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FIESTAS
PATRONALES DE LA
DIOCESIS DE LOMAS DE ZAMORA
Homilía Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora,
7
de setiembre
de 2003
I.
La Iglesia es comunión
Nos
reunimos esta tarde en la Fiesta de nuestra Iglesia diocesana. Esto nos
permite vivir este gran misterio de Iglesia. ¿Pero qué es la Iglesia?
El
concepto más adecuado para expresar el núcleo profundo del Misterio de la
Iglesia es el de «comunión» (koinonía). Dicho concepto
aparece siempre en la Sagrada Escritura y en la tradición patrística como
fruto de la iniciativa divina cumplida en el misterio pascual. De modo que
la comunión a la cual hacemos referencia es una gracia, no una
construcción meramente humana, aunque todos sin excepción estamos
llamados a recibirla, hacerla crecer, promoverla. De modo que como
realidad humano-divina, ella es un don y una tarea, la cual
supone una serie de realidades en tensión: es vertical (comunión
con Dios) y es horizontal (comunión entre los hombres); es
invisible y a la vez visible. Pues bien, en relación a la
tensión entre el aspecto horizontal y el vertical,
hemos de decir que es imposible vivir una verdadera comunión con Dios si
no fomentamos la comunión con nuestros hermanos. La dimensión
trascendente hacia Dios, supone necesariamente la inmanente hacia los
hermanos. Por ello podemos afirmar junto el autor de la Primera Carta
de San Juan «el que dice: “amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un
mentiroso ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su
hermano, a quien ve? (1 Jn 4, 20). Y, en relación a la dupla que nos habla
de la comunión visible-invisible sostenemos la íntima relación que
existe entre los elementos invisibles –comunión de cada hombre con el
Padre por Cristo en el Espíritu Santo, y con los demás hombres
copartícipes de la naturaleza divina, de la pasión de Cristo, de la misma
fe, del mismo espíritu– y los visibles –doctrina de los Apóstoles, los
sacramentos y el orden jerárquico– como constitutiva de la Iglesia en
cuanto Sacramento de salvación. De esta sacramentalidad se
desprende necesariamente que la Iglesia no sea una realidad replegada
sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera en
cuanto mandato de extender el misterio de comunión siendo para todos
sacramento inseparable de unidad.
No
podemos dejar pasar que esta comunión, en sus elementos invisibles, existe
no sólo entre los miembros de la Iglesia peregrina en la tierra, sino
también entre éstos y todos aquellos que, habiendo dejado este mundo en la
gracia del Señor, forman parte de la Iglesia celeste o serán incorporados
a ella después de su plena purificación. No quiero dejar de mencionar al
respecto a aquellos que me han precedido en el ministerio episcopal
ejercido en esta querida diócesis, en particular a quienes me han
precedido en este servicio pastoral y a quienes he conocido: Mons. Schell
y Mons. Collino.
II.
La Iglesia particular
Ahora
bien, la Iglesia de Cristo, que es santa, católica y apostólica es la
Iglesia universal, o sea, la universal comunidad de los discípulos del
Señor, que se hace presente y operativa en la particularidad y
diversidad de personas, grupos, tiempos y lugares. Pues bien, entre estas
múltiples expresiones particulares de la presencia salvífica de la única
Iglesia se encuentran las Iglesias particulares, esto es «una
porción del Pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con
la cooperación de su presbiterio».(1)
De modo que hoy celebramos las fiestas patronales de esta particular
Iglesia unidos a la única Iglesia de Cristo. Es importante que tomemos
conciencia que las Iglesias Particulares naciendo en y a partir
de la Iglesia universal, en ella y de ella tienen su propia
eclesialidad. Cada parroquia de la Diócesis bebe de la fuente de la
Comunión cuando los presbíteros, diáconos y todos los bautizados son
convocados a celebrar las fiestas de la eclesialidad diocesana en torno al
obispo, particularmente en la celebración de la Eucaristía. En este
singular acontecimiento celebrativo en el cual Jesús se hace presente de
un modo real nadie es extranjero,(2)
todos nos encontramos en la Iglesia. En efecto, la pertenencia a la
Comunión, como pertenencia a la Iglesia, nunca es sólo particular,
sino que por su misma naturaleza es siempre universal.(3)
Es precisamente la Eucaristía la que hace imposible toda autosuficiencia
de la Iglesia particular. En efecto, la unicidad e indivisibilidad del
Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su Cuerpo místico, que
es la Iglesia una e indivisible. Sin embargo, cuando las diferentes
Parroquias se reúnen a fin de celebrar la Eucaristía junto al obispo,
entonces éstas comulgan con quien es principio y fundamento visible
de la unidad en la Iglesia particular confiada a su ministerio pastoral.
