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25 AÑOS DEL SEMINARIO DIOCESANO


Homilía de Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora, con motivo de la celebración de los 25 años del seminario diocesano
15 de setiembre de 2003


Queridos hermanos:

Estamos reunidos en esta mañana para dar gracias a Dios en esta Eucaristía por estos 25 años de vida de nuestro querido Seminario “De la Santa Cruz”.

Leemos en el decreto fundacional: con la creación del Seminario Diocesano, “se cumplen las aspiraciones de nuestros venerados predecesores, particularmente de Mons. Schell, quien nada deseaba tanto para la Diócesis como el propio Seminario. Así cumplimos también uno de nuestros mayores anhelos, presente en nuestro ánimo desde que la Providencia nos colocara, sin mérito de nuestra parte, al servicio de esta Iglesia Particular.”

Cabe señalar en este día tan especial, que al hacerme cargo de esta querida Diócesis de Lomas, en la primera conversación que tuve con Mons. Desiderio Collino me dijo que tenía cuatro lugares de bendición que llevaba siempre en su corazón y uno de ellos era el Seminario. Al día siguiente me indicó el lugar de la oficina del Obispo y me entregó un pequeño escrito autógrafo de Mons. Alejandro Schell en el que decía: “Me animo a pedir a mi sucesor, si puede, cuide estas obras de la Diócesis con algún esmero, pues necesitan el apoyo de su Obispo”, y señala como primera obra: “A los seminaristas y la Obra de las Vocaciones Sacerdotales”.

Esto, queridos hermanos, nos dice cuánto ambos Obispos han querido esta obra. Uno como un sueño lejano y otro como realizador de la misma.

En este momento quiero dar gracias a Dios por todos aquellos que hicieron posible esta querida Obra del Seminario, dar gracias a mis hermanos sacerdotes que, como formadores o profesores, dieron lo mejor de sí para transmitir su vivencia de fe, su celo pastoral y su saber para que se formaran los sacerdotes con un gran amor a Jesús y a su Santa Iglesia, y entregaron su vida, a ejemplo del Buen Pastor, por los hermanos que la Providencia les había confiado.

Doy gracias a Dios por quienes se formaron en esta santa casa y por quienes ayudaron de una u otra manera a la formación de los muchachos. Dios recompense a todos con su gracia.

Pero el día de las Bodas de Plata es una fecha oportuna no sólo para hacer mención de lo que esta casa significó para la vida de la Diócesis, sino también para que a partir de hoy, nuestra Iglesia Diocesana pueda retomar los ideales que la impulsaron a su constitución.

Decía Pablo VI en un mensaje, siendo Arzobispo de Milán: “Quien comprende el valor del seminario, ha comprendido el origen y la arquitectura religiosa del mundo cristiano. El Seminario tiene la función de raíz para todo el árbol del ordenamiento humano y espiritual que precede y prepara al Sacerdocio. El Seminario es empeño de todos porque interesa al bien de todos. Primero empeño de tantos, porque es la semilla del árbol” (5/8/55)

Por eso siempre se ha considerado al Seminario como el corazón de la Diócesis. Lugar querido y porque querido, mimado y acompañado por los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y los laicos. Decía en el mensaje donde daba comienzo a este Año Jubilar: “Las vocaciones de total entrega al Señor y a su Reino, son el signo de la profundidad de una comunidad y como en cada comunidad se encarna el Evangelio de Jesús. Tan es así que se puede medir la vitalidad de una obra de Iglesia, sea parroquial, sea obra educadora o movimiento de todo tipo, por la cantidad de vocaciones que nacen en ella”.

Quiero detenerme en esta mañana en la vinculación que existe entre los presbíteros y las vocaciones sacerdotales. Jesús ante la ternura que le suscitó ver a tantos como ovejas sin pastor, dijo a los discípulos: “Rueguen al dueño de los sembrados para que envíe obreros a su campo” (Mt. 9, 38).

Por otro lado es aleccionador escuchar al Papa, que tanto trabajó por los jóvenes durante su ministerio sacerdotal y episcopal, cuándo me sugirió para el crecimiento vocacional aquel consejo tan pedagógico “Dígale a los sacerdotes que den amplia participación a los jóvenes en sus comunidades y verán crecer el número de vocaciones”.

En tercer lugar señalaría la dirección espiritual. Dice el Papa: “Los sacerdotes no se arrepentirán jamás de haber dejado de lado otros trabajos para poder dedicar tiempo y energías en esta obra de ayuda espiritual personal” (PDV 40).

También me agrada señalar todas aquellas iniciativas que encienden en los jóvenes el amor a Jesucristo y a su Santa Iglesia como grupos de oración, grupos de compromiso por los demás, jornadas de reflexión y trabajo, grupos misioneros etc. y finalmente porque “esta es la hora de una nueva fantasía de la caridad” (NMI 50), todo aquello de grande y noble que nazca en el corazón sacerdotal de ustedes y tenga como objetivo amar y hacer amar a Jesús y a los demás.

Estoy convencido que en el camino vocacional tiene mucho que ver de parte de Dios: su divina gracia y de parte nuestra: el contagio. Contagio de amor al Reino, de amor a la Eucaristía, de amor al ministerio, de amor a los demás, especialmente a los pobres y de amor a esta espléndida vocación sacerdotal que, sin mérito nuestro, Dios nos ha regalado para hacernos semejantes a Jesús, y que, por una presencia especial de Él en nuestras vidas, nos hace tan felices. “No podemos callar lo que hemos visto y hemos oído” (1 Jn.1). 

Es desde esta vida feliz la que con sencillez y con un profundo respeto hacemos a los jóvenes apostólicos la propuesta vocacional: “¿No pensaste que Dios te puede estar llamando?”. Se inicia entre el joven y el sacerdote un diálogo profundo y en ese diálogo van madurando las vocaciones. Es interesante constatar que Jesús, aún siendo tan fascinante, les propuso a los apóstoles que lo siguieran.

El empeño de cada uno de los pastores, a quienes Dios nos ha regalado el inmenso don del sacerdocio para que seamos “llamas vivas de un amor infinito y eterno” (Juan Pablo II, Jornada por las vocaciones 11.5.2003) al servicio de nuestra gente, será el mejor compromiso y el fruto más fecundo de estas Bodas de Plata de nuestro querido Seminario.

Queridos Hermanos: ya en Luján el año pasado e iniciando este Año Jubilar hemos entregado nuestro querido Seminario a la Virgen y en las Fiestas Patronales, el pasado 7 de setiembre, hemos reiterado esta entrega.

Acoge Madre Santísima, Virgen de la Paz, a toda nuestra Diócesis que está aquí por nosotros representada. Ampara a nuestros queridos Seminaristas, bendice a sus formadores y profesores y a todos nosotros aquí presentes, ilumínanos para que aprendamos a recorrer los caminos de tu Hijo de modo que de verdad esta casa sea el corazón de la Diócesis y toda la Diócesis encuentre aquí su casa. Así sea.


Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora



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