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AÑO JUBILAR DEL SEMINARIO

Mensaje de Mons. Agustín Radrizzani, para el Año Jubilar del Seminario
Setiembre de 2002


A la Comunidad de creyentes y personas de buena voluntad
que peregrina en Lomas de Zamora.


Queridos Hermanas y Hermanos:

Les escribo en uno de los momentos más difíciles de la historia de nuestra Patria. Vivimos en medio de un pueblo desilusionado y agotado por esperar una vida mejor. Tantos hermanos sufren la pobreza, la marginalidad, la desocupación y con gravísimos problemas que atentan contra la salud y la seguridad de todos, especialmente de los mayores y de los niños. También la gente más cercana a nosotros y nosotros mismos estamos sufriendo secuestros y asaltos.

En esta inédita situación se pone a prueba no sólo nuestra capacidad pastoral para nuevas soluciones sino, sobretodo, la virtud de la Esperanza que se vigoriza ante la adversidad.

Lo que pueda hacer crecer la fe en un Dios Providente y la memoria que hagamos por las gracias recibidas son dones que nos ayudan a mirar al cielo y contagiar a los demás el optimismo que tanto necesitan.

Una de estas gracias concedidas por Dios Padre a nuestra querida Iglesia de Lomas es la vida del Seminario que soñó Mons. Schell y que fundó hace 25 años Mons. Collino.

Este año jubilar será un tiempo donde daremos gracias a Dios por todo lo que significó esta casa y este centro de espiritualidad para nuestra Diócesis y será al mismo tiempo un año de proyección hacia el futuro dado que todo seminario es en cierto modo el corazón de la Iglesia Diocesana. Digo corazón de la Diócesis porque aquí se plasma la identidad sacerdotal, donde los sacerdotes aprenden a vivir en fraternidad entre ellos, con los diáconos, los consagrados y todo el Pueblo de Dios.

Es aquí, desde el seminario, donde se estudia y se vive el misterio de Dios y el de la historia para ser testigos ante el mundo y más en un momento como el que vivimos, del inagotable amor de Dios Padre. Es en el Seminario el lugar donde se plasma el alma sacerdotal contemplando e imitando a Jesús Buen Pastor.

Esta dichosa celebración de Bodas de Plata hace nacer en nuestro corazón el agradecimiento y los proyectos hacia el futuro.

El Seminario es el lugar donde llega el trabajo de las Comunidades, de las Instituciones y de los Movimientos y es el lugar de donde salen los sacerdotes para lavar los pies a sus hermanos y, como Cristo en la Cruz: inclinarse hacia todos, en especial los más pobres.

Las vocaciones de total entrega al Señor y a su Reino, son un signo de la profundidad de una comunidad y como en cada una de ellas se encarna el Evangelio de Jesús. Tan es así que se puede medir la vitalidad de una obra de la Iglesia sea parroquial, sea obra educadora o movimiento de todo tipo, por la cantidad de vocaciones que nacen en ellas.

Porque vivimos en un mundo donde los valores de las Bienaventuranzas no tienen vigencia.

Por eso animar un grupo de Iglesia significa enseñar a remar contra corriente para que en cada corazón juvenil reine Jesús, sólo El y nada más que Él.

Aquí juegan un rol importante:


El sacerdote: por el testimonio de su vida de entrega y su constante preocupación para que cada hermano sea conducido por el Espíritu Santo para desarrollar su propia vocación (P.O.6).

En tal sentido es fundamental la dirección espiritual y, dice el Papa, que los sacerdotes no se arrepentirán jamás de haber dejado de lado otros trabajos para poder dedicar tiempo y energías en esta obra de ayuda espiritual personal (P.D.V. 40)


La familia: dado que son los padres los primeros educadores en la fe de sus hijos. Ellos los forman en la vida cristiana y apostólica con la palabra y el ejemplo, los ayudan con prudencia en la elección de la vocación y favorecen, si se diera, la vocación de total entrega al servicio del Reino. (A.A.11)

Es interesante cuanto afirma el Concilio que la máxima contribución para la obra de las vocaciones las dan las familias que, animadas por el espíritu de fe, de piedad, de caridad, son como el “primer seminario” donde crecen las vocaciones (O.T.2)

De hecho, es misión propia de la familia educar a sus hijos en la caridad que se dona, en la alegría del servicio, en el sacrificio que es la prueba del amor auténtico. Educarlos a fin de aprender a escuchar a Dios y a leer los signos de los tiempos para descubrir el sueño de la Providencia en la propia historia.


Las Comunidades:
dado que es misión de la Comunidad el trabajo por las vocaciones sacerdotales (O.T. 2). Por otro lado dice el Papa que es misión de todos los miembros de la Iglesia el cuidado de las vocaciones (PDV 41).

La Comunidad ayuda como escuela de fe en su conjunto, pero también ayuda en el trato con cada persona, en el empeño apostólico, en la fidelidad al Evangelio, en el coraje para saber invitar con prudencia y delicadeza para una entrega total.


Los mismos jóvenes:
ellos han de sentirse tan atraídos por Jesús que vivan la convicción que el resto pasa a segundo plano y hasta será considerado basura con tal de servir y amar a Jesucristo (Fil, 3,8). Una vez ubicados en esta actitud de radicalidad cuesta poco hacer la opción de por vida por El. De modo que lo más enriquecedor para el presente y el futuro del jóven es ubicarse ante Dios y preguntarle con corazón sincero: “Señor, ¿qué quieres de mi?”

Queridos hermanos pidamos al dueño del campo que envíe obreros para sembrar y cosechar. Los necesitamos. Que cada comunidad pida, que cada familia pida y que cada joven pida. La gracia es de El. Y los pobres, los enfermos, los niños y todos los que sufren rueguen al Dueño del campo para que nos mande obreros según su corazón. Sé que las Religiosas y Religiosos, en especial las Hermanas Carmelitas tienen esta intención como prioritaria. Por nuestra parte, ofrezcamos al Señor la disponibilidad para hacer siempre con alegría su santa voluntad, que es la salvación de todos, para la Gloria del Padre.

Recuerdo que en el momento personal con el Papa, él me sugirió para el aumento de las vocaciones: “dígale a los sacerdotes que den a los jóvenes amplia participación en sus comunidades y verá crecer el número de vocaciones”.


Concluyo dándoles la gratísima noticia de que el 12 de diciembre, día de Nuestra Señora de Guadalupe, tendré la alegría de ordenar a dos nuevos sacerdotes para nuestra querida Iglesia Lomense: los diáconos Eduardo Brusa y Carlos Ramos. Y el próximo 19 de marzo, si Dios quiere, ordenaré dos nuevos Diáconos para nuestra Comunidad Diocesana: los Seminaristas Luis Gaspari y Javier Juárez.

Que la Santísima Virgen, Nuestra Señora de la Paz, nos acompañe y fortalezca para servir al Señor con alegría.

Con afecto fraterno.

Lomas de Zamora, septiembre de 2002.

 
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora



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