Debo
reconocer mi alegría al constatar que muchos hermanos, de diferentes
comunidades parroquiales abriendo su corazón a Dios supieron valorar y
recibir con agradecimiento el subsidio titulado «Caminos de Comunión» y ya
comienzan a verse los frutos producidos a partir del encuentro, el
diálogo y la búsqueda de criterios comunes [..., los cuales nos
ayudan a] crecer en comunión y participación».(4)
III.
La Iglesia y el mundo que nos rodea
Es
claro que la promoción de la unidad no obstaculiza la diversidad, y así
nuestro pueblo «lomense» se ve enriquecido por multiplicidad de dones que
el Señor suscita en cada comunidad parroquial: jóvenes que visitan a sus
hermanos de la calle; mujeres dispuestas a llevar consuelo a los
encarcelados; hermanos/as que dedican buena parte de su tiempo a la
oración; católicos preocupados por la cuestión ecuménica o social, etc.
Como
misterio y como sujeto histórico, el pueblo de Dios «se
compone de hombres que, reunidos en Cristo, son conducidos por el Espíritu
Santo en su peregrinación al Reino del Padre y han recibido un mensaje de
salvación que han de proponer a todos. Por esta razón, ella [la comunidad
de los cristianos] se siente real e íntimamente unida al género humano y a
su historia»(5)
con el compromiso de «introducir la fuerza del evangelio en lo más intimo
de la cultura humana y de las formas de la misma cultura».(6)
Si bien la fe cristiana no se identifica con ninguna determinada cultura
puede de hecho «encarnarse» en todas. Es más, podemos decir que una fe que
no se hace cultura «es una fe no plenamente anunciada, no totalmente
pensada, no fielmente vivida».(7)
La inculturación resulta, así, como el destino histórico del cristianismo,
que es una religión fundada en el misterio de la encarnación cuyo mensaje
salvífico no es producto de ninguna cultura (por ser fruto de la
revelación divina) pero, a pesar de ello, no es independiente de la
cultura, y por eso mismo puede encarnarse en todas. «Para la Iglesia no se
trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más
vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y
transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están
en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación».(8)
En buena medida, nuestra actual sociedad argentina está poniendo en tela
de juicio esta capacidad de los cristianos de haber inculturado el
mensaje de Jesús en el corazón de nuestra cultura «nacional».
El
diálogo entre fe y cultura no debe tener un sentido único: también la fe
tiene algo que recibir: «la verdadera “encarnación” de la fe por medio de
la catequesis supone no sólo el proceso de “dar”, sino también de
recibir”».(9)
No es que el Evangelio deba ceder frente a las exigencias culturales,(10)
sino que la fe cristiana halla en los valores culturales emergentes
categorías interpretativas y el criterio necesario para su comprensión y
reformulación en cualquier época y cultura.
IV.
La Iglesia y María
En
este «paso» eclesial que es la celebración de las fiestas patronales de la
Diócesis no puede estar ausente la Bienaventurada Virgen María bajo la
advocación de Nuestra Señora de la Paz. Y esto por un doble motivo. En
primer término porque ella es modelo de la comunión eclesial en la fe, en
la caridad y en la unión con Cristo.(11)
En efecto, la Iglesia fue congregada en el cenáculo con María, que era
la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de
Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos.
Ella es quien ha recibido la máxima participación en la humanidad de
Cristo no en un sentido «puramente físico», sino como el modo de
distribución de la gracia: María es la llena de gracia. Pero, como madre
no sólo del Señor, sino de todos los hombres es constituida mediadora
entre Cristo y nosotros. El Papa Juan Pablo II expresa esta misma idea
diciendo: «la Iglesia sabe y enseña con san Pablo que sólo hay un mediador
entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó como
rescate por todos (1 Tim 2,5s)».(12)
Pero también reconoce junto con toda la Iglesia que María, desde su
maternidad ejerce una función mediadora, la cual, ni oscurecer, ni
disminuye la mediación de Cristo, sino que «más bien muestra su eficacia».
En efecto, este oficio materno «brota, según el beneplácito de Dios, “de
la superabundancia de los méritos de Cristo [...] de ella depende
totalmente y de la misma saca toda su virtud”».(13)
De su ser Madre de Dios surge la maternidad en el orden de la
gracia. En concreto, «por su mediación subordinada a la del Redentor»
María, contribuye no sólo a la comunión de la Iglesia peregrina, sino
«de manera especial a la unión de la Iglesia peregrina en la
tierra con la realidad escatológica y celestial de la comunión de
los santos».(14)
Ella es madre «congregante». Entonces, venir a celebrar al Señor,
como Iglesia diocesana, por tan grandes dones, es venir a implorarle, al
único mediador Jesucristo y a su madre mediadora, por una más sólida
comunión diocesana, no sólo efectiva, sino también afectiva. ¡Oh
Virgen gloriosa y bendita, Señora nuestra, nuestra mediadora e
intercesora, recomiéndanos a tu Hijo, preséntanos a él, para que seamos
dignos de las promesas de Cristo, y en Él encontremos la comunión fraterna
fundada en el amor!
V.
María Reina de la Paz
El
segundo motivo que hace que María sea invocada es porque ella es la «Reina
de la Paz». Entendemos aquí por «paz» no sólo –aunque las suponga a todas
ellas– la ausencia de guerras, violencias, odios, injusticias, etc., sino
que fundamentalmente queremos hacer prevalecer la definición positiva de
plenitud, bienestar, salud y vida que abarca tanto lo temporal como lo
eterno; las relaciones con Dios y de los hombres entre sí; a los
individuos y a las comunidades. Por ello, la paz, más que identificarse
con «cosas» se identifica con Aquél que es el autor de la paz: «Él es
nuestra paz» (Ef 2,14). Jesús no sólo proclama la proximidad inmediata de
la paz como fruto del dominio de Dios, sino que abre sin limitaciones el
campo de la historia humana como lugar de la presencia del reino divino (cf.
Lc 17,21). Cuando Jesús cura a los enfermos, expulsa a los demonios y come
con los pecadores realiza simbólicamente la salvación escatológica
prometida en la alianza de paz, la llegada del Reino, la realización del
Shalom escatológico (Lc 11, 20). Sus milagros serán signos del reino que
irrumpe (Mc 1, 21s). La salvación no es algo meramente espiritual, sino
que afecta a todo el hombre. Pues bien, tal como vemos, la paz es
fundamentalmente un don de Dios. Pero, por más que los hombres no
podamos construirla no estamos condenados a la pura pasividad. Más bien
hemos de predisponernos desde la fe, a trabajar para que el Reino de Dios
se haga presente en nuestros corazones y en nuestra sociedad, ya que creer
es poder, aún más es participación en la omnipotencia de Dios. Si esto es
así, es conveniente acudir a nuestra madre e implorarle como medianera
(15)
una fe comprometida al servicio del reino, una fe que nos haga
renunciar al propio rendimiento y confiese la impotencia humana,
reconociendo que el hombre no se puede ayudar a sí y a partir de sí mismo,
ni tampoco fundar su existencia y salvación. Venimos a pedir una fe
comprometida al servicio de los más pobres, abierta a los hermanos y
alejada de la tentación espiritualista e individualista, «que poco tiene
que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la
Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del
cristianismo».(16)
Esta
vida de fe, a la luz del ejemplo de María madre y modelo de Iglesia tiene
su consecuencia en la paz social que es lo que Dios quiere y nuestro mundo
atribulado espera. Por eso le rezamos a ella y confiamos en su valiosa
intercesión. María Reina de la Paz ruega por nosotros.
Notas:
(1)
Christus Dominus,
n. 11/a.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de
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