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PEREGRINACIÓN ANUAL DIOCESANA A LUJÁN
Homilía Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora, en la
Basílica de Nuestra Señora de Luján
29 de
junio de 2003
Hermanos queridos:
Hemos llegado
a Luján. A esta querida basílica, hemos venido nosotros, sus hijos, los de
la diócesis de Lomas. Somos peregrinos que representan a tantos hermanos
nuestros que, por diversos motivos, no pudieron venir. Representamos seis
partidos: Almirante Brown, San Vicente, Lomas, Presidente Perón, Ezeiza y
Esteban Echeverría.
¿Por qué
vinimos? Vinimos porque te amamos y te necesitamos, y porque creemos en tu
amor de madre. Vinimos para agradecerte la vida, el inmenso don de la fe y
algunos, la salud y el poder trabajar; otros vinimos para pedirte salud
para nosotros y para nuestros seres queridos, y pan y trabajo para
nuestros hogares; paz para nuestra patria y a cumplir promesas que te
habíamos hecho; para meditar en tu vida y en tu misión de mama; para
renovarnos en nuestra vida espiritual y renovar nuestros propósitos, en
las virtudes que provienen de la fuerza de tu Hijo; para mirar las cosas
de Dios, esperar en su Providencia y esa caridad que no se acabará nunca;
para renovarnos en nuestra respuesta y para que nos enseñes a amar a
Jesús.
Estamos aquí,
en este año 2003, que por voluntad de Juan Pablo II, es el año del Santo
Rosario. Esta, como dice el Papa, es mi oración predilecta. Quiso el Papa
que iniciáramos el nuevo milenio, iluminados por tres mensajes: “Al
comienzo del nuevo milenio”, la Carta Apostólica sobre el Santo Rosario y
la encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”.
Vivimos,
entonces, el año del rosario, para contemplar a Cristo con los ojos de la
Madre. Dice Juan Pablo II, “nadie ha contemplado tanto el rostro de Jesús
como María”; ella tuvo para con El, una mirada interrogadora cuando se
perdió de niño en el templo; una mirada penetrante, capaz de leer una
intención de su hijo como en Caná; una mirada dolorida bajo la cruz; una
mirada radiante, por la alegría de la resurrección, y una mirada ardorosa
con la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.
Maria vive
mirando a Jesús, por eso, con ella, queremos vivir el misterio cristiano;
por eso, el Papa nos propone el Santo Rosario para volver al evangelio de
la infancia y al misterio de la cruz. Para vivir los misterios de la vida
publica de Jesús, los misterios de la luz: su bautismo, Caná, el anuncio
del Reino que llega, la alegría de la transfiguración y la santa
Eucaristía que estamos celebrando. El Santo Rosario, donde contemplamos
con María el rostro del Señor, traerá vida nueva al Pueblo de Dios. Por
eso, es necesario que cada cuenta sea un escalón que sirva como pedagogía
del enamoramiento del Señor. Su Santidad dice que “la contemplación es el
gran desafío de nuestro tiempo”, por eso, el rosario, con la lectura y la
meditación de la Palabra, y respetando la centralidad de la santa
liturgia, es la respuesta a esta exigencia de contemplación.
Queridos
hermanos, también estamos celebrando con inmensa alegría las Bodas de
Plata de nuestro Seminario, los 25 años de este Seminario que soñó
monseñor Schell y que concretó monseñor Collino, y que hoy venimos a
agradecer ese don de Dios, nuestra Betania, el lugar donde se han formando
y se forman nuestros sacerdotes. Y por estos 25 años, ponemos en las manos
de la Madre, el crecimiento vocacional que es esencial, problema de vida o
muerte para nuestra Iglesia.
Pedimos por
los papas, para que vivan de Dios y para Dios, y sean generosos y
respetuosos de la vocación de sus hijos; pedimos por los educadores, para
que den testimonio de vida y recen para que Dios, en su misericordia, nos
regale algún alumno o ex alumno sacerdote o consagrado; pedimos también
por los sacerdotes, porque a través del testimonio de vida feliz, mediante
la oración y la dirección espiritual, sean capaces de proponer la vida de
total consagración; y pedimos también por los jóvenes, para que sean
generosos con Dios.
En el quinto
misterio de la Luz, meditamos en Jesús Eucaristía. Jesús nos amó tanto que
entregó su vida. Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el final, hasta
el extremo, y El, ahora, vive en este momento. Estamos viviendo el mismo
misterio que vivió María al pie de la cruz y su alegría en la
resurrección. Jesús entra en nosotros y nos hace de su misma naturaleza;
en la cruz muere un cuerpo particular y en la cruz resucita el cuerpo
místico. Dice Jesús: “esta es mi carne para la vida del mundo”; todos
comían del mismo pan, hebreos y extranjeros, pobre y ricos, ésta es la
comida de la inmortalidad. Y como asegura Juan Pablo II, “no es necesario
esperar el mas allá para recibir la vida eterna, porque la poseemos ya
desde ahora”.
Gracias Jesús
por darnos a Maria como mama. Ella nos enseña, es discípula, vive
escuchándote y nos enseña a escuchar tu mensaje y el evangelio; gracias
Jesús por darnos a María que nos cobija, nos envuelve y nos protege. Y
gracias, querida mama, por estos sacerdotes de nuestra querida diócesis de
Lomas; por los religiosos, religiosas y consagrados a Ti y al Reino; por
los diáconos que Dios eligió para que sean servidores de la Iglesia y por
los laicos; por lo papas, los docentes y jóvenes; y gracias especial por
los niños y enfermos: si es tu voluntad, queremos pedirte -si es para la
mayor gloria de Dios Padre y para bien de la Iglesia- puedan curarse
aquellos que sufren enfermedades.
Finalmente,
en esta mañana, en que estamos reunidos como comunidad diocesana, queremos
poner en las manos de María, este deseo de querer mirar tu rostro a través
de los ojos de la Madre; queremos agradecerte estos 25 años de nuestro
Seminario, por aquellos que han precedido este seminario, los que han sido
animadores y formadores, y por todos nuestros sacerdotes cuya mayoría ha
pasado por esta casa. Con el deseo de que crezca el numero de vocaciones,
queremos Madre estar contigo, para que todo lo presentes a Jesús, y El lo
presente a Dios Padre. Que María cubra nuestras deficiencias, para que
seamos y vivamos siempre para la gloria de Dios.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de
Lomas de Zamora |