestos como el de esta tarde. Muchas gracias.


12.
Señora de la paz y del amor.

Señora que te hiciste peregrina para asistir a tu parienta Isabel,

Señora del camino y de los que lo vamos recorriendo,

Señora del silencio al pie de la Cruz y del corazón congregante en Pentecostés,

Señora del nuevo milenio y Madre de la Iglesia:

Te ruego que seas Tú quien tome mi mano para bendecir, mi báculo para conducir, mi corazón para amar;

que no me falte el sostén de tus brazos en las dificultades;

que busque en tus ojos la fuerza y la alegría para sonreír;

que escuche siempre tu voz al repetirme: «haz todo lo que Jesús te diga».

Esta iglesia particular de Lomas de Zamora, con sus luces y sus sombras; con su historia, su presente y su futuro; con sus laicos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, ancianos y niños; con sus religiosos y religiosas, sus consagrados, sus diáconos permanentes y sus seminaristas; con sus sacerdotes y su nuevo obispo; y con toda la realidad que constituye vida, trabajo, dolor, alegrías y esperanzas de cuantos habitan su territorio, te decimos: somos tuyos y tuyos queremos ser.

Madre nuestra, ayúdanos a vivir con coherencia el Evangelio, para ser siempre signo del amor desbordante del Padre, a fin de que formemos, por la gracia y la presencia del Espíritu Santo, un solo rebaño bajo el cayado de nuestro único Pastor: Jesucristo el Señor. Amén

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº  2326, del 18 de julio de 2001


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