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ANIVERSARIO MONSEÑOR DESIDERIO ELSO COLLINO


Homilía de Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
4 de octubre de 2003


El día 4 de octubre del año pasado, fallecía Monseñor Desiderio Collino.
Hoy, en esta Santa Misa queremos tenerlo presente pidiéndole al Señor le conceda el don de contemplar su rostro y vivir en su paz eternamente. Pues bien, en este «clima», permítanme reflexionar con ustedes, de forma muy sucinta acerca de dos realidades que en principio parecen lejanas pero que al desarrollarlas veremos cuán próximas se hallan.

Todos, en mayor o menor medida hemos experimentado el poder terrible que tiene la muerte. Ella, es lo más propio de la condición humana y viene a recordarnos, a pesar de las apariencias, aquella realidad constitutiva de todo hombre: su finitud. Morir es «tomar el camino de toda carne» (Jos. 23, 14; 1 Re 2,2). Constatamos de este modo que al hablar de la muerte no hablamos de un problema sectorial, sino global. Ella cuestiona la validez absoluta de cada hombre. Si la persona singular es un valor absoluto, entonces sólo tendrá sentido en la medida en que el hombre personalmente sea inmortal. Esta es justamente la respuesta de Dios al interrogante que genera la muerte. En efecto, Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos: la verdad de la resurrección es explanación de la verdad del Padre que ha resucitado a Cristo como primicia de los que durmieron de entre los muertos (1 Cor 15, 20; 1 Tes. 1, 10; 1 Cor. 6, 14; Rom. 8,11).

En segundo lugar quisiera decir unas breves palabras acerca de la figura del sacerdote, las cuales pueden ser aplicadas a todos y cada uno de los que hemos sido llamados por Dios a vivir esta vocación.

El sacerdote comparte con los demás hombres su condición finita y limitada. Esto es, a él le pertenecen la grandeza y la miseria de lo humano. Pero incluso, al estar expuesto abriendo su corazón, cada día, a las inmensas angustias de los hombres verifica en su propia humanidad el misterio de Cristo sacerdote y víctima. Sólo una personalidad impermeable puede salir ilesa, incólume e íntegra ante tal empresa. Cada presbítero es un hombre pobre que quiere tomar en serio la existencia propia y la ajena con todos sus fracasos y realizaciones, sufrimientos y alegrías cargando con el peso de muchas vidas y conteniendo muchos corazones. Aunque resulte paradójico nuestro ministerio consiste en fortalecer sabiéndonos débiles, perdonar reconociéndonos pecadores. No es nuestra fortaleza o capacidad de perdón la que resuelve la antinomia, sino que es en la fuerza de Cristo sacerdote donde encontramos la respuesta.

Además, cada uno de nosotros, servidores del pueblo, sabemos por experiencia, aquello que la madre de Don Bosco le dijo a su hijo: «comenzar a decir Misa es comenzar a sufrir». En efecto, sufrimos la distancia entre lo que «somos» y aquello a lo que estamos «llamados a ser». En síntesis, para comprender adecuadamente al sacerdote hemos de pedirle al Señor la gracia de poseer la mirada misericordiosa y contemplativa de la caridad.


¡Jesús, concédenos la gracia de crecer al amparo de aquella luz que nos hace descubrir la belleza en el corazón de quienes has llamado al servicio de tus hermanos, en especial de los más pobres. Concede a tus pastores un corazón humilde que los haga suspirar por la misericordia de Dios, a fin de que habiendo experimentado el inmenso amor del Señor, puedan dispensarlo a los demás!.


Como podemos constatar, la muerte, límite absoluto de la condición finita expresa de modo contundente aquellas otras limitaciones inherentes a nuestra condición humana. Pero, así como la resurrección es triunfo del amor de Dios que es más fuerte que la muerte, confiamos en que su misericordia triunfe por sobre nuestras limitaciones y pecados.

Pues bien, Mons. Collino no escapaba a esta regla general que recién hemos descrito. Me consta que él ha sufrido por sus límites y, si hubo hecho sufrir a otros por esas limitaciones humanas él mismo ha querido en cierta medida repararlo ofreciendo sus dolores, particularmente los sufridos en la etapa final de su vida.

Pero, no obstante los límites inherentes a su condición humana su vida como pastor ha sido por demás fecunda. Bajo el amparo de María, Nuestra Señora de la Paz, supo recorrer la diócesis y visitarla hasta los rincones más recónditos; se interesó tanto por promover el laicado, como por señalar la importancia de las familias en la educación cristiana; prestó atención a los cursillos de cristiandad, así como a la educación, promoviendo el crecimiento de las escuelas como medios al servicio del Evangelio. Un ejemplo claro de esto último ha sido la creación de escuelas técnicas, las cuales son reconocidas como ejemplares en Sudamérica. Quiero remarcar que estas obras no eran sólo referidas a lo material, sino que detrás de ella estaba la convicción de que al promoverlas la Buena Noticia llegaría a más y más hermanos –tal como nos decía el Evangelio que hemos proclamado.

Su trato para con los sacerdotes –lo sé por haberlo escuchado a él mismo y por el testimonio de muchos presbíteros– se inspiraba en un amor comprensivo y paternal, como asimismo la preocupación por el Diaconado Permanente para un mejor servicio al Pueblo de Dios. En el plano más personal debo confesar que yo mismo siempre me he sentido muy querido por él desde el día que recibí mi ordenación episcopal a la cual asistió como obispo co-consagrante. Incluso este aprecio supo hacerlo realidad creando un clima propicio que facilitase mi ministerio episcopal en medio de ustedes.

Su celo pastoral también lo dispensó hacia los seminaristas, su preocupación era que los futuros sacerdotes conociesen y se insertasen en medio del rebaño que un día les sería confiado y, a tal fin hizo realidad el «sueño» de Mons Schell creando el Seminario de la Santa Cruz.

Pero su labor como pastor no sólo la realizó en la querida Diócesis de Lomas de Zamora, sino que rompiendo incluso los límites diocesanos prestó un notable y desinteresado servicio a la Iglesia Argentina intentando llevar a cabo la renovación litúrgica y devolviendo el lugar central que la Palabra de Dios ha de tener en la espiritualidad del cristiano. Ambas cosas se plasmaron en la elaboración del Misal que hasta hoy utilizamos, y en una campaña bíblica que supuso la llegada de la Palabra de Dios a los hogares más humildes. 

La muerte lo encontró pobre en múltiples aspectos: pobre materialmente, pocas eran sus pertenencias; pobre de afectos, y pobre de salud y de prestigio. No creo que sea casual el haber sido llamado por el Señor el día de San Francisco, creo más bien que Dios, despojándolo de todo, lo hermanó al pobrecillo de Asís. Pero, a pesar de estas pobrezas había en él un tesoro antiguo y nuevo: supo en el umbral de la muerte mostrarse totalmente disponible a la voluntad de Dios que es lo único que cuenta en la vida.

Hermano obispo Desiderio, Dios te bendiga y que descanses en la paz de Aquél a quien has querido servir. Amén.


Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora



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