En esta
inédita situación se pone a prueba no sólo nuestra capacidad pastoral para
nuevas soluciones sino, sobretodo, la virtud de la Esperanza que se vigoriza
ante la adversidad.
Lo que pueda
hacer crecer la fe en un Dios Providente y la memoria que hagamos por las
gracias recibidas son dones que nos ayudan a mirar al cielo y contagiar a
los demás el optimismo que tanto necesitan.
Una de estas
gracias concedidas por Dios Padre a nuestra querida Iglesia de Lomas es la
vida del Seminario que soñó Mons. Schell y que fundó hace 25 años Mons.
Collino.
Este año
jubilar será un tiempo donde daremos gracias a Dios por todo lo que
significó esta casa y este centro de espiritualidad para nuestra Diócesis y
será al mismo tiempo un año de proyección hacia el futuro dado que todo
seminario es en cierto modo el corazón de la Iglesia Diocesana. Digo corazón
de la Diócesis porque aquí se plasma la identidad sacerdotal, donde los
sacerdotes aprenden a vivir en fraternidad entre ellos, con los diáconos,
los consagrados y todo el Pueblo de Dios.
Es aquí, desde el seminario, donde se estudia y se vive el misterio de Dios
y el de la historia para ser testigos ante el mundo y más en un momento como
el que vivimos, del inagotable amor de Dios Padre. Es en el Seminario el
lugar donde se plasma el alma sacerdotal contemplando e imitando a Jesús
Buen Pastor.
Esta dichosa
celebración de Bodas de Plata hace nacer en nuestro corazón el
agradecimiento y los proyectos hacia el futuro.
El Seminario
es el lugar donde llega el trabajo de las Comunidades, de las Instituciones
y de los Movimientos y es el lugar de donde salen los sacerdotes para lavar
los pies a sus hermanos y, como Cristo en la Cruz: inclinarse hacia todos,
en especial los más pobres.
Las vocaciones
de total entrega al Señor y a su Reino, son un signo de la profundidad de
una comunidad y como en cada una de ellas se encarna el Evangelio de Jesús.
Tan es así que se puede medir la vitalidad de una obra de la Iglesia sea
parroquial, sea obra educadora o movimiento de todo tipo, por la cantidad de
vocaciones que nacen en ellas.
Porque vivimos
en un mundo donde los valores de las Bienaventuranzas no tienen vigencia.
Por eso animar
un grupo de Iglesia significa enseñar a remar contra corriente para que en
cada corazón juvenil reine Jesús, sólo El y nada más que Él.
Aquí juegan un
rol importante:
El sacerdote: por el testimonio de su vida de entrega y su constante
preocupación para que cada hermano sea conducido por el Espíritu Santo para
desarrollar su propia vocación (P.O.6).
En tal sentido es fundamental la dirección espiritual y, dice el Papa, que
los sacerdotes no se arrepentirán jamás de haber dejado de lado otros
trabajos para poder dedicar tiempo y energías en esta obra de ayuda
espiritual personal (P.D.V. 40)
La familia: dado que son los padres los primeros educadores en la fe
de sus hijos. Ellos los forman en la vida cristiana y apostólica con la
palabra y el ejemplo, los ayudan con prudencia en la elección de la vocación
y favorecen, si se diera, la vocación de total entrega al servicio del
Reino. (A.A.11)
Es interesante cuanto afirma el Concilio que la máxima contribución para la
obra de las vocaciones las dan las familias que, animadas por el espíritu de
fe, de piedad, de caridad, son como el “primer seminario” donde crecen las
vocaciones (O.T.2)
De hecho, es
misión propia de la familia educar a sus hijos en la caridad que se dona, en
la alegría del servicio, en el sacrificio que es la prueba del amor
auténtico. Educarlos a fin de aprender a escuchar a Dios y a leer los signos
de los tiempos para descubrir el sueño de la Providencia en la propia
historia.
Las Comunidades:
dado que es misión
de la Comunidad el trabajo por las vocaciones sacerdotales (O.T. 2). Por
otro lado dice el Papa que es misión de todos los miembros de la Iglesia el
cuidado de las vocaciones (PDV 41).
La Comunidad
ayuda como escuela de fe en su conjunto, pero también ayuda en el trato con
cada persona, en el empeño apostólico, en la fidelidad al Evangelio, en el
coraje para saber invitar con prudencia y delicadeza para una entrega total.
Los mismos jóvenes:
ellos han de
sentirse tan atraídos por Jesús que vivan la convicción que el resto pasa a
segundo plano y hasta será considerado basura con tal de servir y amar a
Jesucristo (Fil, 3,8). Una vez ubicados en esta actitud de radicalidad
cuesta poco hacer la opción de por vida por El. De modo que lo más
enriquecedor para el presente y el futuro del jóven es ubicarse ante Dios y
preguntarle con corazón sincero: “Señor, ¿qué quieres de mi?”
Queridos hermanos pidamos al dueño del campo que envíe obreros para sembrar
y cosechar. Los necesitamos. Que cada comunidad pida, que cada familia pida
y que cada joven pida. La gracia es de El. Y los pobres, los enfermos, los
niños y todos los que sufren rueguen al Dueño del campo para que nos mande
obreros según su corazón. Sé que las Religiosas y Religiosos, en especial
las Hermanas Carmelitas tienen esta intención como prioritaria. Por nuestra
parte, ofrezcamos al Señor la disponibilidad para hacer siempre con alegría
su santa voluntad, que es la salvación de todos, para la Gloria del Padre.
Recuerdo que
en el momento personal con el Papa, él me sugirió para el aumento de las
vocaciones: “dígale a los sacerdotes que den a los jóvenes amplia
participación en sus comunidades y verá crecer el número de vocaciones”.
Concluyo dándoles la gratísima noticia de que el 12 de diciembre, día de
Nuestra Señora de Guadalupe, tendré la alegría de ordenar a dos nuevos
sacerdotes para nuestra querida Iglesia Lomense: los diáconos Eduardo Brusa
y Carlos Ramos. Y el próximo 19 de marzo, si Dios quiere, ordenaré dos
nuevos Diáconos para nuestra Comunidad Diocesana: los Seminaristas Luis
Gaspari y Javier Juárez.
Que la
Santísima Virgen, Nuestra Señora de la Paz, nos acompañe y fortalezca para
servir al Señor con alegría.
Con afecto
fraterno.
Lomas de
Zamora, septiembre de 2002.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora